La razón del sufrimiento humano

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PAULINA RIVERO WEBER

 

Los seres humanos requerimos comprender el porqué de las cosas: es una necesidad propia de nuestra mente racional. Ese impulso para comprender es tan poderoso, que preferimos la peor de las explicaciones, antes que aceptar que no tenemos explicación alguna: esa es la premisa que fundamenta la psicología nietzscheana. De manera que siempre que algo malo suceda, buscaremos el origen de ese mal y si no lo encontramos, lo inventaremos.

Las más extrañas ideas han surgido al buscar la razón del sufrimiento. Los antiguos griegos creían que en el Olimpo habitaban seres con todas las características humanas, que poseían también sus virtudes y sus vicios. Esos dioses eran la causa de todo lo bueno y todo lo malo que sucedía en la Tierra. Vivir era muy difícil con dioses que peleaban entre ellos: lascivos y egoístas, en ocasiones lastimaban al poblado consentido de su rival o mandaban grandes males a una familia para castigar a un solo individuo. Pero todo era culpa de ellos: “¡Estos dioses nos van a volver locos!” exclamaban.

Paralelamente en Asia se gestaban otras religiones: en sus orígenes chamánicos, los antiguos arrastraban y pisoteaban a su dios cuando les traía mala fortuna y lo cambiaban por otro: el anterior, castigado y muerto, era sepultado. Eso lo sabemos gracias a los estudios de un gran hombre, quien fuera uno de los más eminentes sinólogos y orientalistas, muerto en el Holocausto en Buchenwald: Henri Maspero. Él sufrió el Holocausto por el simple hecho de pertenecer a otra familia de religiones: el judaísmo.

Como lo han mostrado los textos encontrados en Qumrán, Cisjordania, conocidos como “Manuscritos del Mar Muerto”, de una de las vertientes de esa compleja religión surgió el cristianismo. Éste tomó como hijo y representante de dios a un judío rebelde de la época del Imperio romano. Es mucho lo que hoy sabemos del cristianismo primitivo, gracias a los evangelios de Nag Hammadi (Trotta, Madrid), cuyo contenido arroja nueva luz sobre su surgimiento.

Ambas religiones abonaron la tierra en la que nacería una nueva explicación para el sufrimiento: la culpa y el pecado: sufres porque eres culpable. ¿Cómo pudimos aceptar que el sufrimiento tiene como origen una culpa originaria que nace junto con el individuo? A quien ha contemplado un cachorro humano, esta idea le resulta incomprensible: todo en ellos provoca un pasmo amoroso de reverencia a la vida.

Pero no podemos con el sinsentido: para la mente humana todo debe tener una causa, un origen, una razón. No podemos aceptar que la vida es así: alegría y tristeza; felicidad y sufrimiento; placer y dolor y así hay que aceptarla y amarla. Quizá porque entonces aceptaríamos que podemos darle un sentido propio, que la haga digna de ser vivida, y eso es apartarse del rebaño; es soledad. Por eso al no encontrar razón para el sufrimiento, la creamos, aunque implique sufrir aún más: siempre es mejor sufrir con un sentido, que sufrir sin sentido alguno.

Cuando finalmente creemos haber encontrado al culpable, sea dios o diablo, hacemos de una compleja sinfonía, una caricaturesca canción de organillero.

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