El parecido entre la nariz de Froilán, hijo de la infanta Elena, y el Borbón indio Baltasar Napoleón es muy notable.
El parecido entre la nariz de Froilán, hijo de la infanta Elena, y el Borbón indio Baltasar Napoleón es muy notable.

A finales del siglo XIX, el francés Louis Rouselette se quedó estupefacto durante un viaje a la India por los rasgos caucásicos de los Borbón-Bhopal y por lo que a él le pareció la inequívoca presencia en aquel país de narices borbónicas. Una rápida comparación sugiere hoy una semejanza morfológica entre la nariz del asiático y la de Froilán. Si bien difieren en anchura, las aletas, con forma de yugo invertido, presentan similitudes. También existe un parecido entre la de Elena y la de la princesa Michelle de la India.

Supimos acerca de Baltasar gracias a un amigo belga que combatió en Siria contra el Daesh. Dicho sea de paso, nuestro amigo Chris es un jonkheer, miembro de la pequeña aristocracia flamenca. Se dice en su familia que uno de sus antepasados se hallaba entre los nobles flamencos que pintó Velázquez en la rendición de Breda. Se supone que su ancestro estaba junto a Justino de Nassau en el momento en el que le entrega las llaves de la ciudad al genovés Ambrosio de Spinola, comandante en jefe siciliano de los Tercios. Tiene sentido porque el ancestro que mencionan era alcalde de la Breda interior cuando fue rendida la ciudad.

Chris de Flandes -un Montens- está empeñado en descubrir quién fue en verdad Juliana, la esposa del supuesto hijo secreto del condestable de Francia que inauguró esta estirpe borbónica de la India, tan puesta en entredicho y a su vez, tan creíble. Que existan elementos legendarios en la tradición de la familia no la hacen imposible.

No anticiparemos su teoría porque el honor de darla a conocer le pertenece a él. Contamos los segundos para que Baltasar de Borbón-Bhopal le reciba en audiencia en su casa de la India. Es una buena forma de ahondar en el misterio y de obtener una impresión más cercana de este personaje peculiar que llama primos a Juan Carlos y Felipe, y que ha dado lugar a tantas especulaciones.

A juzgar por los comentarios que hemos leído tras la aparición en Público de una información sobre sus pretensiones, se diría que mucha gente cree que es muy decepcionante que Baltasar no desee disputarle el trono a Leonor.

Si la realeza española fraterniza con el esperpento, un honesto indio de Bhopal elevaría el nivel. Daría el tipo al lado de la barbacoa, junto al hijo de Corina, con una gorra de elefante de los Goorin Bros, cantonada de platas y de gules entre flores de lis. Nadie mejor que alguien como él para protagonizar una especie de transición hacia algo diferente. Sería un rey a la medida de esos republicanos rojos a los que Baltasar reprocha que manchen el legado de Juan Carlos. Aunque sus primos europeos se obstinen en ningunearlo o lo que es peor, en tratarlo por omisión como al rey del pollo tandoori, los kati roll y la samosa; como a un florero robado en el badulaque del obrero Apu.

Entre tanta chirigota, muchos han empezado a creer que los parientes indios de Leonor son lo mejor de los Borbones. Primero, porque la inteligencia familiar de los primos indiasiáticos del emérito no se halla menoscabada por las relaciones consanguíneas y segundo, porque Baltasar es, al fin y al cabo un modesto y honrado abogado de Bhopal. Esto es, hablamos de un Borbón que trabaja, lo que a juicio de algunos lectores del diario, sugiere que no puede ser uno de los suyos.

Hablamos del padre de una familia que fue desposeída de cuanto tenía, que era todo en un país donde la mayoría tiene nada. Se les despojó de sus títulos feudales, y con ellos, de sus tierras, sus privilegios, sus honores y de todo lo demás. Baltasar dice que aún conserva el respeto de muchos de los suyos. Lo seguirá teniendo mientras en India prevalezca alguna traza de la vieja cultura de la servidumbre.

