Príncipes y princesas

Ennio Morricone y John Williams.
Ennio Morricone y John Williams.

No puede haber dos músicos más diferentes. Ennio Morricone y John Williams. Se parecen lo que un huevo a una castaña.  El arrapiezo de la calle y el aristócrata de la Escuela North Hollywood para superdotados. Donde por cierto, también estudió Eduardo Punset.

Morricone es hijo de un trompetista de garito, del barrio más golfo de Roma: el Trastevere. Con decir que allí está Regina Coeli, la prisión más antigua de la Ciudad Eterna, está dicho todo. Cuando el padre enfermaba, a Ennio le tocaba coger la trompeta y suplirle en los tugurios romanos. Si no, la familia no comía. Y eran seis en casa: los padres, más Ennio y sus tres hermanas.

Williams en cambio era hijo de un percusionista acomodado. Tocaba en el mítico quinteto de jazz de Raymond Scott. John no tuvo que hacer la calle. En casa había pasta suficiente. No solo para comer todos los días, sino para pagarle clases particulares con Castelnuovo–Tedesco en Los Ángeles o para que completara su formación musical a la prestigiosa Escuela Juilliard de Nueva York.

Sus distintas procedencias explican de algún modo el estilo de sus músicas. Como chico de la calle, Morricone se caracterizó desde el principio por introducir sonidos de la vida cotidiana en sus arreglos: una máquina de escribir, una lata de conservas… Él decía que era para dar una pincelada de realidad a las canciones que orquestaba. Con ellas consiguió sus primeros éxitos en la música: Sapore di sale, de Gino Paoli, por ejemplo, no sería lo mismo sin el bajo ostinato y las disonancias de piano de la intro. Fue tan rompedor que aún hoy sigue pareciendo moderno.

Williams en cambio siempre quiso ser un compositor clásico europeo. Sus referencias no son los garitos romanos sino las partituras de Korngold, Holst o Wagner.

Lo más gracioso es que como en el fondo ambos son dos almas refinadas, la vida ha ido recortando las distancias que les separaban. Ya no son el noble y el proletario. Ambos son dos príncipes de la música. O dos Princesas de Asturias, como prefieran.

Sin Sergio Leone, excompañero de colegio, tal vez Morricone no hubiera triunfado en el cine. Lo contrario también es cierto: el cincuenta por ciento de cualquier película de Leone es la banda sonora de su amigo. Hasta el punto de que Morricone trabajaba al revés. Williams, por ejemplo, primero esperaba a que Spielberg acabase E.T. y luego ponía la música. Director y compositor iban revisando después escena por escena, para ver si metían algo o no. En Tiburón, por ejemplo, decidieron que siempre que se acercase el escualo, tenía que sonar el famoso bajo ostinato de dos notas. Acostumbraron al espectador a que la música le avisara de cuándo venía el bicho. En la escena en que de repente sale del agua y casi le come el brazo a Roy Scheider, la gente no se lo espera. ¡Qué cabrones! – pensamos todos–. ¡Aquí no han puesto música!

Eso también es un arte. Un genio también debe saber cuándo callar.

A Leone le recomendaron a Morricone porque era un arreglista exitoso. No por el cine. Se trataba de poner música a Por un puñado de dólares. Leone se vio un par de western que ya había musicado Morricone y los detestó cordialmente. Luego escuchó los arreglos que había hecho su amigo de la canción Pastures of Plenty y se cayó de culo. ¡Aquellas repetitivas corcheas de la guitarra española! ¡Aquel silbido tan molón! Leone estaba exultante.

–¡Esto es lo que quiero! – exclamó.

Ennio se hizo un autoplagio y nació el mito Morricone.

A Williams también le han acusado muchas veces. De plagio y autoplagio. Que si el motivo de las fanfarrias de Star Wars es, retocado, el mismo que empleó para la melodía principal de E.T.  Que si el tema de amor de Supermán lo robó de un poema sinfónico de Richard Strauss. El caso es que te pones a escucharlo, y por fuera parece lo mismo. Pero escarbas un poco y no lo es. Williams siempre desarrolla sus temas de una forma enteramente original, que es la que define  su estilo inimitable. Aunque el punto de partida sean los clásicos, él se las arregla siempre para que Tchaikovsky, por ejemplo, siga siendo Williams. En eso consisten las metáforas ¿no? En que A se transforme en B sin dejar de ser del todo A. Y Williams es un poeta musical.

¿Que ambos roban? Pues claro. Ya saben lo que decía Stravinsky. El artista mediocre, copia. El genio, roba.

Ennio, John, por favor: seguid robando. Al menos durante otros noventa años más.

MÁXIMO PRADERA

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