Banana Republic of USA

Banana Republic of USA

Trump prometió hacer América grande otra vez sin caer en la cuenta de que el tamaño no indica necesariamente fortaleza, ni magnificencia, ni dignidad, sino que se puede ser muy grande y muy torpe a la vez, muy gordo y muy flojo, más o menos como Donald Trump o como el sistema sanitario de Estados Unidos. Por sí solos, ambos elementos dan bastante pena pero juntos han formado una combinación letal de estupidez e incompetencia, con el presidente clamando a luchar contra el virus chino, desautorizando a los médicos en público o recomendando a sus ciudadanos que tomaran desinfectante o se inyectaran lejía en vena.

Tras una gestión de la pandemia que oscila entre el disparate y la catástrofe, parecía que Trump estaba abocado a perder las elecciones por una mayoría aplastante, aunque nunca hay que subestimar el peculiar gusto del pueblo estadounidense por llevar la contraria a las encuestas. Al igual que cuatro años atrás, cuando se presentaba contra Clinton, prácticamente nadie daba un duro por el mamarracho que actualmente ocupa la Casa Blanca, pero el mamarracho (arropado por un formidable equipo de troleros, savonarolas y fabricantes de paparruchas) debe saber muchas cosas que desconocen los politólogos, los intelectuales, los universitarios, los expertos en campaña y los periodistas veteranos de la CNN y del New York Times. De otro modo, no se explica que a estas alturas la pelea por la presidencia entre Trump y Biden siga pendiente del voto por correo y de una apretada pugna en los estados de Arizona, Nevada y Georgia.

Puestos a hacer las cosas a lo grande, como le gusta a Trump, nadie gana a los estadounidenses, que lo mismo compran Alaska, que montan la Superbowl, que los Playoffs de la NBA, que una superproducción de Hollywood, que el circo de tres pistas de las elecciones presidenciales. Ha pasado más de un día desde que se cerraron los colegios electorales y puede que pasen varios más antes de que se conozcan los resultados definitivos, pero Trump dio por buenos los primeros escrutinios, que le daban cierta ventaja, y dijo a gritos que no merecía la pena seguir contando votos. Se proclamó vencedor a sí mismo desde la noche del miércoles, en realidad desde semanas atrás, como si esto fuese una de esas pantomimas de lucha libre en las que participó en otro tiempo y no un combate de boxeo que va a decidirse a los puntos. No es que no sepa perder: es que no sabe ni ganar, el tío.

En la nación más mecanizada del planeta, capaz de enviar una sonda más allá de Plutón, de insertar un microchip en el cerebro o de arrasar una aldea a dos mil kilómetros mediante un dron, todavía se usa la tecnología del dedo y la estampilla a la hora del recuento de votos. Parece mentira el trabajo que les lleva contar cuatro papeletas. Si la gente normal pierde la paciencia, no digamos Trump, que es un bebé hipertrofiado con acceso al botón nuclear. En los mensajes de twitter con los que ha ido caldeando el recuento hora a hora, está claro que no va a aceptar perder de ninguna manera: exige que paren de contar votos y habla de fraudes y serpientes del mismo modo que el año pasado por estas mismas fechas calificó el impeachment contra su mandato de “golpe de estado”. En su cuenta personal se llama a sí mismo “realDonaldTrump“, para diferenciarse de parodias e imitadores, aunque ninguno de ellos alcance siquiera a rozar el grado de demencia abismal que le arrebata cuando se pone a teclear caracteres. En caso de perder la Casa Blanca, siempre le quedará el consuelo de proclamarse presidente vitalicio de Twitter.

La democracia de última generación consiste en declararse vencedor sin necesidad de enojosos trámites legales, como Napoleón se autoproclamó emperador en 1807 o Guaidó presidente de Venezuela el año pasado. Por lo demás, el circo romano de las elecciones estadounidenses resulta tan complejo y grotesco que este año se ha dado el caso de que en Dakota del Norte ganó un candidato que llevaba muerto varias semanas, una anomalía que trae de cabeza a los expertos, ya que hay papeletas por correo que pueden enviarse 40 días antes de que se abran los colegios electorales. Quizá por eso Trump haya preferido adelantarse a los acontecimientos, levantando su propio brazo en señal de victoria antes de que lo sentencien difunto. Sin embargo, que un político gane unos comicios después de muerto parece sacado de una novela de García Márquez o de una de esas repúblicas bananeras en las que, como dijo el maestro Alvite, la Constitución es la receta de la piña colada. Una última encuesta asegura que el 48% de los votantes cree que el covid está bajo control en el territorio estadounidense: el 52% retante piensa que es Donald Trump el que sigue descontrolado. Lo que está asegurado es el espectáculo: gane quien gane y hoy por hoy Estados Unidos es la república bananera más grande del planeta.

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