100,823

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XAVIER VELASCO

Algo tienen los números redondos que los hace lucir más contundentes. Parecería que entre el 99 y el 100 se interpone una suerte de frontera mental, de modo que aun siendo cifras consecutivas una enorme distancia las separa. De sobra saben esto los comerciantes, cuyos precios suelen agazaparse unos centavos antes del número redondo (nunca será lo mismo pagar por un producto 10 onerosos pesos que solamente $9.90). Muy mal imaginamos el 999, pero llegando a mil —o a cien mil, o al millón— ya podemos quedarnos de una pieza y repetir el número con asombro genuino.

Se cuenta que una vez, durante el funeral de la madre de Jorge Luis Borges, una amiga cercana de la difunta lamentó que ésta casi hubiera conseguido llegar a los cien años de vida, tras lo cual observó el recién huérfano: “Veo, señora, que es usted devota del sistema decimal”. Como bien lo demuestra el humor cáustico del autor de El jardín de senderos que se bifurcan, la cosa se enrarece cuando hay muertos. Algunos, a menudo sin pensarlo, leemos los obituarios con el único fin de averiguar qué edad tenía el difunto. Descansa la conciencia si había llegado a viejo; se alebresta en el caso de que fuera joven; se horroriza si se trata de un niño.

¿Qué puede uno decir de cien mil muertos? ¿Qué son cien veces mil, mil veces cien, diez mil veces diez? ¿Qué muy probablemente, como las evidencias a gritos lo señalan, no sean los 100,823 reportados a las siete de la noche de ayer sino de hecho más de doscientos mil? ¿Qué los muertos parecen menos trágicos cuando se los apila en grandes cantidades, de manera que no quede lugar para datos precisos, como sería la edad de cada uno? Porque a ciertas alturas del horror pasa que un nuevo muerto solo cuenta si su desgracia fue útil para añadir un dígito a la suma y alcanzar el vistoso redondeo. Momento de volvernos hacia allá y asumir otra vez que estamos viviendo una tragedia de proporciones bíblicas, aunque no todo el mundo quiera recordarlo ni para algunos sea el mejor negocio.

“Llevamos tanto tiempo acostumbrándonos a las verdades dolorosas, que la terrible enormidad de la situación no nos golpea como debería cuando las predicciones funestas ocurren”, escribió hace unos días Susan Glasser para The New Yorker. Algo tiene que estar torcido o roto para que las alarmas esenciales sigan desconectadas a la mitad de una inmensa catástrofe; de algo estamos enfermos si el golpe no nos llega, o no nos duele, o si basta cualquier lío menor para volver la vista hacia otra parte y pretender que aquí no pasa nada. Y ya que hablamos de cientos de miles de muertos solo en este país, no estaría de más imaginar cuántos serán sus deudos. ¿Un millón, cuando menos, para redondear? ¿Dos millones, tal vez, entre huérfanas, viudas y desdichados a los que nadie ve ni entendería? Gente que no ha podido dar la espalda al dolor y con él se halla a solas, mientras la mayoría se entretiene con enredos políticos, rencores ideológicos y ofertas navideñas, entre otras prioridades de temporada.

Por lo visto, y aún más por lo no visto, dos, cuatro o cinco muertos por minuto —según las cifras que cada quien decida acreditar, porque en este país y en estos tiempos la verdad nunca es una— difícilmente bastan para hacer a un lado incluso las más obvias fruslerías. Vistos de lejos, somos esa familia de indolentes que ya planeó su fiesta y no va a suspenderla por más velorios que haya alrededor. De poco sirve, al fin, si hay excepciones, e incluso si éstas son la mayoría, pues la música sigue retumbando y quienes aún se dicen responsables por la salud de todos son los primeros en llevar el ritmo. En números redondos, se diría que la vida nos sonríe y la muerte nos vale un cacahuate.

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