El arte de mentir por el bien del pueblo

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ALFREDO C. VILLEDA

No pocas obras nacen como opúsculos, es decir, “obritas”. Una legendaria es El Príncipe, que se editó como tal en Roma por vez primera en 1532, cinco años después de la muerte de Maquiavelo, quien, hay que recordar con Bacon, se limita a describir ahí lo que los hombres hacen realmente, lo que son, antes que lo que debieran ser, y por eso puede sostener que nunca obran el bien si no es por necesidad.

La traducción francesa de un opúsculo, datado en 1733, apareció en Ámsterdam firmado por el escritor Jonathan Swift, titulado Arte de la mentira política, consistente esa habilidad en hacer creer al pueblo “falsedades saludables” con vistas a un buen fin, por su bien, para lo que debe cumplirse con una regla de oro, la verosimilitud, que, digo yo, después tanto beneficio le dio a expresiones artísticas, como el cine de ficción.

Aunque en una publicación postrera Swift adjudicó la autoría de este opúsculo a un amigo suyo, John Arbuthnot, ha prevalecido la pertenencia al prosista irlandés acaso por la fama y la obra literaria que lo distinguen ante la hoja curricular del médico escocés, aunque quizá también porque compartían ideas políticas como miembros del exclusivo club Scriblerus, si atendemos el apunte de Jean-Jacques Cortine.

Swift no desaprovecha líneas y reparte alfilerazos. A los jefes de partido les previene de no creerse demasiado sus propias mentiras y a los periodistas los llama “folletinistas y gacetilleros”, “burdos”, sin talento ni ingenio para inventar, violando la regla de jamás exagerar so pena de ser inverosímil, porque el engaño, evalúa, se calcula, se sopesa, se destila y se dosifica.

No puedo pasar, así, dos citas que gozan de total vigencia. “Hay una cosa esencial que distingue a la mentira política: ha de ser efímera; le resulta imprescindible para poder ajustarse a las circunstancias, para avalar las dos partes en disputa, para adecuarse a todas las personas que ha de deslumbrar”. Y otra incontrovertiblemente actual: “Considerando la natural propensión del hombre a mentir y de las muchedumbres a creer, confieso no saber cómo lidiar con esa máxima tan mentada que asegura que la verdad acaba imponiéndose”.

Vaya lecciones tan remotas y tan vigentes.

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