Hablamos del primero de los descendientes de Juan Felipe de Borbón (un señor del siglo XVI), Count of Clermont-en-Beauvaisis, que se ve obligado a trabajar y a mezclarse con la plebe. Que alguien celebre el fin de la Edad Media no le debería impedir ver que el potencial literario de una historia así está fuera de duda. Especialmente, la de Salvador, el padre de Baltasar, que fue quien sufrió más directamente los envites de la historia. Salvador fue el puente roto entre dos épocas. Quien sea capaz de retratar con la profundidad sicológica precisa un personaje como ese, tendrá una gran historia.

Hablamos de un hombre que puede conectar su estirpe -borbónica o no- a los rajás de Shergar, cuyos cabeza de familia heredaban, generación tras generación, el título de primeros ministros de los reinos de Bhopal, tras salir huyendo de las tierras que les entregaron a sus antepasados los moghules. Cuando los periodistas, hace ahora trece años, le convencieron de algún modo para que posara entre los mocosos de Bhopal con aire regio y él decidió jugar el juego. Hace unos días nos decía en una carta que “le divierte” que insinúen que piensa disputarle el trono a Leonor o competir con Luis Alfonso por una realeza más irreal -la francesa- que la de la Casa Lannister de Roca Casterly.

El primo de Juan Carlos juega sus cartas en un mundo virtual. Haría bien en no aguardar la llamada de alguno de sus estirados parientes europeos. ¡Debió ser tan abrumador para él y su familia que Michael of Greece se dirigiera a él como “primo” cuando llamó a su puerta en 2005 para decirle que quería escribir un libro sobre sus deudos indoasiáticos! “¡Déjate de altezas!”, le dijo el nieto del rey Jorge I de Grecia. Pero el primo Miguel, el octogenario tío de Sofía, no le ha devuelto aún la hospitalidad que recibió, después de quince años. Se resiste a abrirle las puertas de su casoplón de París. “Que nos recibiría se da por hecho”, dicen los Borbón-Bhopal. No le corresponde a él, dijo en algún lugar, sino a las autoridades. Se siente, Miguel, pero eso suena a excusa.

Baltasar tiene una debilidad, y su debilidad son los genes que dice que comparte con los Borbones europeos. Tampoco debería sorprendernos demasiado que sea tan permeable a los honores, viviendo como vive en una sociedad de castas. Los bisnietos de los rajás no han olvidado los tiempos de los latifundios y los ‘privy purse’. Vivían mucho mejor cuando aún no les habían retirado las prebendas con las que el Estado mantenía al rebaño indio de aristócratas o las propiedades que les fueron, según dice Baltasar, “ilegalmente arrebatadas”. Los Borbón-Bhopal ya no son lo que eran. Y es eso justamente lo más atractivo del relato, el modo en que han venido a menos; la forma en que se han convertido en casi nada. Es la tragedia que se adivina en ello lo que convierte su vida en algo novelesco.

La verdadera historia de Baltasar -la que no interesa en España- es la que lo asemeja de alguna forma al último emperador de China. Baltasar es un pequeño Puyi de la India, casi tan digno como él de una película ampulosa como las de Bertolucci. Baltasar y su padre Salvador tienen más aristas que su ancestro Jean Philippe, cuya vida solo puede retratarse en una novela de aventuras. El hijo del condestable da el tipo en las epopeyas, pero no sostiene un drama.

Hemos leído por ahí que Baltasar estuvo a punto de ser asesinado durante las revueltas sectarias de Bhopal, en los noventa, y que atentaron contra su oficina, que no era exactamente el palacio de Liria, sino el chiringuito de un burócrata, un funcionario a sueldo -bajo- del Gobierno. Vive en un barrio popular, pero tampoco exageremos: su casa no es una chabola infestada de ratas de la periferia de Calcuta. Han conservado, como dicen, la dignidad de la familia.

