Fuera máscaras

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EPIGMENIO IBARRA

Por más de tres décadas fueron el poder detrás del poder. Sumisión y apoyo fingían en público al Presidente en turno mientras, en privado, le exigían —como a un empleado más— que les rindiera cuentas.

La democracia era, para ellos, una molestia necesaria, un lujo que podían darse; había que cubrir las apariencias y hacer sentir a la gente —y al mundo— que con votos se ganaba una elección. La realidad era muy distinta; eran ellos, convertidos en grandes electores gracias a sus fortunas, quienes decidían quién habría de sentarse en la silla.

En la sombra permanecieron siempre los barones del dinero. La política, decían, no era lo suyo. Había que dejársela a los políticos y a los partidos, siempre y cuando éstos les garantizaran la defensa irrestricta de sus intereses.

Fueron pródigos a la hora de repartir sobornos, de comprar voluntades, candidatos, gabinetes y franquicias políticas, pero muy duros a la hora de exigir el retorno de sus “inversiones”.

Cuando —para garantizarlas— fue necesario frenar a un candidato o a un movimiento, ellos actuaron desde la oscuridad y dejaron a otros hacer el trabajo sucio.

En 1988 y en 2006 financiaron sendos fraudes electorales y tuvieron éxito.

Ellos pusieron la plata. Los medios, que también se sometieron a sus designios, pusieron el aval (salvo honrosas excepciones). Los intelectuales orgánicos, la coartada teórica. El plomo lo pusieron Carlos Salinas de Gortari y el PRI, la primera vez, y Felipe Calderón Hinojosa y el PAN, la segunda.

En el 2012 tomaron un atajo: seleccionado el candidato por la televisión privada, le patrocinaron a Enrique Peña Nieto boda, votos y Presidencia. En seco frenaron así a la oposición democrática.

Desmontados por completo los restos del régimen posrevolucionario (al que la corrupción congénita y el autoritarismo hirieron de muerte desde su nacimiento) se dieron a la tarea de rematar los bienes de la nación y repartirse el botín.

Creyeron ver cumplido el sueño de Salinas de Gortari: un régimen que perduraría por generaciones, apuntalado por la impunidad pactada entre los dos partidos designados para compartir el poder.

Los barones del dinero se envalentonaron, se confiaron y, peor aún, confiaron en esos empleados levantiscos e ineptos —como Calderón, Peña Nieto, José Meade y Ricardo Anaya— que, con el tiempo, se fueron creyendo el mito de que quien mandaba en México era el Presidente y con él su partido.

Tampoco supieron darse cuenta de cómo, en el país, se articulaban la dignidad, la decisión y el hartazgo de un pueblo y cómo un radical cambio en el discurso de la izquierda los colocaba a ellos, a la corrupción y al régimen como causantes primordiales de la tragedia de este país.

Obsesionados por las teorías y mentiras que habían ordenado fabricar fueron sorprendidos por un movimiento social, inédito en la historia de México y el mundo, que los expulsó del poder.

La plebe, piensan, les arrebató el país que solo a ellos pertenecía. Sus empleados en los partidos les fallaron. Ahora se quitan la máscara, asumen abiertamente el mando y se disponen a hacer el trabajo sucio.

No representan al capital. No son todos los empresarios. Son apenas un puñado.

Les sobra plata, les faltan escrúpulos. Solo son esos pocos que no reconocen más patria que sus fortunas.

Es bueno saber que son ellos; mirarles de frente y de frente, con la razón, en el marco de la ley, con la fuerza de la organización y los votos, derrotarles y continuar con la tarea de transformar a México.

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