Aimé Césaire y la negritud

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ALFREDO C. VILLEDA

Hace ochenta y cinco años un poeta martiniqués fundó en París un movimiento que representaba su pasado. Debatiéndose entre las palabras propias para citarlo, noir y nègre, acaba cediendo a la inconformidad de sus compañeros de viaje y llama L’Étudiant Noir a la revista que respaldará sus proclamas, pero “negritud” a ese sistema de valores común a todas las civilizaciones que tuvieron su origen histórico en el África negra.

Aimé Césaire así lo expone: “Partiendo de la conciencia de ser negro, lo que implica asumir su destino, su historia y su cultura, la negritud es el mero reconocimiento de ese hecho y no comporta ningún racismo, ni renegar de Europa, ni exclusiva alguna, sino por el contrario, una fraternidad con todos los hombres”.

La elección de la palabra negritud tiene que ver con la acepción, pues si bien noir designa el color negro en francés, lo que incluye la raza, nègre lleva implicaciones peyorativas que Césaire quiso exorcisar. Aun en la expresión “negro literario”, es decir, escritor fantasma o ghost writer, la lengua de Molière acude a la fecha al adjetivo nègre, tan vituperado por la corrección política.

Corrección política y prejuicios. En inglés hoy todos enarbolan el lema Black Lives Matter, ya una marca y eslogan de lucha, a partir de una palabra, black, que como en francés designa un color y una raza, pero que también cuenta con un adjetivo peyorativo, nigger. Hasta que llegamos al español y entonces nos hacemos un lío con el cuidado de las formas, que van de la tontería de llamar a los negros “de color” hasta la delicadeza de tildarlos de “afroamericanos”, fórmula tan mencionada en nuestro suelo cuando Vicente Fox salió con que los mexicanos van a Estados Unidos a hacer el trabajo que ni los negros quieren. Y se le armó.

Luis López Álvarez, traductor y amigo de Césaire, ha escrito que al asumir el poeta y sus amigos todo un patrimonio cultural y una solidaridad de destino, reivindicaban desafiantes la negritud, utilizando un sustantivo derivado del insultante calificativo nègre. Al final el movimiento y la poesía del de Martinica sacudieron el corazón del surrealismo y de su padre, André Breton, quien vio en el libro Cuaderno de un retorno al país natal “el mayor monumento lírico” de su tiempo.

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