La espada vengadora

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LA OTRA CALLE — Es la misma rabia que siento cuando sigo viendo pasar a la gente sin mascarillas riéndose de aquellos que la llevan por respeto a la ley y respeto a los demás, y si les llamas la atención encima te insultan o te pegan empujones o te dan una paliza en el suelo cuando tú sólo has pedido sentido común; cuando sólo has querido pedir solidaridad porque tienes miedo a la epidemia, porque has visto morir a la buena gente, a tu mujer o a tu mejor amigo por su culpa.

Lo dice Brad Pitt en el plano final de Mátalos suavemente de Andrew Dominik: “Estados Unidos no es un país, es un negocio” y mientras lo dice se ve en la pantalla a Obama dando un discurso sobre la comunidad. “Somos una comunidad, un país… etc., etc.”. Buenas noticias en aquellos años llenos de malas noticias y malas vibraciones. El rostro de Obama, era una ráfaga de luz entre tanta oscuridad como la que se cierne hoy sobre nuestras cabezas de la mano de Donald Trump. El mundo se derrumba y yo estoy viendo una película llena de tiros, de sangre, de sesos desparramados, de vómitos y palabrotas y de mujeres que vuelan espada en mano. Mi nieta mayor me pasa un mensaje desde Brasil: mujeres indígenas de la Amazonía pidiendo soluciones a los desmanes de Bolsonaro. Yo sigo sentada pensando a quién matar simbólicamente, claro. Casi todos mis crímenes son simbólicos, lo que al fin y al cabo es lo mismo que matar.

Pienso en los osos navegando en solitario sobre una delgada capa, hundiéndose en ese frío del norte de todos los países que se hunden con él. Pienso en mi padre, en su agonía de demente cuando el mar se le metía en la cabeza y pienso en los peces que nos llegan a la orilla dando sus últimas bocanadas. Y deseo matar a alguien. Pienso en esa niña violada y enferma por culpa de un pariente o esa otra abandonada en el arcén de una carretera por el novio de la madre, y deseo matar a alguien. Pienso en los que mueren de sed o de hambre o de torturas o de un machetazo en plena selva por oponerse a la deforestación de sus territorios, y deseo matar a alguien. La lista de crímenes que cometo diariamente es interminable. Cada vez que veo un telediario; cada vez que escucho las noticias de la radio; cada vez que salgo a la calle y veo el comportamiento insolidario y desafiante de mucha gente que se niega a comportarse de manera generosa para evitar el dolor ajeno, deseo matar a alguien.

Es una confesión muy dura y sé que no puedo ser perdonada. Me imagino encadenada a una pared dando alaridos de rabia y gritando sin tino que soy una asesina. Que no tengo remedio. Que Dios me perdone. Hace muy poco, en unas declaraciones a la prensa, citaba la espada que llevo colgada a mi espalda. Hablaba de ella al hacerme la periodista una pregunta clara y concisa sobre qué opinaba de los que escriben en las paredes de su ciudad “maricones” después de la celebración de las fiestas que llevaban la palabra “love” escrita en una bandera multicolor. Sacaría mi espada, contestaba yo muy seria. Me liaría a dar con ella a todos esos ignorantes, irracionales y dogmáticos que se creen poseedores de la verdad absoluta y piensan que todo lo que se salga de sus cánones está mal o es anormal o es inútil. No voy a ponerme ahora a debatir sobre un asunto tan serio que merece más de tres renglones. Sólo intento poner ejemplos de la rabia que me supera cuando llego a las calles y oigo comentarios homófobos, veo sonrisas de desprecio cuando pasa un transexual o un grupo de lesbianas que van felices a celebrar el congreso que se celebra estos días en la isla en la que vivo. Es la misma rabia que siento cuando sigo viendo pasar a la gente sin mascarillas riéndose de aquellos que la llevan por respeto a la ley y respeto a los demás, y si les llamas la atención encima te insultan o te pegan empujones o te dan una paliza en el suelo cuando tú sólo has pedido sentido común; cuando sólo has querido pedir solidaridad porque tienes miedo a la epidemia, porque has visto morir a la buena gente, a tu mujer o a tu mejor amigo por su culpa.

Y es entonces cuando me reconozco en esa mujer extraviada de dolor dispuesta a salir a la calle sin armadura, espada en mano, como Yuki Kashima (Lady Snowblood) la asesina y vengadora que lucha contra los bandidos que violaron a su madre y mataron a su padrastro, inspiración para Quentin Tarantino y su película Kill Bill, sobre todo en el desarrollo del personaje interpretado por Lucy Liu (O-Ren Ishii), quien también agregó a su cinta la canción The Flower of Carnage interpretada por Meiko Kaji, protagonista de Shurayukihime, Lady Snowblood. Sí. Estoy bien informada. La he visto muchas veces, por eso les doy tantos datos, para que sepan que en ella me reconozco y como ella me gustaría manejar esa espada vengadora y, llegado ese día, no se sorprendan cuando sepan lo que estoy haciendo. Mientras tanto, sentada en esta silla frente al ordenador, cargada de rabia y de remordimientos al saberme tan malvada y rencorosa, sólo pido a Dios que me dé fuerzas para poder levantarla el día que me decida a ser yo misma y pueda utilizarla. Por el momento, me consuelo pensando en esa otra, moral e inofensiva que llevo siempre en mi corazón y me empuja a decir tan sólo lo que siento. Algo es algo.

Elsa López

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