La Casa Blanca, de noche,iluminada, en Washington. REUTERS/Yara Nardi
La Casa Blanca, de noche,iluminada, en Washington. REUTERS/Yara Nardi

 

La incapacidad de lograr un nuevo “siglo americano” globalizado, la profundización del declive estructural, la agravación de las crisis sociales y el surgimiento de “potencias emergentes”, ha llevado recientemente –bajo el gobierno de Donald Trump- a la metamorfosis final de todo el imperialismo estadounidense, incapaz de acomodarse a su inevitable decadencia.

Su globalización unilateral, que pretendió rearmar a partir del 11 de septiembre de 2001, implosiona, y con ella todo el entramado socio-político-institucional que conocimos desde la Segunda Postguerra Mundial y la imposición de la Guerra Fría. El largo siglo XX llega a su fin, aunque pueda hacerlo de la manera más dramática.

Sólo en los últimos años EEUU ha roto diferentes Acuerdos o Pactos. El 1 de junio de 2017 anunció su retirada del acuerdo climático de París, firmado en 2016. El 23 de enero de 2017 se retiró del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica. También se ha salido del Pacto Mundial de la Organización de las Naciones Unidas sobre Migración y Refugiados, así como de la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). Además ha modificado a su antojo el Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN). Asistimos recientemente a la profundización de su desconocimiento y hasta repudio de las decisiones de Naciones Unidas (y del Consejo de Seguridad) que constituyen la legalidad internacional. EE.UU. reconoció a Jerusalén como capital de Israel (otro país que se jacta de saltarse a la torera cualquier resolución de la ONU), así como su “soberanía” sobre el ?Golán ocupado, lo cual implica aceptar la adquisición de territorios mediante la guerra. Seguidamente, anunció que se retiraba del Plan Integral de Acción Conjunta firmado con Irán, y también del Tratado sobre armas nucleares con Rusia.

Por si fuera poco, todo indica que ya no se detiene ni ante la abierta violación de embajadas, como sucedió con la norcoreana en Madrid o la de Venezuela en Washington.  Dicta resoluciones contra magistrados de la Corte Penal Internacional (incluso llegó a retirar el visado a la fiscal en jefe de la Corte), que pretenden juzgar sus crímenes de lesa humanidad. El mensaje es claro: nadie puede juzgar a soldados o, en general, ciudadanos/as estadounidenses, mientras que EEUU puede juzgar a quienquiera e imponer sus leyes al resto del mundo (la extraterritorialidad de las leyes estadounidenses que obligan a los demás a seguir ha sido parte importante de la globalización unilateral norteamericana). Además, ha dejado inservible a la OMC, y no sólo porque viola crecientemente cualquier norma de “libre comercio”, especialmente contra China, y desata todo tipo de guerras comerciales y bloqueos contra numerosos países, como Bielorrusia, Burundi, Corea del Norte, Cuba, Irán, Libia, Nicaragua, República Centroafricana, República Democrática del Congo, Rusia, Siria, Sudán, Venezuela y Zimbabwe. Es que ya no le interesa mantener ese organismo porque el “libre comercio” sólo interesa a los poderosos cuando son ellos los que se benefician. Su última deserción en este reguero es la relacionada con la Organización Mundial de la Salud, tras la catastrófica gestión de la pandemia de un país que no cuenta con la mínima cobertura social de su población.

Se trata, en suma, de un trabajo de demolición sistemática de las instituciones internacionales, del sistema de relaciones y compromisos multilaterales, de un gigante que va quemando puentes en su retirada. Con ello, el mundo que salió de la Guerra Fría llega a su fin. Muere definitivamente el largo siglo XX, y con él muchas de sus certezas. La excepcionalidad de Israel, la alianza energético-militar de EEUU y Arabia Saudita, la singularidad de Corea del Norte, la subordinación continental de Europa y de la América llamada “Latina” a EEUU, pueden estar viendo el principio de su fin, al menos bajo la forma en que se han manifestado hasta hoy. Por el contrario, el nacimiento de nuevas instituciones económicas y políticas internacionales van cobrando cuerpo o cuanto menos, mayor posibilidad. Toda una red cooperativa de alcance comercial y político-estratégico se urde en torno a China en Asia y África (Ruta de la Seda), con conexiones cada vez mayores en Europa, Oceanía e incluso Sudamérica. El gigante asiático intenta sostener las instituciones globales, incluso ocupando los vacíos que va dejando EEUU, mientras se produce la lenta construcción de un posible nuevo orden mundial.

