Cuando te quieras dar cuenta estás otra vez en el balcón a las ocho, y sin ganas de aplaudir

Cuando te quieras dar cuenta estás otra vez en el balcón a las ocho, y sin ganas de aplaudir

¿Cómo decís? ¿Medidas políticas, planes de acción, recursos? Ah, que os habíais pensado que el artículo iba sobre los gobiernos central y autonómicos, lo que han hecho desde marzo para cuando llegase la ola otoñal… No, qué va: yo estaba hablando de mi familia, de cómo nos cogió por sorpresa el confinamiento de marzo, y de qué manera nos hemos preparado para el siguiente, convencidos de que más vale acumular papel higiénico y harina que confiar en la evolución de la pandemia o en que nuestros gobernantes logren evitarlo.

Que acabaremos otra vez metidos en casa parece cada vez más evidente, aunque esta vez no será de un día para otro, mediante consejo de ministros extraordinario, estado de alarma y discurso televisado del presidente. No, esta vez el confinamiento será progresivo, sutil, pasito a pasito: un día no puedes salir de tu ciudad, a la semana siguiente de tu barrio, otro día toque de queda nocturno, luego limitación de contactos sociales, franjas horarias para pasear, y cuando te quieres dar cuenta estás otra vez en el balcón a las ocho. Con el tirachinas preparado por si alguien aplaude.

Por eso el nuevo confinamiento vendrá de tapadillo: porque ya no hay ganas de aplaudir (aunque los sanitarios lo merezcan más que en marzo). Ni ganas de cantar ‘Resistiré’. Ni de tomar el puto vermú por vídeollamada. Ni de hacer gimnasia de mierda con Youtube, ni ayudar a los hijos con las jodidas clases online, ni vigilar desde el balcón al vecino jeta. No vamos a escribir más diarios ni novelas ni ensayos de pandemia, ni grabaremos más canciones confinadas. No hay más chistes que compartir en redes sociales, agotados todos en la primavera. No hay humor para nuevos chistes. No hay paciencia ya, ni confianza, ni esperanza o curiosidad como todavía manteníamos en marzo. No hay trabajo que teletrabajar para quienes se han quedado sin empleo, sin empresa o sin clientes. Ni dinero: en muchos hogares no queda ya colchón, tras meses sin apenas ingresos. A los afortunados que tenemos casas, familias y economías con las que da gusto confinarse, ya no nos hará ninguna gracia, estamos cansados y tristes. Y a los que resistieron a duras penas con sus casas, familias y economías poco confinables, les queda poca capacidad de resistencia.

Así que aquí estamos, con la casa preparada para otro encierro que parece estar al caer. Que ya sé que luchar contra la pandemia es muy complicado y otros países también andan mal; y también sé que es más fácil comprar un rodillo y varios kilos de harina que reforzar la atención primaria y el rastreo, contratar más profesores, aumentar la inspección de trabajo o limitar durante meses la movilidad, el ocio nocturno y las actividades de interior. O legislar instrumentos normativos y jurídicos para no seguir dependiendo del estado de alarma, que ni eso han hecho.

Si hay que confinarse por salvar vidas, lo haremos, con la misma responsabilidad con que tantos nos hemos puesto mascarilla, aplazado planes y dejado de ver a familiares y amigos. Nosotros sí hemos cumplido.

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