El presidente de EEUU, Donald Trump, desciende del Air Force One en la base Andrews, Maryland, tras el primer cara a cara electoral con el candidato demócrata Joe Biden en Cleveland (Ohio). REUTERS/Carlos Barria
El presidente de EEUU, Donald Trump, desciende del Air Force One en la base Andrews, Maryland, tras el primer cara a cara electoral con el candidato demócrata Joe Biden en Cleveland (Ohio). REUTERS/Carlos Barria

 

El presidente de EEUU es un efectivo modelo de las prácticas conocidas como winner-takes-all, características de los países de tradición democrática mayoritaria (basadas en la regla del 50+1). La política del ‘ganador todo se lleva’, según adelantaron en su estudio Jacob Hacker y Paul Pierson, ha posibilitado con posteridad la mayor divergencia en la distribución de las rentas y el reparto desigual en el país norteamericano de las cargas fiscales.

Trump es un acabado ejemplo del político que arrambla con codicia todo lo que hay disponible en su entorno. Este último no se circunscribe al territorio de un país. Como bien nos ha revelado el ‘soplón’ Edward Snowden, a quien siempre debería reconocerse su bonhomía y compromiso como ciudadano del mundo, ya estamos todos controlados (léase su revelador libro Vigilancia permanente). Y quien controla los mecanismos que posibilitan la recogida de nuestros datos y su tratamiento son los EEUU, prerrogativa que no comparte con el resto de los países. Soberanía telemática que, pese a los postulados del neoliberalismo capitalista anglobalizador, debería evitarse para promocionar el libre mercado y las transacciones comerciales irrestrictas (atiéndase, empero, al caso del Brexit y la frontera UE-Irlanda del Norte).

Pero la AIC (American Intelligence Community), controlada políticamente por el ejecutivo estadounidense –y en última instancia por Trump–, puede acceder a todo tipo de informaciones sensibles por motivos de ‘seguridad nacional’. Tales motivos justifican su intervención en todo el globo terráqueo. El propio Edward Snowden afirma que internet es fundamentalmente estadounidense: “La WWW (World Wide Web) puede que se haya inventado en el CERN DE Ginebra (Organización Europea para la Investigación Nuclear) en 1989, pero los modos de acceso a la red están controlados por EEUU […] Más del 90% del tráfico de internet se realiza a través de tecnologías desarrolladas, de propiedad y operadas por el gobierno y corporaciones estadounidenses”.

El primer debate electoral entre los dos contendientes a ocupar la Casa Blanca en las próximas elecciones presidenciales del 4 de noviembre ha expuesto los modos caracteriales de Trump y Biden. El primero ha desplegado su oratoria excesiva y el segundo ha remachado su enfoque sosegado. Si nos atenemos a los apoyos expresados en los sondeos hacia uno y otro candidato todo puede suceder en la noche electoral.

Muy probablemente Biden gane en voto popular, pero, como ya sucedió con Hillary Clinton en las últimas presidenciales, la suma de los votos obtenidos en el Colegio Electoral, que es el cuerpo de compromisarios electos en los estados, podría favorecer a Trump, y sería proclamado al vencedor. Todo dependerá, en buena medida, de los compromisarios que se elegirán en un puñado de estados que integran el denominado Rust Belt en el Medio Oeste estadounidense  Son estados que han experimentado un agudo declive industrial desde los años 1980, y en sectores de los cuales prendió el mensaje populista de Trump: Make America Strong Again (‘Haz de nuevo fuerte a los Estados Unidos’). Es decir, el más fuerte gana, aunque sea por la mínima, y se lleva todo lo que está en juego.

Ya en su discurso inaugural de enero de 2017 como presidente en Washington DC, Trump dejo bien a las claras su programa de gobierno con sólo dos palabras: America first (‘Estados Unidos primero’). Pocos días después y tras su entrevista con Theresa May, a la sazón premier británica y gestora del Brexit, se reafirmó la tradicional alianza cultural y geoestratégica internacional entre los dos países. La globalización neoliberal se cualificó como anglobalización. Desde entonces el objetivo no es otro que ganar la guerra de la acumulación incontrolada del capital que ‘habla’ inglés, mediante una demostración de fuerza de quienes quieren –y pueden– imponer normas en su propio provecho.

Pero incluso si no gana las elecciones, y Biden lo hace por un margen estrecho, Trump ha anunciado que no aceptará `deportivamente’ la derrota. De momento ya ha dado pasos ‘inteligentes’ (así lo califica el icónico periodista Bob Woodward en una reciente serie de entrevistas publicadas recientemente ) para evitar su desalojo de la Casa Blanca. Las prisas por sustituir a la recientemente fallecida Ruth Bader Ginsburg por la candidata ultracatólica y antiabortistas Amy Coney Barrett, también tienen una lectura de ‘bricolaje casero’. Y es que ante un eventual cuestionamiento de los votos postales, por ejemplo, sería la Corte Suprema quien dirimiría la validez de los mismos.

Poco importa que, como expresidente del Comité Judicial del Senado, Biden sea un curtido veterano en las sesiones de confirmación de magistrados, incluyendo su éxito personal para frustrar la nominación como miembro de la Supreme Court de Robert H. Bork en la década de los 1980, o su activa participación en la polémica confirmación del juez Clarence Thomas. La compañera en el ticket presidencial de Biden, la senadora por California Kamala Harris, forma parte del mismo panel de la Cámara Alta estadounidense que examinará a la candidata elegida por Trump. Pero los números son los números. Y el líder republicano del Senado, Mitch McConnell, ya ha afirmado que tiene asegurada la mayoría (mínima) de votos republicanos. O sea que, pese a las llamadas de los demócratas a que la elección se efectúe con la propuesta del nuevo presidente, la elección senatorial de Barret ya podría estar amarrada.

Como cantaba en 1964 Bob Dylan: Los tiempos van cambiando (The Times They Are A-Changin’). No parece que sea el caso de un país en regresión como el estadounidense, que ha sido punta de lanza de los avances tecnológicos de nuestro tiempo. En la política sigue imperando el viejo arramble. Y el que venga detrás, que arree.

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