Messi se va

Lionel Messi durante un partido en agosto de 2019.
Lionel Messi durante un partido en agosto de 2019.JOSEP LAGO / AFP

 

En este año tan convulso que pasará a la historia como el peor de nuestro recuerdo (salvo para quienes conocieron la guerra o el hambre) están sucediendo cosas que en cualquier otro provocarían un terremoto de consecuencias impredecibles, pero que en este pasan a un segundo plano pronto o por lo menos no tienen la repercusión que habrían tenido en otro momento. Hablo de un rey que huye de su país como un forajido, de un presidente autonómico que lo hizo antes que él y que continúa dando que hablar mientras sus colaboradores siguen en prisión, de una portavoz política a la que cortan la cabeza sin explicaciones previas como en la guillotina francesa, del mejor futbolista de la historia que anuncia que se va del club que ha sido su casa desde pequeño con un burofax… Cualquier noticia de estas ocuparía el año informativo entero de un país y convulsionaría hasta sus cimientos, pero durante este no deja de ser una más, diluida entre las cifras de muertos y de contagios de la pandemia que nos acongoja.

Messi se va y la noticia apenas merece (como la del rey Juan Carlos I previamente) unos cuantos titulares en la prensa cuando hace un año sería portada durante días. Que el mejor futbolista de la historia abandone el club al que convirtió en el mejor de las últimas décadas gracias a sus goles y casi con seguridad el país al que dividió en dos, como sucede siempre en el fútbol y en casi todo, pese al reconocimiento general de su genialidad, no es un acontecimiento cualquiera ni afecta solo al mundo del deporte. Para quienes nos gusta el fútbol es una desgracia más a sumar a las muchas que se producen desde hace tiempo en este país y que acentúa la mayor de todas, que es la crisis sanitaria y económica que nos asola desde hace meses. La belleza y la emoción del espectáculo que Messi garantizaba en cada partido para los aficionados al fútbol de este país ahora la disfrutarán lejos de él los que tengan la suerte de recibirlo en uno de sus equipos.

Mis amigos madridistas piensan que yo soy seguidor del Barcelona cuando solamente lo era de ese jugador capaz de crear arte con un balón como otros lo hacen con los pinceles o con cualquier instrumento que sirva para convertir en belleza y magia la vulgaridad común. Uno ha conocido a varios, pero ninguno como este argentino pequeño, lacónico e inexpresivo fuera del campo de juego, pero expresivo y gigante dentro de él, que ha dominado el fútbol mundial durante dos décadas y que se va de su club por la puerta falsa entre la alegría indisimulada de quienes lo sufrieron en vez de disfrutarlo por su hooliganismo estúpido y la estupefacción de quienes vemos cómo se maltrata a un genio que tanta felicidad ha dado a los aficionados al fútbol por parte de unos dirigentes para los que el fútbol es un negocio o un ascensor al poder. Dicen que todavía hay alguna esperanza de que Messi reconsidere su decisión como ya hizo una vez con la selección de fútbol de Argentina después de una dura derrota y continúe jugando en el Barcelona, pero el daño ya está hecho. Como dijo el también argentino Julio Cortázar, cuando alguien dice que se va es que ya se ha ido, así que habrá que aprender a vivir sin Messi.

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