Las ciudades del covid

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HÉCTOR ZAMARRÓN

Las epidemias han transformado ciudades. Ha ocurrido antes y no tendría por qué no suceder de nuevo. El diseño urbano y la arquitectura tuvieron que responder a las crisis que representaron la peste, la tuberculosis y la influenza con nuevas formas de organización social, tal y como ahora está ocurriendo por el covid.

El gran confinamiento que implica la propagación del SARS-CoV-2, el teletrabajo, la sana distancia, el temor al transporte público, la reducción o cierre de espacios públicos, la limitante de ocupación de iglesias, cines, restaurantes y gimnasios son efectos obligados para lidiar con la pandemia. Algunos de ellos serán temporales, otros llegaron para quedarse.

En el mundo entero se asiste a un experimento social de dimensiones colosales. La vida normal se encuentra suspendida mientras observamos la lucha por encontrar vacunas, antivirales o tratamientos terapéuticos que permitan lidiar con el nuevo coronavirus.

Las tensiones económicas y la desigualdad afloran en la mortalidad con que la pandemia cobra víctimas. Los caídos son, más que todo, las poblaciones que sufren mayor marginación, pobreza, falta de educación y hacinamiento; aquellos que se encargan de las labores esenciales y que suelen compartir origen: latinos, negros y migrantes.

Las escuelas y sus comunidades se cuestionan cómo volver a clases sin que la epidemia esté controlada. Cómo lograr que los niños porten cubrebocas todo el tiempo y guarden la distancia recomendada. Cómo impedir que en el preescolar las educadoras consuelen con abrazos y besos a los pequeños. Cómo hará una maestra de bachillerato para impartir clase a 200 alumnos distintos todos los días.

En nuestras avenidas surgen ciclovías emergentes para ayudar a que el transporte público vaya más ligero, pero no se discute cómo apoyar o subsidiar ese transporte público para que no termine por quebrar. En el extremo opuesto, hay quienes proponen o desean hacer todo desde el automóvil: desde las compras y el entretenimiento hasta el acudir a misa.

Resurge la discusión sobre la importancia del consumo local, de la economía circular, incluso de la agricultura urbana. La ciudad de los 15 minutos. Un nuevo transporte público, calles y avenidas con más espacio para caminar y trasladarse en bicicleta, escuelas con salones ventilados o incluso al aire libre, teatros, cines, bares, antros, edificios públicos habilitados para convivir y trabajar de otra manera.

Sana distancia social, restaurantes con más terrazas que mesas interiores. Bares de azotea, roof gardens, la quinta fachada que le llaman a esa que mira al cielo y hoy se ha vuelto la más cotizada.

Pero los productos de la desigualdad seguirán ahí mientras no haya una transformación de la ética pública. Ahí estarán —porque nunca se fueron— las personas en situación de calle, los migrantes que todos los días llegan en busca de trabajo y oportunidades, los desempleados. Los servicios públicos siempre insuficientes, el abuso de los desarrolladores preocupados por maximizar las ganancias. Los demasiados autos. Nuestras ciudades de siempre, pero con nuevos retos.

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