Trabajo

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Para pensar y estudiar las mejores horas del día son las de la mañana. Entre las ocho y la una de la tarde. Horas tiradas a la basura. Precisamente las horas en las que estamos en la oficina, dedicados a tareas rutinarias que en un futuro próximo… Mejor será no pensar en el futuro. Antes podía ilusionar, ahora da miedo. Los mejores años para el trabajo intelectual son los años jóvenes, entre los 25 y los 45 años. Años tirados a la basura. Precisamente los años en que estamos en la oficina, en el taller, etc. Muchas horas, muchos días, muchos años, frente a la pantalla del ordenador, sin posibilidad de iniciativa, entrando y saliendo a la hora establecida (cuando no haciendo horas extra). ¿Qué rendimiento se obtiene de todas esas horas de secuestro? Absolutamente ninguno, salvo el modesto salario. El trabajo es el enemigo. De una grave enfermedad puede uno recuperarse, pero del trabajo no. El trabajo es una cárcel, es una pena de muerte: es el culpable de que hayamos vivido -estemos viviendo- en vano. El trabajo impide ver el amanecer y el atardecer (perderse crepúsculos es gravísimo); impide ver mundo (no conocer Islandia es un pecado). El trabajo fatiga, deprime, embrutece, humilla, obliga a estar cada día en compañía de personas con las que no se tiene nada en común, aniquila al individuo, fuerza a madrugar (uno de los objetos más odiosos es el despertador), convierte a Juan García en alguien útil (ser útil, ¡qué horror!). La vida, la vida entera que pasamos trabajando en algo que no nos gusta o que aborrecemos (los privilegiados que se dedican full time a lo que les gusta se cuentan con los dedos de una mano) podríamos haberla dedicado a rascarnos la barriga o a cultivar nuestro espíritu (ah, pero ¿existe todavía el espíritu?). ¿De qué manera? Yo qué sé. Estudiando idiomas, visitando museos, leyendo a Aristóteles, observando la metamorfosis de los insectos, conquistando el amor (el infame tiempo del trabajo es tiempo robado al amor). Dijo no sé quién: “nacemos originales, nos convertimos en copias”. Si la naturaleza nos concedió un don especial, un talento creativo, podríamos dejar huella, un testimonio de que pasamos por el mundo. Juan García (digamos que es taxista o mecánico) que acaso tuviera inquietudes artísticas, podría ser un Einstein o un Maquiavelo o un Dante. Juan García podría haber escrito algo como Hamlet, o la Crítica de la Razón Pura o la Sinfonía 41 en do mayor… para que un solemne director de orquesta se luzca. Pero el trabajo, cadena perpetua, se encarga de arruinar la personalidad de Juan García. Y a Juan García le llega la vejez. Hora de jubilarse. Ahora que está consumido y ya no tiene fuerzas. Si Juan García ha pasado treinta o cuarenta años de su vida sometido al yugo del trabajo, mejor que no eche la vista atrás. Si aún le queda algo de lucidez le invadirá la melancolía. No ha construido nada. No tiene biografía. Su puesto lo ocupó otro en menos de 5 minutos. La cúspide de la famosa pirámide de Maslow es la “autorrealización”. A esa cúspide llega uno entre 50 millones de personas. Por una combinación extraordinaria de talento, suerte y tenacidad el individuo que se autorrealiza ha logrado imponerse a la férrea mecánica social, ha sacado la cabeza de la muchedumbre anónima. Ha realizado una obra personal, original. ¿Fueron felices esos elegidos? Seguramente, no. ¿Quién es feliz en este mundo? Pero, ¿quién habla de felicidad? Si la vida es tan corta y sólo la vivimos una vez, ¿por qué es una pura pérdida para la inmensa mayoría? (Cito libremente a Chéjov). Perderse tantos crepúsculos, eso sí es una falta muy grave y no llegar tarde al puñetero trabajo. Cuanto más abajo en la escala social con más rigor se juzgan las faltas, por insignificantes que sean. Un hombre libre (el que no tiene que trabajar o trabaja en lo que le gusta) es arrogante. Naturalmente estas consideraciones son totalmente utópicas. ¿Y qué tiene de malo eso? Encima dar las gracias por tener un miserable trabajo. Aunque nos exploten. De la vocación ni hablamos, repartidor de pizzas, empleado de lo que sea. ¡Viva el conformismo del esclavo! Me viene a la memora el ensayo de Oscar Wilde El alma del hombre bajo el socialismo. Con el divino ocio, posible gracias al desarrollo tecnológico, podríamos cultivar, dice Wilde, nuestra personalidad… etc etc. El trabajo es una infamia. ¿Qué tal le sentaría la mascarilla a Oscar Wilde? 

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