El presidente de EEUU, Donald Trump, en un acto de la campaña electoral, en Londonderry, New Hampshire. REUTERS/Carlos Barria
El presidente de EEUU, Donald Trump, en un acto de la campaña electoral, en Londonderry, New Hampshire. REUTERS/Carlos Barria

 

¿Puede Donald Trump ganar las elecciones de noviembre? Hace apenas unas semanas la respuesta casi unánime a esa pregunta habría sido un rotundo no. Con el orden social quebrado por la cuestión racial, camino de los doscientos mil muertos por la pandemia, en medio de un shock económico sin precedentes, la discusión pública se centraba esencialmente en si Trump aceptaría su derrota. Las boutades sobre un posible retraso electoral, o los ataques al servicio postal estadounidense (una de las pocas instituciones que vertebra la presencia del Estado en el conjunto del país, hoy al borde de la quiebra) parecían reforzar esa lectura de un presidente autoritario dispuesto a casi cualquier cosa, incluido el fraude o el boicot de la normalidad electoral, para no ceder el poder.

Esa no es la situación a día de hoy, o al menos no es la sensación que dejan las recientes Convenciones de los demócratas y los republicanos. Y esas sensaciones importan. Como todas las esferas de su vida social, la política en los Estados Unidos tiene una fuerte dimensión de espectáculo, y las convenciones son en ese sentido un momento esencial en la definición de los discursos políticos sobre el país, es decir, de la realidad política misma. Durante dos semanas consecutivas, una buena parte del electorado se congrega ante las pantallas para descubrir liderazgos emergentes, valorar lemas y eslóganes, reafirmar o cuestionar los relatos que explican lo que está sucediendo. Es verdad que las elecciones rara vez se ganan o se pierden en una Convención (eso sucede en el otro gran hito del espectáculo político estadounidense, los debates presidenciales), pero en ellas se define el punto de partida de las campañas y el marco ideológico general en el que van a desarrollarse.

¿Qué escenario de partida dejan las atípicas Convenciones de este verano? Los demócratas de Biden harán la campaña de una gran restauración: en estas elecciones se trata simplemente de poner fin a la pesadilla de Donald Trump en la Casa Blanca. En todo momento su objetivo es evidenciar el contraste entre la decencia y humanidad de Biden y la peligrosa excentricidad de Trump, que ha degradado hasta lo inimaginable los estándares de la democracia norteamericana; entre la experiencia y fiabilidad del candidato y la incapacidad manifiesta del presidente; entre un mensaje de empatía y concordia y otro divisivo, racista y autoritario. Trump es el gran otro de la campaña demócrata, que confía en construir a partir del rechazo al presidente una gran coalición política a la que une el deseo de una vuelta a la normalidad, el cierre de la pesadilla trumpiana, como premisa del proceso de reconstrucción nacional.

Donald Trump y toda su familia, al final de la Convención Republicana. REUTERS/Kevin Lamarque
Donald Trump y toda su familia, al final de la Convención Republicana. REUTERS/Kevin Lamarque

 

Enfrente, los republicanos harán campaña en torno a una idea fundamental: la defensa del país frente a sus enemigos. Ese mensaje se articula por un lado en el evidente intento de dibujar un escenario distópico a partir de los levantamientos sociales y los disturbios que ha vivido el país en los últimos meses. Como hiciera Nixon tras la sacudida social del 68, Trump se presenta como el candidato de la ley y el orden frente a quienes buscan aprovechar el caos y la crisis para subvertir la sociedad estadounidense. La dicotomía que se plantea a partir de ahí es sencilla. Biden no es otra cosa que el caballo de Troya de la extrema izquierda que busca instalar el caos en las ciudades como medio para derrocar el orden social. Trump es la garantía de que tu pueblo, tu barrio o tu ciudad no caerá en manos de los vándalos y los saqueadores.

El segundo punto del mensaje republicano tiene que ver con la reconstrucción de la economía y con el papel de Estados Unidos en el mundo. Trump construye aquí un relato alternativo sobre su presidencia y su legado: antes de que estallara el virus chino, el desempleo estaba en mínimos históricos y la bolsa en máximos; la actividad industrial había repuntado en el país tras décadas de declive, y Estados Unidos había puesto fin al modelo comercial de la globalización para proteger su tejido productivo. Ese es el corazón ideológico del America First: Estados Unidos por fin ha vuelto a ocupar el lugar que le corresponde en el mundo, cerrando a cal y canto sus fronteras, poniendo en su sitio a sus enemigos -China, Irán, las Naciones Unidas, los presuntos aliados europeos que viven como parásitos del gasto militar norteamericano-, haciéndose respetar de nuevo. Lo que en el resto del mundo se lee como aislamiento, unilateralismo y miopía casa perfectamente con el excepcionalismo norteamericano, esa idea de grandeza de lo propio siempre amenazada desde fuera, que enraiza y da señas de identidad al disperso tejido sociopolítico de la Norteamérica rural.

