¿Por qué la vida no es una prioridad?

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Observo con mucho interés cómo personas, parejas, grupos, deciden abandonar este tipo de vida que llevamos para recluirse en sus adentros. No se trata, como empiezan a decir algunos, algunas, de respuestas egoístas a una realidad cada vez más erizada. No se trata de juzgar. Todo esto que sucede acaba de empezar a suceder, creo que solo es el comienzo de algo, ni siquiera sé qué me parece. Sencillamente observo. Son personas que van retirándose de una lucha que les parece inútil, que no da frutos, que no es revolucionaria, por así decirlo, para refugiarse en una forma propia de lucha, una forma de habitar el mundo que se les antoja más ética, que les satisface de otro modo. Bajan el ritmo, saltan del tren, reducen drásticamente el consumo, eligen los alimentos, deciden manejar el tiempo, su tiempo. Y creen que la suma de muchos optando por ese modo de vida será transformadora.

Se trata de la vida.

Ayer se hizo pública una denuncia contra el Gobierno de tres organizaciones que luchan por el interés público, la ecología y los derechos humanos: Oxfam Intermón, Ecologistas en Acción y Greenpeace. Son tres bestias de la organización no gubernamental. Han denunciado al Gobierno de España ante el Tribunal Supremo porque no va a cumplir lo pactado en los acuerdos de París respecto a las agresiones contra la vida, o sea, contra el medio ambiente.

Cuando hace unos pocos meses nos recluyeron en nuestras casas por el COVID, cundió la práctica de elaborar pan, pastas, alimentos. De repente, al detener el ritmo frenético que esta sociedad, o sea la economía, nos impone, volvimos a lo sustancial. El alimento es sustancial. Por lo tanto, son esenciales la tierra, el clima, la tormenta, la sequía, la temperatura de los mares, la ausencia de hielo.

Escribir sobre estos asuntos no consiste en reflejar algo abstracto llamado, por ejemplo, ecología. Se llama pobreza, hambre, migración, dinero, depredación. Sí, eso, depredación. Y muerte.

Nos cuesta hablar de la muerte en términos individuales, íntimos, familiares. Pero todavía nos resistimos más a tratar el asunto de cómo nosotras, nosotros, participamos en la muerte cotidianamente. No solo en la de seres vivos más allá del ser humano, sino la muerte del futuro de nuestra propia especie. Qué ignorancia.

La comunidad científica advierte que, en pocos años, no será posible la vida en este planeta. Esta frase, repetida desde hace años, pierde toda validez en tanto en cuanto los términos que maneja resultan inabarcables. Pese a que al detenernos nos lanzamos a elaborar pan, ha bastado retomar el ritmo de “lo actual” para olvidar la irrupción de lo importante. Nuestra vida destruye. Destruye la vida. De eso se trata.

Se trata de la vida.

Basta leer el informe publicado por las tres ONGs anteriormente citadas para comprender cómo un gobierno, sea del color que sea, puede postergar las decisiones sobre este asunto, incluso despreciarlas, por razones de aquello que se considera prioridades. Y sin embargo, no hay mayor prioridad que tener salud, pero vamos más allá: no hay mayor prioridad que vivir y que nos sobrevivan.

Si te dicen que el 90 por ciento de los glaciares del Pirineo han desaparecido ya, como así es, puede que el dato te quede tan grande o tan lejos que lo rechaces por no abarcarlo. Pero afecta a lo que comes, y lo que comes es esencial. Afecta a la agricultura, a la ganadería, a los ríos y los campos, a los mares, a tu forma de vida y el futuro de los tuyos.

Se trata de la vida.

Después de décadas tratando los asuntos del dinero, del techo, del coche, de la primera, segunda, tercera residencia, de la moda, de los bienes de consumo, de la tecnología, nos hemos convertido en seres que, corriendo, corriendo, han olvidado que antes que todo eso están el aire, el agua y el alimento. La vida está.

Entonces es cuando observo cómo personas, parejas, grupos, deciden abandonar este tipo de vida que llevamos para recluirse en sus adentros. Sus adentros no son las vísceras o una especie de espuria espiritualidad, sino otra forma de enfrentar los días, uno tras otro, que tienen para vivir. Suelen ser personas cultas, blancas, ricas, que se lo pueden permitir: arquitectas, ingenieros, escritoras, editores, artistas… Se bajan de este tren enloquecido sobre raíles de políticas idiotas para reencontrarse con la tierra, aquello con lo que nos topamos cuando se nos concede un respiro. Hacer pan.

Ahí reside mi dolor al ver cómo este asunto va ganando espacio y quiénes se pueden permitir el lujo de habitarlo. ¿Por qué no se convierte, como en su tiempo fue la defensa de lo público, en un asunto de interés común? ¿Por qué la vida no es una prioridad?

De ahí que celebre la denuncia de las tres organizaciones contra el Gobierno de España. No solo por lo referente al futuro de la especie, de cualquier especie. Sino porque aquellos, aquellas que puedan permitírselo saltarán de este tren frenético para caer en un campo donde la reflexión es posible y también la sensación de que existe otra forma, más ética, más enriquecedora, menos miserable de habitar el mundo. Sin colaborar en la muerte.

Ah, pero ¿y el resto?

El resto de los ciudadanos, de las ciudadanas, la inmensa mayoría depende de que los gobiernos, representantes de la población, pueda o no permitirse el lujo de saltar del tren, participe de una revolución imprescindible. O sea, que ese salto no sea fruto de una decisión individual, exclusiva, sino de una acción colectiva, social. Política.

CRISTINA FALLARÁS

https://blogs.publico.es/

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