Trump con covid-19

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ÁLVARO CUEVA

¿Se acuerda cuando le dije, en esta misma columna, hace varios años, que Donald Trump iba a ganar las elecciones?

Mis compañeros de la fuente política se burlaron de mí y la gente en las redes sociales me insultó hasta que se cansó. Acuérdese.

¿Y qué fue lo que pasó? Que este gran personaje mediático se convirtió en presidente de Estados Unidos.

Hoy, con la misma certeza, le digo que el hecho de que el señor Trump haya dado positivo al COVID-19, en lugar de perjudicarlo, lo beneficia.

¿Por qué? Primero, porque esto desvió la atención de sus errores, de las acusaciones que le estaban haciendo y del patético papel en el debate que acababa de tener.

Y, segundo, porque esto lo convierte en una víctima de la pandemia. Y las audiencias adoran a las víctimas.

Le suplico, una vez más, que olvide todo lo que le enseñaron en la universidad, que haga a un lado la política y el sentido común y que piense, por un momento, en lo que está moviendo a las multitudes en la actualidad.

Independientemente de lo que Donald Trump haya dicho o haya hecho alrededor de la pandemia, a partir de este punto está a ambos de la historia.

Puede hablar por los que se equivocaron con el coronavirus y por los que sufrieron estas equivocaciones, puede reforzar o puede modificar sus discursos y, lo más importante de todo, puede despertar lo mismo el odio que la compasión.

La suma de todos estos elementos es lo suficientemente poderosa como para llevarlo a la reelección.

Me queda claro que nadie puede cuestionar los resultados de los análisis médicos que le practicaron, pero esto sucedió en el momento perfecto.

Le da tiempo de desaparecer un rato para reacomodar sus estrategias, está acaparando la atención, y no hay líder que no se esté peleando por mandarle mensajes de apoyo, de solidaridad. ¡Hasta bendiciones!

Hoy hay gente rezando por Donald Trump. Si usted quiere, por la más elemental humanidad. Pero esto, hace una semana hubiera sido inimaginable y hace una diferencia inmensa a la hora de la popularidad.

Si el señor Trump quiere echarle la culpa de su contagio a sus enemigos, puede hacerlo.

Si se quiere transformar en un héroe al utilizar su propia vida para que los médicos experimenten tratamientos que luego sirvan para salvar a la humanidad, por supuesto que lo puede hacer.

¿Y qué tal si se convierte en el primer estadounidense en usar la tan esperada vacuna? ¿Qué tal si esa vacuna se hace con sus mismísimos anticuerpos? ¡Trump en nuestra sangre!

¿Sí entiende lo que le estoy diciendo? ¿Sí entiende el poder de estos argumentos en el imaginario colectivo?

Sin dejar de ser quien es, este personaje es ya un mártir, una víctima de sus propios errores, una lección de vida, un superviviente.

Merece una segunda oportunidad. Se la está ganando.

¿Puede haber un candidato más maravilloso que él? Cualquier persona que se atreva a cuestionarlo, ya no se diga a atacarlo, en este contexto, es mala.

Y si el otro candidato también se contagia, o si cualquier otro político le sigue los pasos, habrá llegado en segundo lugar. El primero, el victorioso, es él, siempre será él.

Cualquier cosa que suceda en este instante, lo beneficia.

El COVID-19, que antes era el peor enemigo de Donald Trump, es ahora su mejor aliado. 

https://www.milenio.com/opinion/alvaro-cueva/ojo-por-ojo/

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