¿Se podría revivir a los dinosaurios según la teoría científica de «Parque Jurásico»?

Un nuevo estudio en el que participan investigadores españoles pretende probar si se puede extraer ADN antiguo de muestras atrapadas en resina

La investigadora Mónica Solórzano-Kraemer con una de las muestras de resina examinadas
La investigadora Mónica Solórzano-Kraemer con una de las muestras de resina examinadas – Senckenberg Research Institute

Una de las escenas más icónicas de la película «Parque Jurásico» es el momento en el que los protagonistas, científicos escépticos ante el primer «parque de atracciones biológicas vivas» que se muestra ante sus ojos, ven un vídeo en el que se explica cómo ha sido posible traer de vuelta a la vida a los extintos dinosaurios. En el film se cuenta cómo a partir de un mosquito preservado en ámbar y que contiene en su abdomen la sangre de estos animales prehistóricos, se puede reproducir su ADN y, «rellenando los huecos» con información genética de una rana, conseguir un huevo de dinosaurio totalmente viable. Pero, ¿esto es científicamente posible o solo ocurre en las películas? Un nuevo estudio en el que han participado investigadores españoles viene a arrojar un poco de luz sobre el asunto.

Lo primero es discernir entre qué fue primero, si el huevo o el dinosaurio. La ciencia de laboratorio o la ciencia ficción. La llamada «fiebre de los dinosaurios» se extendió como una plaga después de que el escritor Michael Crichton publicase en 1990 «Parque Jurásico», obra que tomaba (y retorcía) algunos estudios de la época que aseguraban, por ejemplo, haber extraído ADN de un escarabajo de unos 120 millones de años. La adaptación al cine tres años después bajo las órdenes de Steven Spielberg supuso el empuje definitivo a la «dinomanía», que llegó incluso a los ámbitos científicos: durante esa época, se produjo una carrera descontrolada para ver quién podía sacar la información genética más antigua y hacer realidad la premisa de aquel relato.

«El problema llegó cuando unos años más tarde se intentaron replicar aquellos experimentos. Fue imposible porque no existían muestras similares, ya que en las pruebas tienes que destrozar al insecto», apunta David Peris, investigador de la Universidad de Bonn y autor del nuevo estudio que acaba de ser publicado en la revista « PLoS ONE». Así es como surgieron estudios que atribuyeron los hallazgos a contaminaciones ambientales accidentales, a la vez que otras investigaciones afirmaban que el ADN no se puede preservar más allá del millón de años -los dinosaurios desaparecieron hace 65-. Estos análisis también incluían insectos conservados en copal (estado intermedio de fosilización de la resina entre la resina natural y el momento en el que se fosiliza para convertirse en ámbar, fenómeno que ocurre en torno a los 40.000 años) y no encontraron rastro de material genético. Los repetidos análisis con resultados negativos y las dificultades metodológicas -junto con la llegada del estudio del ADN neandertal- empezó a restar importancia al análisis del ámbar en genética.

El experimento

Pero hace dos años, un equipo liderado por Peris y la investigadora alemana Kathrin Janssen, en colaboración con investigadores de la Universidad de Bonn (Alemania), la Universidad de Barcelona, el Instituto Geológico y Minero de España, la Universidad de Bergen (Noruega) y el Museo Senckenberg (Alemania), se propuso rescatar el método y comprobar si realmente la premisa de «Parque Jurásico» podría ser cierta. «Creíamos que el tema estaba mal planteado desde el principio: a pesar de que gracias a la resina podemos observar los rasgos físicos de los seres vivos atrapados, eso no quiere decir que este sea un material apto para preservar ADN», afirma Peris. Así que cambiaron la estrategia y comenzaron por el final: en vez de buscar ADN en ámbar de 100 millones de años de antigüedad o más (y soñar con la resurrección de dinosaurios), intentaron detectar ADN en insectos atrapados hace poco tiempo en resina. Una vez conseguido eso, se procedería a investigar muestras cada vez más antiguas hasta encontrar cuál es su límite de conservación en resina y por qué.

No eligieron mosquitos, sino escarabajos atrapados en resina hacía 2 y 6 años en regiones remotas de Magadascar en otra expedición en la que participaban Xavier Delclòs (Universidad de Barcelona), Mónica Solórzano Kraemer (Museo Senckenberg) y Enrique Peñalver (Instituto Geológico y Minero de España), quienes sumaron esfuerzos internacionales al experimento. La premisa era hallar al menos dos organismos por cada muestra, para que se pudieran replicar las pruebas en el caso de que algún científico quisiera hacerlo y no incurrir en el mismo error de los estudios de los noventa. De hecho, las piezas pueden ser consultadas en el Museo Senckenberg de Frankfurt.

Resina hallada en Magadascar con escarabajos incrustados analizados en el estudio
Resina hallada en Magadascar con escarabajos incrustados analizados en el estudio – Museo Geominero

Pruebas PCR para escarabajos

Una vez escogidas, las muestras fueron trasladadas hasta el laboratorio, donde se usó la técnica de la PCR clásica (la misma que se utiliza ahora para la detección del SARS-CoV-2) para buscar si aún contenían ADN de esos insectos y eran capaces de detectarlo sin ningún género de duda. Y lo consiguieron. «También se realizaron experimentos control con escarabajos de este género de colecciones entomológicas y, por tanto, sin estar cubiertos de resina, y ambos grupos dieron positivo», afirma Peris. Era la primera vez que un estudio encontraba restos inequívocos de ADN preservados en resina.

Pero la tarea no fue nada fácil: en los especímenes con 6 años hubo muchas dificultades y se tuvo que refinar mucho la técnica, ya que la información genética se había degradado enormemente. «Esto puede hacernos pensar que muy probablemente sea muy complicado extraer ADN de restos más antiguos, pero tenemos que estudiar muchas variables porque no sabemos a ciencia cierta por qué ocurre esto», explica el investigador, cuya estancia en la Universidad de Bonn termina, sin embargo, en apenas unos meses. «Se necesitan recursos para seguir explorando esta vía. Ya tenemos localizadas unas muestras de hace 300 años, pero para su estudio y el de otros experimentos similares hace falta financiación», explica Peris.

Entonces, ¿hay alguna posibilidad real de revivir a los dinosaurios de la misma manera que nos mostró «Jurassic Park»? La ciencia ha probado que tal y como se explica en la película es del todo imposible: es ya extremadamente complicado extraer ADN de los propios insectos, por lo que sacar «sangre fresca» de otro ser en su interior se antoja del todo imposible. De momento, la ciencia ficción gana a la ciencia de laboratorio. Pero si algo nos han enseñado ambos ámbitos es que nada se puede dar por sentado.

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