Esa Norteamérica es hoy firmemente trumpista, quizás incluso más trumpista que republicana. A la base ideológica tradicional de los conservadores y sus guerras culturales -propiedad, religión, aborto, inmigración, armas, escuela, ejército-, el trumpismo ha añadido una crítica visceral del orden de la globalización que abarca tanto el cosmopolitanismo obamiano como las guerras de Bush. Poco importan las contradicciones o tensiones propias de esa posición (pues la defensa de los sectores industriales y agrícolas del país casa mal con la desregulación financiera o el desmantelamiento del sistema impositivo del país; la propuesta de Trump es proteccionista hacia fuera y turbo-neoliberal hacia dentro). En una reciente encuesta, ocho de cada diez votantes republicanos que han perdido el empleo a raíz de la pandemia seguían aprobando la gestión económica de Trump. El presidente ha fidelizado una base social que compra y defiende fervorosamente su relato -el virus es una conspiración china, Black Lives Matter una operación para derrocarle – a pesar de, o quizás precisamente gracias a, su comportamiento en la Casa Blanca. La revuelta contra el establishment político que abanderó Trump no ha sido efímera, y hoy tiene realidades a las que apuntar: el muro en la frontera con México existe, y el Acuerdo de París no.

Claro que tan real como esa movilización es la reacción antiTrump. No hay muchas dudas de que el voto urbano, las dos costas del país y las minorías volverán a ser abrumadoramente demócratas. La cuestión esencial es si esa coalición, en el complejo sistema electoral norteamericano, será suficiente para derrotar al presidente. La respuesta depende de lo que suceda en la Norteamérica suburbana, entre los electores independientes, y en esos pequeños grupos de votantes que en un puñado de Estados claves (Pensilvania, Wisconsin, Florida, Carolina del Norte, New Hampshire, Arizona, Minnesota, Ohio) harán que se decante la balanza. Es ahí donde Trump ganó las elecciones en 2016 y donde se decidirá el resultado de 2020 independientemente del voto popular, de las valoraciones morales y políticas, incluso del ambiente que vive gran parte del país. Y esa es por tanto la pregunta clave: ¿puede el discurso que ha presentado Trump en la convención republicana -un enemigo interior y un enemigo exterior, que tienen en Biden a su aliado frente a los defensores de la grandeza de América- imponerse sobre la realidad en esos puntos críticos de la batalla electoral?

Que simplemente se plantee la pregunta, en medio de la crisis sin precedentes que vive el país, con el historial del presidente en la Casa Blanca, ya es un fenomenal logro trumpista. También es expresión de un hecho tan aterrador como real: si Trump puede disputar las elecciones en estas condiciones, es más que probable que las hubiera ganado con facilidad si no se hubiera desatado la pandemia. Así mismo, la supervivencia de Trump pone de manifiesto todas las debilidades del candidato demócrata, ganador de rebote de unas primarias atípicas, incapaz de suscitar entusiasmo tras casi 5 décadas en la política profesional, perseguido por sus contradicciones y por un largo historial de improvisaciones y errores garrafales. Hasta ahora su estrategia de campaña es marcadamente conservadora: aparecer lo menos posible, atraer el perfil del votante independiente e incluso conservador, dar por hecho que el voto de la izquierda esta vez sí se movilizará masivamente para desalojar a Trump. Los márgenes de las encuestas siguen siendo favorables, aunque decrecientes, y en el campo demócrata empieza a cuajar el nerviosismo. Y ese es uno de los mayores peligros que dibuja este escenario: que en la batalla afectiva por el relato del país los demócratas se limiten a describir peligros y desastres aterradores mientras Trump fabrica euforia política y sueño americano. Así cerraron los republicanos su Convención: con un formidable espectáculo de fuegos artificiales sobre la Casa Blanca, como una celebración de su capacidad para imponer la épica del discurso sobre la dureza de la realidad.

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