Que se muera quien deba morirse

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SANTIAGO FOURCADE

“Que se muera quien deba morirse. Ni modo ¿o qué hacemos? No podemos seguir más tiempo encerrados”, razonamiento que pongo entre comillas porque hace un par de meses me hubiesen tachado de loco, pero ahora estoy muy seguro que la mayoría está de acuerdo conmigo.

A casi tres meses de un encierro que fue consensuado por la mayoría del planeta, la lógica de quedarnos en casa para preservar nuestra salud ya quedó atrás. Y ojo, porque esta vez no me refiero a la negligencia típica del latinoamericano y sí a una necesidad de subsistencia que nos obliga a seguir adelante.

¿Cómo hago para no ir a trabajar? ¿Cómo hacen las empresas para sobrevivir sin ingresos y con una cadena de abastecimientos y logística deficiente? La respuesta es: no se puede.

O recuerda los inicios de la cuarentena que en sus primeros momentos nos tenía maravillados porque creíamos que anticipamos al apocalipsis y habíamos descifrado sus causalidades. Pero, ¡oh sorpresa! Meses después y ya agotados por una pandemia que modificó hasta nuestras relaciones interpersonales, vemos que estamos todos en la calle a pesar de estar en “alerta roja” de contagios. ¿Cómo explicar lo que nos estamos haciendo?

Hoy, y aprendiendo mientras caminamos este nuevo escenario, me queda claro que se decidieron medidas con una improvisación que nos tiene pasmados como nación. El país que fue elogiado antes, ahora llora miles de muertos; el que fue más criticado avanza, aunque sus calles huelan a estallido social. Entonces, ¿cuál es la receta más eficaz para enfrentar a un futuro covid-II?

Pregunta que me desvela porque no tenemos ni la mínima idea sobre cómo enfrentar este tipo de pandemias. Y por eso, con nuestra chamba por delante, nuestros hijos y tener que subsistir, es muy evidente que todo el problema se redujo a una variable tan darwinista como desagradable: “Intentaré cuidarme, pero debemos avanzar. Que se muera quien tenga que morirse”. 

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