Imagen promocional de la serie de TV 'La valla'.
Imagen promocional de la serie de TV ‘La valla’.

Apenas hace quince días, concretamente el pasado cuatro de septiembre se estrenó en Antena 3 una nueva serie española, La valla, con una temática original y muy diferente con respecto a otras producciones televisivas al uso.  La historia tiene lugar en nuestro país, pero en un tiempo futuro, concretamente en 2045. Tras un golpe de Estado se ha alzado un nuevo régimen, Nueva España, donde las libertades y los derechos de los individuos han quedado restringidas y el conjunto de la población se encuentra sometido a un estado de excepción permanente, bajo el estricto control del ejército y de la policía política.

La similitud del escenario con otras obras de temática distópica es evidente: regímenes totalitarios similares a 1984, El cuento de la criada, Fahrenheit 451 o Equilibrium, concebidos como proyectos de organización social y estable y organizados sobre la base de principios de planificación centralizada y de control de las personas, pero en última instancia, amparados sobre el ejercicio de la propaganda, la violencia y la represión.

En aquella España del mañana, el creciente desequilibrio territorial que ya hoy podemos constatar con el continuo vaciamiento de vastas zonas del país ha acabado desembocando en la creciente concentración de la población en las grandes ciudades, siendo Madrid el paradigma de la nueva situación. Como respuesta a ello, el régimen ha procedido a dividir la capital en dos sectores completamente separados por una valla que nadie puede traspasar sin autorización oficial: el sector 1 acoge al Gobierno y a las clases altas, en tanto que en el sector 2 vive el resto de los ciudadanos. Tal esquema tampoco es original ni ajeno al género distópico; Orwell ya separaría a los miembros del Partido Único del conjunto de la población -los proles– en aquel hipotético Londres de 1984. En la misma línea, otras producciones posteriores como el filme Elysium (2013) o la serie brasileña 3% también ofrecerían escenarios futuros fundados sobre la segregación social y geográfica de la población.

Un último rasgo, definitivo, y muy a tener en cuenta a la hora de seguir el relato es la presencia de un virus letal, el noravirus, en cuya amenaza se hallaría el origen de la creación de la Valla y el sistema de aislamiento sanitario que garantiza la seguridad y la vida de las clases dominantes, a expensas del resto de la población.

Resulta paradójico que veinticinco años antes, en nuestro Madrid de hoy, no sea necesario recurrir a la pequeña pantalla para encontrarnos con un escenario tan similar, bastaría tan solo con asomarnos a la ventana. No ha habido necesidad de un golpe de Estado o de un régimen totalitario -aunque hay quien lo pueda creer- para asistir al establecimiento de unas medidas que consagran la separación de la ciudad en dos zonas sociales bien diferenciadas, Tampoco hay que esforzarse demasiado en buscar los argumentos: según las autoridades, se trataría de evitar el riesgo de contagio masivo de toda la población y preservar la actividad económica allí donde se supone que debe continuar a fin de impedir el colapso total de los negocios.

Soluciones recurrentes, perfectamente creíbles en el contexto de un producto de ficción, pero ciertamente incomprensibles en el marco de la realidad en el que actualmente nos movemos. Y por muchas razones, algunas de carácter sanitario que los especialistas vienen y han venido señalando desde hace tiempo -y sobre las que precisamente por ello, no nos vamos a detener- y otras de carácter político más profundas, que ponen de relieve no sólo la incapacidad de algunos administradores de lo público para desempeñar sus obligaciones sino también la percepción y el sentido que de la democracia y en fin, de la política conservan algunos dirigentes a pesar de todos los cambios producidos en los últimos tiempos.

Historias como La Valla no hacen sino reflejar el estado de inquietud que sus autores ya experimentan en el presente ante un escenario extremadamente preocupante cuya previsible deriva futura solo puede traer consigo unas consecuencias más dramáticas y, posiblemente, irreversibles.

El trazo grueso con el que en ocasiones estos creadores dibujan los contornos de ese hipotético mañana responde generalmente más a su grado de preocupación y ansiedad ante la gravedad de las señales que está recibiendo en su tiempo que a la certidumbre de unos hechos o situaciones futuras que no dejan de ser meramente hipotéticos. El interés, por tanto, no debería centrarse en la eventual instauración de un régimen totalitario en nuestro país, sino en las razones que pueden llevar hoy a considerar tal circunstancia como posible.

¿Basta con establecer paralelismos entre la realidad y lo previsto en estas obras para considerar su validez? Y de no ser así, ¿dónde debemos fijar nuestra atención si lo que deseamos es encontrar lazos de continuidad entre esos dos momentos (presente/futuro)?

Posiblemente, el nexo común que ponga en relación uno y otro escenario, más allá de esa divisoria material que en ambos momentos separa a los habitantes de Madrid en dos zonas, debamos situarlo en la negación, o al menos el cuestionamiento de lo que entendemos por política.

Para Hanna Arendt, la política se despliega en torno a un doble juego de relaciones: la que vincula a los hombres y el Estado, y la que establen los hombres entre sí. Y es que, para la filósofa, no existía una sustancia verdaderamente política, sino que ésta nacía del espacio que se crea entre los hombres. He ahí donde residía su verdadera esencia, en un ámbito exterior al ser humano, y donde también se planteaban sus principales retos.

Cualquier medida que vaya en la línea de contribuir a la fragmentación de ese espacio compartido que, no olvidemos, también constituye el ámbito de donde emanan nuestros derechos y libertades, traerá como consecuencia la erosión de los fundamentos más básicos de nuestra convivencia.  La segregación y/o división de individuos dentro de una comunidad supone una práctica que atenta deliberadamente contra esa concepción de la política concebida como espacio de confluencia e integración de personas con orígenes e intereses muy diversos, pero imbuidas del deseo compartido de una existencia en común.

Intervenir en el ámbito de lo público para acentuar las diferencias particulares a fin de preservar la posición propia, lejos de fortalecer la cohesión social y reforzar los lazos de compromiso colectivo, implica todo lo contrario, acelerar su desgaste y llevar a la sociedad a una condición más frágil y vulnerable. Nada que ver con las actuaciones que, en otros momentos de la historia, por ejemplo, las llevadas a cabo por Clístenes en Atenas apostaron por la hacer de la política un espacio de aceptación y acogida donde la expresión del disentimiento y la diferencia nunca impidió a los hombres sentirse más iguales y cooperar entre sí a la hora de afrontar sus problemas.

En fin, no parece que ninguna valla pueda mantenerse eternamente. Al menos mientras los seres humanos actúen y se desenvuelvan como tales. Pero nunca viene de más recordar la inutilidad de sus fines y la estulticia de sus promotores. Ya sea en 2045 o ya sea ahora, en 2020.

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