Desde luego que hay una crítica mal intencionada dedicada a desgastar y perjudicar la imagen de López Obrador y su Gobierno. Foto: Andrea Murcia, Cuartoscuro.

Sostiene López Obrador que desde Francisco I. Madero no ha habido un Presidente más criticado que él. Imposible confirmarlo porque no hay una estadística al respecto, pero seguramente tiene razón. Primero, porque durante décadas resultaba poco menos que prohibido criticar al Presidente y segundo porque, cuando por fin se pudo, los cuestionamientos nunca fueron generalizados (entre otras cosas porque los grandes medios de comunicación tenían la precaución de mantener una línea editorial más o menos oficialista). Hoy, en cambio, el grueso de los diarios, de los espacios radiofónicos y de televisión, de las columnas y tertulias políticas acribillan a López Obrador por lo que dijo o no dijo, por lo que hizo o no hizo. Por las mañanas el Presidente suele hacer el recuento de daños, quejándose de la mala leche de un determinado diario o de una columna en particular. Y tiene razón, muchos no lo quieren.

Pero en algo se equivoca el Presidente cuando asegura que toda esa crítica es espuria y mal intencionada. Para él la ecuación es muy sencilla: el pueblo me apoya porque yo estoy a favor del pueblo, los que me critican no están a favor del pueblo, sino en contra de él y eso los hace moralmente reprobables. Una vez asumida esa conclusión, la descalificación es inevitable: quien lo critica está defendiendo los privilegios y la corrupción.

La síntesis de este sentimiento quedó resumido en su comentada frase: “o se está con la transformación o en contra de la transformación”. El Presidente fue cuestionado en amplios círculos nacionales e internacionales cuando se comparó este pensamiento con el de regímenes totalitarios, defensores de una ideología única. López Obrador no volvió a usarlo, e incluso ha mencionado una y otra vez la necesidad de la crítica y su legitimidad en una sociedad democrática. Sin embargo, en cada mañanera expresa la indignación del día por los señalamientos que se hacen a su Gobierno: “nadie me defiende”, dijo el viernes pasado. En la práctica, al decirlo, estaría sosteniendo que no cabe otra posibilidad que defenderlo o atacarlo.

Desde luego que hay una crítica mal intencionada dedicada a desgastar y perjudicar la imagen de López Obrador y su Gobierno. Sus frases se sacan de contexto, se exageran y distorsionan. Es un ataque que proviene de adversarios políticos que esperarían obtener ganancia de su debilidad y su caída; también procede de aquellos que han generado animadversión sea por razones ideológicas o materiales y consideran que cualquier guerra sucia es justificable. Asumirán que el fin justifica los medios. Es a esta crítica, exagerada y muchas veces infundada, a la que López Obrador se refiere cuando insiste en la necesidad de aclarar, replicar y desmentir la desinformación y los ataques. Hay periodistas y medios que resienten la caída de sus ingresos y alimentan una cruzada en toda la línea destinada a socavar al Presidente. Están dedicados de tiempo completo a buscar y exhibir todo aquello que pueda dejar mal parada a la 4T, se justifique o no.

El problema es cuando el Presidente asume que todo cuestionamiento responde a estos motivos. Hay muchos otros críticos (periodistas, intelectuales, académicos, miembros de las ONGs, líderes y actores de la sociedad civil) que simple y sencillamente no coinciden con el mandatario, sea por razones ideológicas o por considerar inadecuadas sus políticas concretas. Muchos de ellos, incluso, podrían estar de acuerdo con buena parte de su diagnóstico sobre los problemas de México, pero difieren en la manera en que los ha encarado. Por ejemplo, aquellos que aceptarían que ahora es el tiempo de los pobres, pero repudian las entregas de dinero directo bajo el viejo refrán “mejor enseñar a pescar que regalar pescado”. De estos círculos suelen surgir cuestionamientos que intentan ser razonados, aunque en la medida en que se hacen desde una perspectiva ideológica distinta a la del Presidente, éste termina por considerarlos igualmente sospechosos y al servicio de los que impiden el cambio. En realidad ambas posiciones tienen su propia lógica; cuando se observa la 4T desde los intereses de las clases medias y altas, habría muchas cosas que podrían reprochársele al nuevo Gobierno; pero cuando se observan desde la perspectiva del México abandonado, los actos de la administración adquieren un sentido diferente. Dos lógicas distintas, según se miren. Difícilmente coincidirán, pero eso no significa que sus diferencias obedezcan a la deshonestidad.

Pero también hay una crítica desde la propia acera en la que camina el Presidente. Aquellos que consideran no solo que sus banderas son las necesarias sino también las políticas públicas destinadas a aterrizarlas. Y justamente porque se cree en ellas, es importante asegurar que se subsanen los errores que se cometen sobre la marcha, se revisen los desaciertos que existen y seguirán existiendo, se examinen las prioridades contraproducentes y se aborden los excesos y deslices inevitables. Nadie es infalible en el asiento del poder y mucho menos en una realidad tan compleja y cambiante como la que vivimos; nadie nace experto en la conducción de un país. Para ser exitoso el sexenio tendría que ser un proceso de ajuste continuo, de aprendizaje incesante en el duro oficio de conducir un barco en aguas tempestuosas. Pero no es posible construir un círculo virtuoso a partir del ensayo y el error allá donde señalar un error es considerado un acto desleal o perverso.

Los colores se reducen al blanco y negro y el mundo se empobrece cuando las opiniones ajenas solo pueden calificarse como amigas o enemigas, y únicamente existen incondicionales o traidores. Urge incorporar el pensamiento crítico a la corte, y eso solo puede hacerlo el soberano.
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