A todo ello se enfrenta el hegemón en decadencia con cada vez más muestras de desesperación. Las luchas literalmente “a muerte” entre las facciones de poder estadounidense ponen al mundo en un riesgo sumamente grave, como posiblemente no ha conocido hasta ahora. Trump (a quien no hace falta denigrar porque él solo lo hace cada vez que habla y porque tiene demasiados medios de difusión controlados por las facciones rivales en su contra) ni siquiera es el candidato del partido republicano, sino de la facción industrial-productiva del capital estadounidense. Facción que busca la reindustrialización del país, una improbable vuelta a la ‘economía real’: por eso el discurso trumpero llega a tantos sectores de la clase trabajadora norteamericana, a pesar de todas sus barbaridades ideológicas. Los demócratas buscan contrarrestarlo con pretendidos feminismos verdes, tan falsos como su progresismo, levantando a las calles contra Trump. Biden, el candidato opositor, fue consejero vicepresidente con Obama, en una de los gobiernos que más bombas han sembrado por el mundo, instigador de la invasión y destrucción de Libia, guerrerista declarado, que de resultar elegido acentuará la militarización de las relaciones internacionales, la reactivación de la invasión-destrucción de Siria y acelerará el peligro de enfrentamiento militar con Irán e incluso con China, pero sobre todo con Rusia, país al que EEUU pretende desmembrar y arrebatar su poderío energético-militar. Lo ha intentado por diferentes puntos de lo que fuera la Unión Soviética, entre otros Chechenia, Georgia, Osetia, Azerbaiyán y Ucrania, empujando a la OTAN hasta las mismas fronteras rusas, y acosándola también por el Báltico y el Mar Negro. El último toque en ese juego mortalmente peligroso es Bielorrusia, donde viene preparando una nueva “revolución de colores” con el inestimable apoyo, una vez más, de una UE empeñada en ser satélite gringo (véanse el ultimátum de Merkel y las penosas declaraciones del Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad Común, Josep Borrell, presto a correr donde EEUU le diga, como ya demostró -igual que el gobierno español- en su patético reconocimiento a Guaidó como presidente -“onírico”- de Venezuela, del que él mismo tuvo que admitir su inverosimilitud. Probablemente como premio a su servilismo es que ostenta hoy ese “alto” cargo).

En esa estrategia del hegemón tiene mucho que decir la paramilitarización de la guerra y la interposición de redes terroristas globales creadas ad hoc, “guerras de 4ª generación” en las que la construcción de mentiras y el control de conciencias, la provocación de estados de ánimo masivos, el previo bombardeo mediático satanizando al enemigo a batir, los levantamientos de población teledirigidos y el control de masas, los golpes de efecto, atentados de falsa bandera y golpes judiciales y de Estado, se combinan de forma mortífera.

En EEUU se elige entre lo horroroso y lo terrible, representado por lo que hasta ahora eran más o menos dos versiones diferentes de lo mismo, expresadas en un Bipartido que controla la “democracia” electoral desde la fundación del país. Pero por primera vez desde que éste se hiciera el primer poder mundial los intereses dominantes no llegan a un acuerdo y el ejército norteamericano no tiene cubierto su frente interno. La actual reactivación del conflicto racial es parte de la dislocación y enfrentamiento de sus clases dominantes, así como de su acentuada agresión contra la sociedad (en la que cada vez más gente, aun asalariada, queda en el desamparo, sin poder pagarse siquiera un alquiler de vivienda). Es de prever que resulte quien resulte elegido del Bipartido, la otra facción política no admita la derrota, como tampoco lo hará la otra parte de la sociedad en que ha quedado dividido el país. Esto implicará un todavía mayor grado de inestabilidad y deterioro sociopolítico que es proclive a desatar el enfrentamiento civil. Es por eso por lo que tampoco es de descartar que se termine dando un pacto entre las elites mediante una suerte de ‘gobierno de concertación nacional’ que enfrente el levantamiento popular y se prepare contra el retroceso estadounidense en el mundo.

De momento, y como manera de congelar el frente interno y de desparramar el daño en el externo, diversas fuentes de inteligencia mundial vienen advirtiendo de la posibilidad de que EEUU, junto con su brazo armado en Asia occidental (Israel), y puede que Emiratos Árabes Unidos, estén preparando un ataque de falsa bandera atribuido a Irán para desatar una ofensiva contra ese país antes de las elecciones presidenciales estadounidenses. Esperemos que la locura no llegue a tanto, aunque la sospechosa explosión del puerto de Beirut, sobre la que el propio Trump cometió el desliz de calificar de “atentado”, no augura nada bueno.

Hoy por hoy, la impunidad y desprecio de EEUU e Israel han dañado (quizás irremediablemente) la credibilidad de la ONU y demás instituciones globales. No parece imposible que pronto estalle una grave crisis en torno a la disfunción del Consejo de Seguridad y que se plantee la disyuntiva de que sufra la suerte de la Sociedad de Naciones. En todo caso, el sabotaje estadounidense de lo que resta de mecanismos multilaterales no dejará tampoco incólume a la mismísima OTAN.

Las crisis que estamos presenciando no son simplemente tiempos difíciles, ahora agravados por una pandemia de la que todavía nos queda por saber su extraño origen y terminar de sufrir sus terribles consecuencias, sino una indicación de movimientos tectónicos en el realineamiento de fuerzas a escala global, económicas y políticas, pero también militares. En todo ello hay así mismo una clara guerra social de las elites contra sus sociedades. Sólo si éstas se organizan y se dan amplias movilizaciones populares como las que ya había en cada vez más lugares antes del covid-19, y que es de esperar que no tarden en reactivarse, tendrán alguna posibilidad de hacer sentir su voz.

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