Los masajes de Jeffrey Epstein

Jeffrey Epstein, un retrato del abuso sexual y el poder | El Comercio

Tras los abusos que sufrió a manos de Jeffrey Epstein y la absoluta negligencia con que la policía de Nueva York archivó su denuncia, Maria Farmer dejó de pintar. Tenía 25 años cuando en una exposición celebrada en 1995 ya había vendido sus tres únicos cuadros; entonces Eilenn Guggenheim la convenció para que deshiciera la venta con un cliente alemán, que había comprado la última pintura por 12.000 dólares, para que se lo vendiera a mitad de precio al multimillonario Jeffrey Epstein, quien iba a lanzar su carrera artística hasta la estratosfera. Un año después, lo único que sacó en claro Maria Farmer de aquella transacción fue un asco infinito, la torpeza -que nunca se perdonará- de haber dejado a su hermana Annie, menor de edad, en las garras de ese depredador, y la constatación de que la justicia funciona de un modo muy peculiar para los ricos.

La historia hubiera sido muy distinta si las autoridades pertinentes hubieran escuchado a las hermanas Farmer: cientos, quizá miles de violaciones podrían haberse evitado. Pero la patente de corso de Epstein -y de su mano derecha en la caza de víctimas, la resbaladiza Ghislaine Maxwell- venía inscrita en oro puro, un patrimonio que incluía una mansión de siete pisos en el centro de Manhattan valorada en 55 millones de dólares, un rancho en Nuevo México de 17 millones, otra casa de ensueño en Palm Beach, Florida, un piso de lujo en el centro de París, dos aviones privados y una isla caribeña de su propiedad, Little St. James, que se convirtió en un infierno para adolescentes y en el centro de una exclusiva red de tráfico de menores.

Scott Fitzgerald, que los conocía de primera mano, dijo que la principal diferencia entre los ricos y los pobres era que los ricos tenían más dinero y los pobres más hijos, pero se le pasó por alto mencionar las diferencias entre los ricos y los asquerosamente ricos. Ese es precisamente el subtítulo del devastador documental de Lisa Bryant con el que Netflix ha retratado la vergüenza y el descrédito del sistema judicial estadounidense, el modo en que, durante décadas, la fiscalía, la policía, el FBI, periodistas, abogados, financieros y políticos colaboraron para salvar el culo a un pederasta y ocultar una inmunda trama de violaciones y abusos a menores que involucraba a miembros de la casa real británica, a incontables millonarios, a un ex presidente y a un futuro presidente de los Estados Unidos. Hay docenas de fotos, registros y testimonios que vinculan a Jeffrey Epstein con el príncipe Andrew, Bill Clinton y Donald Trump, lo que deja claro que la mierda ya no podía subir más alto.

También hay héroes en esta historia: un jefe de policía que no podía creer cómo el fiscal jefe de Florida pasaba página, una periodista neoyorquina que vio cómo su editor se echaba atrás a la primera de cambio, un detective que se jugó la vida husmeando entre la basura del magnate, una investigadora del FBI que se echó a llorar cuando el caso se vino abajo, un abogado que no tiró la toalla en ningún momento. Pero, sobre todo, está la voz y el rostro de las víctimas, Virginia Giuffre, Chauntae Davis, Courtney Wild, Sarah Ransome y docenas y docenas de mujeres que sólo eran niñas cuando cayeron en manos de Epstein y cuyas vidas fueron minuciosamente destrozadas sólo para que ese monstruo psicópata y sus amigos millonarios pasaran un rato de diversión. Giuffre terminó en Queensland, Australia, lo más lejos que pudo huir de las amenazas del multimillonario, mientras Ransome se refugió en Cataluña, después de intentar huir a nado entre tiburones de la isla de Little St. James.

La moraleja de esta historia es que el dinero lo compra todo, las alabanzas de la prensa, el calor de los políticos, el favor del fiscal general del estado, Alex Acosta, que ascendió al cargo de Secretario de Empleo con Trump y que tuvo que dimitir tras la escandalosa reapertura del caso Epstein en julio de 2019. Acosta negoció un trato bajo cuerda con Epstein, sin conocimiento de las víctimas ni de sus abogados, en que una acusación por numerosos cargos de delitos de pederastia, violación y tráfico de menores quedó reducida a una condena de 13 meses en una prisión de chiste de la que podía salir 12 horas al día. De no ser por el Metoo y el maremoto de indignación mundial a que dio lugar, Epstein seguirá dedicado a sus masajes con menores y a sus masajes con políticos, abogados, potentados y príncipes de la realeza.

Al poco de que el juez Richard Berman decretara prisión sin fianza para Epstein, el multimillonario apareció misteriosamente muerto en su celda y la autopsia aseguró que se había suicidado rompiéndose el cuello con una sábana atada a una litera. Entonces el hermano de Epstein encargó a un experto forense un estudio alternativo de la autopsia y el especialista declaró que jamás en toda su larga carrera había visto un caso de suicido más extraño, con el hueso hioides roto por tres sitios. La cantidad de material incautado por la policía en la mansión de Epstein en Nueva York, con miles de fotos y películas comprometedoras, es otro de esos agujeros negros de la historia estadounidense de los que, como el asesinato de JFK, jamás sabremos nada.

Dos días antes de su espectacular mutis, mediante una astuta maniobra legal, Epstein puso a salvo su fortuna de más de 500 millones de dólares en un fideicomiso de las Islas Vírgenes, una ironía onomástica que es el colmo del cinismo. De este modo, sus víctimas se quedaron no sólo sin compensación económica sino también sin el derecho a un juicio justo. Al menos Maria Farmer volvió a pintar y, antes de iniciar una serie de retratos de sus compañeras de infortunio, plasmó una especie de diagrama infernal de las conexiones de Epstein que parece una versión naif del Bosco. Esta misma semana el FBI detuvo a Ghislaine Maxwell, cómplice y colaboradora de Jeffrey Epstein en su aterradora telaraña de abusos pedófilos. Teniendo en cuenta sus relaciones con el Duque de York, Bill Clinton, Donald Trump, el ex primer ministro israelí Ehud Barak, el multimillonario Lex Werner y Alan Dershowitz, principal abogado de Epstein, acusado también de violación, muchos dicen que va a suicidarse y otros que la van a suicidar. Se admiten apuestas.

https://blogs.publico.es/davidtorres

Deja un comentario