No le temen a Dios, oigan…

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ROMÁN REVUELTAS RETES

Detrás de cada prohibición hay un castigo. Una pena mayor o una multa de poca monta, según la transgresión perpetrada. En el horizonte se dibuja, de la misma manera, la temible figura del inquisidor, la de ese censor que no sólo estableció minuciosamente qué actos cometidos pudieren ser punibles, sino que determinó de inmediato las condenas que habían de merecer los desobedientes. Y, bueno, más allá del ánimo persecutorio de los fiscales de siempre, las leyes modernas deben tener previstas las correspondientes sanciones: sirven de elemento disuasorio para mitigar las embestidas de los individuos transgresores. Justamente, la impunidad debida a la catastrófica disfuncionalidad de nuestro aparato judicial nos ha llevado a vivir una realidad hecha de asesinatos, secuestros, extorsiones y fosas repletas de cadáveres.

Las grandes religiones profesadas en el planeta están sustentadas en el temor de Dios, o sea, en el miedo al castigo divino. En el catálogo de infracciones no figuran en exclusiva los delitos terrenales –matar y robar, antes que nada— sino que buena parte de sus admoniciones tienen que ver con impiedades como el sexo disfrutable (ese tema, el de los pecados de la carne, parece haberles metido mucho ruido a los autores de las consignas y modelos a seguir),la codicia, la ambición y otras cuestiones de carácter estrictamente moral.

Y, pues sí, es evidente que la moralidad tiene un papel decisivo en la edificación de la estructura del Estado (aunque sería mejor hablar de principios éticos en lugar de doctrinas morales) y justamente por ello es que se advierte siempre un elemento condenatorio detrás de las disposiciones para restringir, digamos, la maldad de los ciudadanos. Es, en el ámbito civil, el equivalente de las grandes sentencias que lanzan los religiosos para reprobar a los impíos, a los apóstatas y los infieles que se apartan de las doctrinas.

En fin, derivando estas reflexiones hacia la actualidad que estamos viviendo, la cuestión es que algunos de los pecadores que desafían las disposiciones de las autoridades sanitarias en plena epidemia afrontan el más definitivo e irreversible de los castigos: la muerte. Otros, sin embargo, se salen con la suya. Los jueces están muy desconcertados. Y, algo rabiosos, aparte.

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