El huevo de la serpiente

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EPIGMENIO IBARRA

Intenta la derecha conservadora incubar el huevo de la serpiente, ese monstruo que habrá de devorar —si lo permitimos— la democracia en México. En muchos frentes opera: el capital pone la plata; el intelectual, la coartada teórica; el columnista calumnia y calienta el ambiente; trazan los medios la ruta de la mentira que amplifican personajes del antiguo régimen; en la red, bots y fanáticos la transforman en odio cerval; y en las calles, grupos de provocadores pasan de la violencia verbal a la física.

A los conservadores la democracia no les sirve. Conscientes de que en las urnas no tienen oportunidad, han optado por dar un golpe y comienzan a articular sus acciones en esa dirección. Es tiempo ya de tomar conciencia de que su estrategia está en marcha. Permitir que en nuestro país se instalen de nuevo el autoritarismo, la corrupción y la intolerancia; ir incluso mas allá y abrir las puertas de nuestra patria al fascismo sería, de nuestra parte, un crimen y un suicidio a la vez.

Crimen, porque estaríamos privando a nuestras hijas e hijos de las libertades de las que hoy, por fin, gozamos y los condenaríamos a vivir como nos tocó en el pasado, bajo la opresiva lápida del autoritarismo. Crimen, porque estaríamos fallándole a quienes entregaron su vida para construir la democracia en México y a quienes, en las urnas en 2018, se pronunciaron por el cambio de régimen y la transformación de nuestra patria.

Suicidio, porque la derecha conservadora, cegada por la rabia incontenible que siente, quiere sangre. Imperdonable les parece a sus profetas que nos atreviéramos —y hablo de las y los millones de mexicanos que votamos por Andrés Manuel López Obrador— a pensar que otro México era posible. Irrefrenable será su sed de venganza; querrán cortar cabezas y nadie estará a salvo si el orden constitucional se rompe y en este país —ya de por sí violento— se instaura la ley de la selva.

Sucedió en Alemania cuando la República de Weimar se vino abajo y los nazis se hicieron del poder. Sucedió en la Guatemala de Arbenz, en Chile después del golpe a Salvador Allende. Sucede hoy en Brasil y puede suceder —si no actuamos con cordura e inteligencia— también en México. La esperanza de los pueblos, a veces demasiado fugaz, suele ser eclipsada por la brutalidad de una derecha que, por la cruz y con la espada, engendra dictaduras terribles y longevas.

Quien piensa que el fascismo es cosa del pasado se equivoca. Ese fantasma ronda por el mundo. Está vivo en Europa, en EU, en Brasil y en México. Pulsar los instintos más primitivos del ser humano, sembrar el odio, hacer que por el miedo actúe en manada, como un animal aterrorizado, sigue siendo un recurso para dominar pueblos y eliminar a quienes se ven, hablan, piensan, actúan diferente. La diversidad que nos enriquece para el fascismo es una amenaza intolerable. El fascismo iguala a quienes son semejantes; uniforma, enardece, anula, ciega.

Hitler lanzaba arengas incendiarias. La teoría de la superioridad racial justificaba la masacre. Goebbels inundaba los medios con propaganda. Los Krupp ponían la plata. Las tropas de asalto sembraban la destrucción en las calles. Comenzaron los nazis burlándose de los judíos; terminaron matándolos. “Luego vinieron por los socialistas, y yo —escribió Martin Niemoller— no dije nada porque no era socialista… luego vinieron por mí, y no quedó nadie para hablar por mí”. Que la memoria y la consciencia nos sirvan para impedir que esa negra historia se repita.

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