Un joven con mascarilla pasa delante de una pintada en una calle de Madrid. REUTERS/Sergio Perez
Un joven con mascarilla pasa delante de una pintada en una calle de Madrid. REUTERS/Sergio Perez

 

Más allá del recuento de muertes y contagios, no se sabe bien de cuándo ni de de dónde, ¿qué se está haciendo para enfrentar la barbaridad que se nos viene encima? ¿Hay alguien en el ámbito de lo público consciente de que todo el espacio que descuiden lo ocuparán los buitres?

En un puñado de meses se nos ha venido abajo el mundo tal y como lo conocíamos. Ha cambiado radicalmente nuestro aspecto, la forma en la que nos mostramos a los demás, o sea gran parte de lo que somos. Acceder al ámbito público exige que nos tapemos la cara, ahí es nada. Han cambiado nuestras costumbres de higiene. Se han ido al garete la forma de relacionarnos físicamente con los demás, algo que define la convivencia, es decir retrata una cultura, un modo de vida. Vivimos redefiniendo nuestra idea de lo que es seguro, nuestra idea política del comportamiento común, nuestra idea de la obediencia y represión…

Mi perplejidad no tiene límites al constatar con qué facilidad nos hemos adaptado a las nuevas circunstancias. Pero mayor es mi inquietud al constatar que ninguna de las personas que gobiernan nuestra sociedad ha dado una sola pista sobre cómo vamos a reconstruir lo que quede después de todo esto. Porque “todo esto” no son solo las muertes y los contagios, las vacunas y los remedios. “Todo esto” es otra forma de habitar el mundo. No sé si ha llegado para quedarse (me arrodillaría con tal de que no fuera así) o se trata de una temporada, pero sea como sea, ya es, ya ha sido. En el mejor de los casos, volveremos a vivir sin mascarillas, a tocarnos, a besarnos, a bailar, ¡bailar! Sin embargo, la herida ya está hecha.

Bien, ¿y?

Millones de personas han perdido su forma de ganarse la vida, al menos una generación ha visto quebrada su idea de la seguridad, ha quedado en evidencia la capacidad de las instituciones para una actuación inmediata y contundente llegado el caso y ahora ya somos conscientes de que la certidumbre no existe.

Todo lo anterior requiere una reacción política, por supuesto no solo política, pero sobre todo política, a largo plazo. No la veo. Es más, sencillamente no creo que la haya.

El problema es que ya sabemos que lo que sí existe siempre es una reacción económica, y no me refiero por supuesto al ámbito de lo público. Cualquier modificación traumática de una sociedad la deja en cueros ante los buitres. En este momento estamos en cueros, económica, social, educacional, afectivamente, yo qué sé, absolutamente en cueros. Comulgaríamos ahora mismo, es un suponer, con cualquier modificación de las relaciones laborales, de consumo, referentes a las comunicaciones, la Sanidad, la propiedad… Y no me refiero a modificaciones institucionales, sino procedentes del ámbito privado.

No sabemos qué somos exactamente ni hasta cuándo. Nuestra organización del espacio común, del bien común, de lo conquistado, se llama política. Afortunadamente, en España gobierna un algo que me atrevo a llamar izquierdas. Imagínense que, como en Madrid, gobernara un pacto entre PP, Ciudadanos y la extrema derecha de VOX. Para empezar, como en Madrid, ya estaría desapareciendo la Educación pública. Para empezar.

Lo dicho, no sabemos qué somos exactamente ni hasta cuándo, pero sí que todo el espacio de piel que dejemos al aire será pasto de los buitres.

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