Con togas y a lo loco

Un magistrado vestido con la tradicional toga. EFE
Un magistrado vestido con la tradicional toga. EFE

 

Si yo fuera de Podemos, lo primero que se me ocurriría en estos tiempos es cometer un gran delito. En plan Dioni o Rodrigo Rato. Porque nunca me iban a pillar. Los laboratorios de intoxicación mediática, económica, borbónica, judicial y policial que rigen esta España, han invertido tan poco en I+D cerebral que van saltado de ridículo en ridículo, cual medieval ardilla que cruza España de árbol en árbol, y aun se creen que la fiscalía se afina como se afina una flauta: o sea, a mano. Yo no sé cuántos escándalos podemitas llevan nuestros jueces investigando desde que Pablo Iglesias echó pelo. Las faldas de nuestros togados están locas por él. Parece un beatle del 64 acosado por un griterío faldero. Yo no sé lo que vamos a tener que hacer los españoles. Nunca nos habíamos enfrentado a una crisis política de tales dimensiones, en la que tuviéramos que proteger a un vicepresidente de un histeria clitórico-uterina judicial.

Cuando en 1984 me doctoré en Politología en la universidad británica de Handsome, basé mi tesis en que la aceptación social de un político no tenía que ver con su apostura física, ni con su capacidad dialéctica, ni con su corte de pelo ni con ninguna otra cosa. O sea, que no tenía que ver con nada. En la política, como en el amor, nunca nadie sabrá por qué ha sido querido, por qué ha sido votado.

Pasados los años, llegado a viejo, alcancé la sabiduría y la desperdicié, y tras convertirme en un orate descubrí que lo importante es estudiar por qué odiamos. Por qué se odia tanto a ciertos políticos, a ciertos periodistas, a ciertos jueces, a ciertos cocaleros. Por qué un partido en apariencia limpio, con solo seis años de vida, lleva ya más de una decena de grandes escándalos mediático-judiciales a la espalda. Sin haber roto nunca un plato. Sin tener una sola sentencia en contra después de tanto ruido de radio y televisión y fango y cotilleo vociferante de patios y taxis.

Yo no soy nada de Podemos, a pesar de lo que diga mi dulce y sangrienta mamá, pero intento acusar de algo a estos chavales y no se me ocurre nada. He estudiado como periodista cada uno de los casos y no he visto nada. Los jueces han estudiado cada uno de estos casos y no han visto nada. Los grandes periodistas de investigación de las cloacas han estudiado cada uno de estos casos y no han visto nada. Para mí, Podemos se ha convertido en una gran decepción política para España. Es necesario que, de una vez, cometan un gran delito y demuestren al pueblo español, a los mercados y a nuestro entorno europeo que están preparados para gobernar.

Nuestros jueces, con su revoloteo de togas enamoradas a su alrededor, intentan normalizar a Podemos. Buscarle cuatro o cinco cosas para que, por fin, supere la adolescencia. Y se case.

Yo supongo que tarde o temprano se encontrará en Podemos corrupción. Seguro que ya la ha habido y que más habrá. Y seguro que yo estoy medio desinformado y no os puedo contar apenas nada.

Pero un gran golpe. Un gran desfalco. Una gran tarjeta black en lugar de una tarjetita de teléfono móvil, eso es lo que necesita el partido para ganarse el respeto de los españoles. Este simpático y próspero país arruinado tan amante de los intrépidos e inviolables corruptos.

PS: Para lo del gran delito, acepto ideas. Se van a volver locas por mí nuestros falderos togados.

https://blogs.publico.es/rosa-espinas

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