¿De qué hablamos cuando hablamos de López Obrador?

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JORGE ZEPEDA PATTERSON

Y pese a esta sobreexposición, el Presidente es un misterio, aun cuando todos creamos que le hemos tomado la medida. Y esto es así porque la concepción que la mayoría tenemos de él se alimenta de las estampas y los clichés a través de los cuales hemos acuñado eso que llamamos AMLO. Populista, trasnochado, provinciano, anacrónico, ignorante, caprichoso, vengativo, belicoso, una amenaza para México, según sus detractores; luchador infatigable, sabio, justo, incorruptible, conocedor profundo del alma mexicana, líder espiritual, según sus seguidores.

Para nuestra desgracia es todo lo anterior de manera fragmentaria, lo cual lo convierte en un hombre en cierta forma indefinible. Un haz de contradicciones, una suma de ambigüedades expresadas siempre de manera categórica. Tenemos, pues, una verdadera paradoja en Palacio Nacional: es profundamente desconfiado de la iniciativa privada y un estatista convencido, pero está dedicado a adelgazar al Estado; un nacionalista a ultranza genuinamente convertido en amigo de Trump, el denostador de los mexicanos; un hombre progresista arraigado en el pasado; un luchador social que rechaza cualquier camino que no sea la democracia, empeñado en debilitar a los órganos democráticos; un fiero opositor de los neoliberales pero en materia de finanzas públicas más ortodoxo que los neoliberales; un permanente rijoso que pregona abrazos en lugar de balazos; un hombre inflexible en sus ideas que repudia todo acto de represión; un intransigente que nunca pierde la paciencia; un amante de la naturaleza obsesionado con las energías más contaminantes.

Frente a esta compilación de contradicciones, los mexicanos hemos creado un López Obrador en nuestra cabeza a modo y forma de nuestra concepción del mundo o de nuestros intereses. Y cada cual hemos podido encontrar en la realidad los fragmentos que mejor acomodan a nuestra visión. El problema es que en cuanto intentamos ampliar nuestra perspectiva e incluir otros fragmentos, si es que deseamos ser honestos, nuestro esquema se hace trizas.

No, no es Chávez ni Maduro por más que intenten convencernos quienes lo repudian y desearían que AMLO inflara la burocracia, propiciara el endeudamiento o incurriera en una narrativa antiimperialista para justificar la estampita que han creado, pero no es así. Tampoco es un hombre de izquierda, pese a lo que hubiéramos querido los críticos del antiguo régimen, como queda demostrado, entre otras cosas, por su desdén a la agenda feminista o a la ambientalista y por el extraño apego a Trump (que, todo indica, va más allá de una actitud pragmática).

López Obrador es lo que es. Un hombre que pone en juego sus virtudes y defectos para cumplir lo que concibe como un mandato histórico: encabezar las reivindicaciones del México sumergido, acabar con la corrupción de los de arriba y propiciar el bienestar de los ignorados y oprimidos. Una noción que puede sonar anacrónica y simplista en los barrios acomodados y en los centros financieros de Paseo de la Reforma, pero urgente y obvia en la sierra de Oaxaca o la línea 5 del Metro en la Ciudad de México.

AMLO es tan complejo y variopinto como el pueblo ignorado y oprimido a nombre del cual gobierna. Porque si nosotros hemos hecho una construcción de López Obrador, él también lo ha hecho de lo que llama “pueblo”, una entidad a la que él que representa y en la cual se funde porque él “ya no se pertenece”.

Y de estas dos ambigüedades está hecho el sexenio o las percepciones del sexenio. El AMLO acartonado y parcializado que los mexicanos hemos construido y el pueblo infalible, sabio y admirable que solo existe en su cabeza. Su idea cosificada de pueblo se ha mantenido a pesar de las golpes de realidad que el Presidente ha querido ignorar: los abucheos populares cuando los ha habido, las matanzas entre indígenas, los linchamientos absurdos y salvajes, los bloqueos de vías y los saqueos de almacenes, el fracaso de sus exhortos para no entregarse al crimen organizado, el desdén a sus abrazos no balazos, la persistencia de la corrupción también entre los de abajo pese a sus reiterados anuncios de que esto ya había cambiado.

Y con todo, frente a los mandatarios anteriores que decían gobernar para todos los mexicanos y en realidad lo hacían para los suyos, ya de por sí privilegiados, prefiero un Presidente que gobierna para los empobrecidos, idealizados o no. A tirones y jalones, entre exabruptos y provocaciones, plagado de negros en el arroz y embates innecesarios y desgastantes por el estilo presidencial, lo cierto es que está en marcha un proceso de cambio real. Podría ser mejor, de otra manera o más amplio, pero es el que hay y difícilmente habrá otro distinto, porque está hecho a la imagen de este hombre fragmentado, tozudo y contradictorio. Y sin embargo, allí está: el combate a la corrupción es real, el gasto suntuario y privilegiado de la clase política está desapareciendo, la evasión fiscal de los poderosos se acota por vez primera, la transferencia real a los sectores oprimidos está en proceso, la atención al sureste abandonado que no existía, la transparencia y la rendición de cuentas desconocidas para Peña Nieto, el extinguido chayote destinado a la prensa, la infraestructura de salud que pese a recibirla desmantelada ha resistido una pandemia.

Más allá de los clichés reduccionistas que intentan hacerse una idea de un López Obrador inaprensible, el Presidente opera un cambio de régimen más para bien que para mal, a veces a pesar de sí mismo o de la idea de sí mismo que los mexicanos hemos construido.

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