De la destrucción de la República

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EPIGMENIO IBARRA

Perdieron el poder; ahora, en un afán suicida, quieren que el país se pierda con ellos. Envalentonados, los gobernadores “federalistas” lanzan la amenaza, fútil pero efectista y ruidosa, de romper el pacto federal. Incapaces de vivir en democracia y aceptar las consecuencias, apuestan, para reinar sobre sus ruinas, a la destrucción de la República. 

Virreyes se imaginan ya, Enrique Alfaro, Jaime Rodríguez, Javier Corral, Silvano Aureoles, de improbables ínsulas independientes. Virreyes que aspiran, cada uno de ellos  —porque de eso se trata; de una ambición desmedida—, a convertirse en el próximo emperador de México.   

Virreyes que, en el pasado reciente, sirvieron hasta la obsecuencia al régimen presidencialista que dictaba, desde Los Pinos, órdenes que sin chistar los gobernadores obedecían.   

Virreyes que hoy pretenden, a toda costa, sacar a Andrés Manuel López Obrador de Palacio Nacional. Virreyes que, en pasarela, se disputan la candidatura a dirigir a una oposición descabezada que no tiene la disposición de aceptar los tiempos ni las normas de la vida democrática.  

En rebeldía se declaran ahora quienes bajaron la testa ante el viejo régimen, callaron ante sus crímenes, toleraron que el gobierno federal tratara con desprecio a los estados que hoy gobiernan, les escamoteara recursos y entregara su territorio al crimen organizado.  

Dirán algunos: Javier Corral se enfrentó a Enrique Peña Nieto y tendrán razón. Argumentarán que al Bronco se le llama así por independiente.  

Lo cierto es que el primero aceptó mansamente la maniobra del desafuero —un golpe de Estado desde el Estado— con Vicente Fox y calló ante los crímenes de Calderón; y de Bronco, Rodríguez, un priista de pura cepa, no ha tenido nunca más que el apodo.  

A billetazo limpio acabó la Federación con la rebeldía de Corral. A billetazos quieren, aparentemente, los llamados “federalistas”, zanjar la disputa con López Obrador.   

Diálogo (es decir, rendición incondicional) o ruptura inmediata es la disyuntiva que plantean al gobierno de López Obrador, el ultimátum que lanzan. Tienden una mano mientras, con fuerza creciente, golpean con la otra. Paz ofrecen mientras declaran la guerra.   

Es la suya la demagogia típica de los conservadores en tiempos electorales. La vieja promesa de la mano dura que —para desgracia de las naciones— suele seducir a los incautos. Así pasó en Alemania cuando la república de Weimar, así pasó en Brasil con Jair Bolsonaro.  

“La nada tiene prisa”, decía el poeta español Pedro Salinas, y a esa “nada”, a la destrucción del pacto federal, a la destrucción de la democracia por la que tanto hemos luchado, es a la que los “federalistas”, el Frenaaa, el movimiento del “Sí por México”, los intelectuales orgánicos, la oposición golpista, quieren con urgencia empujar al país.  

No les importa un comino el costo social, político, económico del desgajamiento de la nación. Tampoco que su apuesta sea un total despropósito. Les importa solo el efecto. Están en plena campaña electoral y quieren crear la percepción —la mayoría de los medios les apoyan— de que el país, indignado, se levanta.  

Sus propuestas “independentistas” están tan vacías como las casas de campaña de Frenaaa en el Zócalo capitalino. Pura escenografía. Subirá el tono de la disputa y serán cada vez más estridentes las amenazas que lancen; podrán desgarrar sus vestiduras, pero no a este país que tanto ha luchado para mantenerse unido.

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