En fin, la historia de Baltasar y su familia es deslumbrante, aunque esta parte más asiática suela pasar inadvertida para los paternalistas europeos. Hay diez mil puntos de fuga fascinantes en las crónicas de ese linaje. Los occidentales son tan etnocéntricos que han puesto el acento sobre su vínculo genético con las distintas ramas de los Borbones franceses, portugueses y españoles, pero para comprender la psique de Baltasar, y ese modo un tanto naive con el que intenta defender el legado de su familia, es preciso comprender la importancia que ésta tuvo en la historia de la India. Nos dijo en una carta que no desea ganarse el corazón de los franceses o los españoles. Le creemos. Tiene más que suficiente con la memoria del papel de los suyos en la gran corte de Akbar y en las de sus descendientes. Es más que comprensible.

Se diría que Baltasar Napoleón ha caído bien entres los españoles. En serio. El de Bhopal es ese primo noble indio, de abolengo pero humilde, con carucha de buen chico, que todo el mundo desearía tener. Informal pero arreglá. Es un primo lejano y, por tanto, inofensivo. Como bien sabe Miguel, es la clase de pariente que no se presentaría en casa sin llamar, ni te criticaría la vajilla si tuvieras a bien el invitarle, cosa que no va a hacer el tío de Sofía.

Baltasar se ha comprometido a proporcionar una muestra de sangre para cotejar su perfil genético y el de su hijo Federico con el de Axel de Borbón-Parma, Sixto de Borbón-Parma y João Henrique de Orleans-Braganza. Hace ya trece años que dice que está dispuesto a hacer la prueba, pero ahora parece que va en serio. No deberíamos albergar ni la menor esperanza de que se den a conocer esos resultados. Seguro que le malinterpretarían. Se diría que saber que no hay trazas en su ADN del haplogrupo R-Z381 y de resto del código borbónico podría ser devastador para estos indios que han hecho de su razón de ser la preservación de su identidad aristocrática. Pero juraríamos que eso no es así. Los Borbones de la India no necesitan a los occidentales para sacarle brillo a la cubertería de oro.

En defensa de sus tesis hay que decir que la nariz de Baltasar se parece, sobre todo, a la de Froilán. Las aletas en forma de yugo invertido son prácticamente intercambiables, aunque las fosas nasales del indio son más grandes. También existe semejanza entre la de Elena y la de la decimonónica princesa Michelle de la India, cuyo fenotipo europeo tanto sorprendió al viajero francés Louis Rouselette. El parecido de las narices borbónicas con las de los ancestros indios pintados en los grabados no le pasó desapercibido a Rouselette, quien dejó constancia de ello en sus escritos y se refirió a ello como prueba de ese parentesco.

Baltasar es un nombre espléndido y muy palatino, pero Napoleón le añade una pretensión de imperial fortaleza que refuerza el efecto de alfombra roja. Napoleón es el gong que reverbera. Cuando se ponen ambos nombres juntos es algo incontestable, apabullante. ¿Sería devastador que anduvieran errados en lo de ser primos de los Franco-Anjou? No necesariamente. Baltasar sabe muy probablemente que el interés histórico de su familia o su papel -el que sea- en la historia de la India no depende de sus vínculos genéticos con los Borbones europeos. El linaje de la India haría bien en hacerse esas pruebas de ADN menos para confirmar el vínculo que para descartar que habitan sobre un campo de minas.

Esencialmente, hay dos escenarios. Que Jean Philippe dijera la verdad y fuera en verdad hijo secreto del condestable de Francia, o que mintiera para ganarse el favor de los monarcas orientales a los que sirvió, como esclavo, primero, y como privilegiado súbdito, más tarde. Tal y como dice el periodista frances Frederik de Natal, aun suponiendo que dijera la verdad, habría que determinar si existe una continuidad ininterrumpida en la línea de sucesión entre Juan Felipe y Baltasar. No es un misterio irresoluble. Doscientos euros cuesta analizar una muestra de sangre y cotejar el ADN indio con el de sus primos europeos.

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