Las personas rotas lloran en cafés de chinos

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SUSANA IGLESIAS

La soledad de las calles me recuerda una lámpara de aceite, 5 de mayo siempre fue más solitaria que Madero, llueve, un paseo nocturno para registrar los negocios que quedan aquí, el que hace esquina con Eje Central no quebrará. Cada vez más cortinas abajo, no sé si volverán a abrir. Todos adoptaron la modalidad “para llevar”, la situación ha mermado las ventas de esta calle, sobrevive el magnífico café La Blanca con la historia de la barra más grande de la ciudad, comida española y mexicana de enorme calidad, limpieza, amabilidad, precios justos, atención que jamás ha decaído, son una gran familia que espero sobreviva a este rompimiento con el mundo que conocimos. Dos sitios 24 horas han calmado durante varias décadas el hambre de los devotos de la noche: La Pagoda y El Popular, se rumora que el último, ubicado en el número 52 de la calle 5 de mayo, está al borde del colapso.En El Popular, fundado en 1948 por Luis Eing, puedes tomar chocolate oaxaqueño y comerte una enorme tampiqueña. Casi todos los negocios han tenido que incorporarse a las aplicaciones debido a la crisis, no debemos permitir que se extingan. Los chinos en México después de trabajar lavanderías se dedicaron a compartir con nosotros su gastronomía fundando los famosos “cafés de chinos” en los años 20; el té es la bebida base del oriente, incorporaron en México, de forma inteligente el café en sus menús, cocinaron la jícama con salsa agridulce, nosotros la comíamos cruda, nos mostaron su destreza en fideos y sopas calientes, no soy la única que se ha sentado en cualquier café de chinos para atestiguar la destreza con la que las meseras vierten el concentrado de café en un vaso de vidrio grueso, después la jarra metálica con leche caliente cae provocando una marea salvaje de espuma que nunca se derrama, en estos sitios puedes pedir enchiladas o un chop suey. Los panes en sus aparadores nunca faltan, qué sabor tan fuerte, te queda la boca llena de migajas y mantequilla, bisquets, besos, moños de piña que fusionan oriente con occidente, conchas de chocolate y vainilla, chocolatines, orejas, esponjosos panqués.

Nunca olvidaré el café de chinos que desapareció cuando fundaron ese Burger King en Madero, ahí terminé con alguien, al salir caminé hasta la Plaza Tolsá llorando, esta noche haré lo mismo, murió la niña que ya no tiene dónde esconderse, lloro por una vieja cicatriz abierta de ternura y lejanía, ¿sabías que las personas consideradas rotas también saben amar? Ahora sé quiénes no somos, ni seremos, la noche cerrará nuestros recuerdos para siempre, eres un dato falso en mi memoria, una bala en mi espalda, calle vacía, tristeza, aquellas luces encendidas en las ventanas de los edificios me recuerdan que alguien intenta alumbrarse. Me gustaría sentarme en un café de chinos a terminar aquella olvidada carta, gracias a estos lugares la ciudad no se desquicia del todo, la novela de amor que escribo tendré que inventarla, sin ti.

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