Cien mil abrazos necesarios

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HÉCTOR ZAMARRÓN

Para Adriana Cantú,
dondequiera que esté.

 

Es hora de enviarle un enorme abrazo, lleno de solidaridad, reparador y fraterno a las familias de las 100 mil personas muertas por covid-19 en México, entre ellas a la de mi querida Adri, una más de las miles de mexicanas que el covid-19 nos arrancó antes de tiempo.

Cuando inició la epidemia, hace poco más de un año, nadie en el mundo anticipó que llegarían a morir más de un millón de personas y que la propagación del nuevo coronavirus transformaría por completo todas las esferas de la vida, desde la economía hasta la política, pasando por la educación, el turismo, el transporte, las comunicaciones, el comercio y la cultura.

En México conforme fue pasando el tiempo cambiaron las percepciones, como en todas partes. En un inicio se optó por desestimar la peligrosidad del virus y subestimar el número de afectados. 

Las proyecciones científicas más catastróficas se quedaron cortas ante la letalidad del covid. Incluso los números del Instituto de Métricas para la Salud de la Universidad de Washington, basados en aprendizaje automático de máquina, parecían aterradores hace meses, pero al final se revelaron certeros. Lo que asusta ahora, de nuevo, es el cálculo de que aún podrían morir 50 mil personas más en los próximos meses.

Hay, sin embargo, quienes insisten en el reparto de culpas, como si la recomendación del Presidente o del subsecretario de Salud para usar el cubrebocas hubiera cambiado el curso de las cosas. Como si verlos con la mascarilla puesta hubiera motivado a cientos de miles, o millones, de personas a imitarlos y con ello, el virus se hubiera congelado o intimidado.

La politización ha llevado a una estéril búsqueda de culpables, a que decenas de periodistas y políticos usen sus micrófonos y acceso privilegiado al espacio público para culpar al subsecretario Hugo López-Gatell, y censurar su pretendida “soberbia” o a la supuesta “necedad” del presidente López Obrador. Terminan por convertir lo que es un fenómeno global en culpa de una persona. 

La simplificación y el reduccionismo son los caminos más rápidos para el error. Les vendría bien ampliar la mira y ver lo ocurrido con Fernado Simón en España, con Anthony Fauci en Estados Unidos, con Christian Drosten en Alemania, con Johan Giesecke en Suecia y con otros científicos, muchos de ellos reconocidos virólogos encargados de la pandemia en sus países. Han pasado por las mismas críticas de opositores y de aquellos que ven al mundo en blanco y negro porque les resulta demasiado complicado lidiar con la inmensa zona de grises que existe en la realidad.

Más que culpas ahora urge preguntarnos qué hacemos para apoyar frente a la epidemia que en el invierno será aún más inclemente. Cuándo vamos a comenzar a cuestionar el sistema de salud pública que tenemos o a la medicina privada mayormente centrada en la ganancia. Cuándo vamos a comenzar a revisar la forma en que hacemos ciudades, la desigualdad y la pobreza que nos afectan, la mala nutrición alimentada por los corporativos.

Lo que urge hoy son miles de abrazos solidarios, como el que desde aquí les mando a Martucha, a Sergio, a Martha, a Lety, a Emi.

 

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