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La fiebre que se había desatado en el mundo por encontrar “cuerpos equivocados” a los que hay que reconducir por el buen camino parece que empieza a remitir. Un indicio es lo que ha ocurrido en el Reino Unido, donde el gobierno ha dado marcha atrás a la reforma para facilitar lo que se denomina “autoidentificación de género”, es decir, que cada uno pueda decidir libremente con qué género se identifica y que la mera declaración personal surta efectos para cambiar de sexo en el registro civil.

Que el gobierno británico haya decidido posponer indefinidamente esta reforma de la ley –después de una intensa batalla protagonizada por muchas mujeres feministas– ha tenido otros efectos, como que la organización Mermaids (Sirenas), abanderada del apoyo a los menores trans,  haya reconocido que “ninguna criatura nace en el cuerpo equivocado”, que ha sido durante mucho tiempo una de las frases recurrentes que ha justificado la actividad que ha llevado a cientos de criaturas a iniciar procesos innecesarios de transición sexual.

Y es que esto de “nacer en el cuerpo equivocado” es lo más antiguo y reaccionario que hemos visto desde lo años sesenta (y que aún existe en algunos países) cuando a los homosexuales, lesbianas y transexuales les daban electroshocks y les practicaban lobotomías para que adaptaran su orientación sexual o su género al rol que correspondía al sexo biológico con el que habían nacido. Solo que ahora es al revés, y como vivimos en un mundo disparatado y delirante, las instituciones, los partidos, los grupos, las asociaciones, los sindicatos, las universidades y un montón de gente a título individual ha comprado esta idea del “cuerpo equivocado” según la cual hay que adecuar el sexo biológico al género sentido.

Y si para ello hay que hormonarse de por vida, bloquear la pubertad o mutilar cuerpos de criaturas sanas porque muestran inclinaciones, actitudes o gustos del género contrario al que corresponde a su sexo, pues les cambiamos de sexo. Yo espero que el ejemplo del Reino Unido cunda y se empiece a desvanecer esta fantasía “del género sentido”; un invento que sin ninguna base científica ni evidencia empírica se ha aceptado como verdad incontrovertible, como si “la identidad de género” fuese una esencia innata, una energía, una marca indeleble que nos habita desde antes de nacer y no un proceso que empieza con el nacimiento y nos va construyendo conforme nos incorporamos al mundo social.

Menos buscar cuerpos equivocados y más reconocer que es la sociedad, con su estricta división de roles sexuales, la que está equivocada. Menos vigilar el comportamiento de las criaturas para ver si muestran signos de incomodidad con su género (¿quien no va a sentir incomodidad con algo impuesto?) y más eliminar los corsés creados para limitar su libertad.  Dejemos que cada uno se exprese, vista, adorne, comporte, hable, ame, actúe como le dé la gana (que eso es el género) y dejemos el sexo en paz.

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