Yo hice la mili con Debra Winger

Yo hice la mili con Debra Winger

Un célebre documental de Rosanna Arquette se cuestiona por qué escasean tanto los buenos papeles para las actrices de edad madura, o mejor dicho, por qué Hollywood consiste en una factoría de embutidos femeninos donde las jóvenes estrellas que triunfan tienen que hacer malabarismos cosméticos y quirúrgicos para mantenerse en la brecha. Hay entrevistas a Holly Hunter, Laura Dern, Frances McDormand, Melanie Griffith, Sharon Stone, Robin Wright, Daryl Hannah, Jane Fonda y a su hermana Patricia Arquette, entre muchas otras, pero lo tituló Buscando a Debra Winger porque Winger abandonó el cine de repente, en 1995, en la cumbre de su carrera, poco después de protagonizar junto a Anthony Hopkins, Tierras de penumbra, de Richard Attenborough, una de las mejores películas de la década, un drama terrible y poderoso que de inmediato alcanzó la categoría de clásico.

En realidad, todas las preguntas que se hace Arquette en el documental son correctas, como también lo son las respuestas; casi todas giran en torno a la conjetura de que el público no desea ver envejecer a sus actrices favoritas en la pantalla y a la evidencia de que apenas se escriben papeles interesantes para ellas. Algunas, como Nicole Kidman o Renee Zellweger, se resignan a pasar por el quirófano para intentar mantener el hechizo de la juventud con resultados cuando menos cuestionables: unas veces se quedan sin capacidad de gesticular y otras veces terminan por convertirse en perfectas desconocidas. Un caso límite fue el de Jennifer Gray, que triunfó en todo el mundo con Dirty Dancing, se operó la nariz para corregir una desviación del tabique nasal y se convirtió en la mujer invisible.

Debra Winger, en cambio, se retiró del cine en plena gloria, poco después de cumplir los cuarenta, en una decisión que la emparenta con Greta Garbo, la más ilustre bartleby del séptimo arte. Harta de guiones descafeinados y de sus encontronazos con la prensa, también tenía algo de Bette Davis, la legendaria dama de Hollywood que obtuvo un inesperado segundo aliento en su carrera con su papel de anciana enloquecida en ¿Qué fue de Baby Jane?, junto a otra vieja gloria, Joan Crawford. Davis llegó a declarar que en Debra Winger veía un aire de familia. Una vez dijo que nunca había tenido que acostarse con nadie para salir en una película, aunque lo hubiera hecho con gusto con tal de que la borraran de alguna otra. Mantuvo peloteras sonadas con estrellas de la talla de Shirley MacLaine, John Malkovich o Robert Redford, que fue su novio durante un tiempo hasta que ella lo reemplazó por Timothy Hutton, con quien se casó y tuvo un hijo. Probablemente, algo de ese carácter combativo le venía de su servicio militar en Israel, donde coincidió en un kibbutz con un amigo mío, editor y coronel del ejército israelí, a quien le comenté que tenía el título perfecto para sus memorias: Yo hice la mili con Debra Winger.

El pasado sábado cumplió 65 años, un cuarto de siglo retirada de las grandes producciones salvo algunas apariciones esporádicas en un puñado de películas y en alguna teleserie. Una verdadera lástima porque vete a saber las películas que pudo haber protagonizado en ese hiato de silencio una mujer a quien Pauline Kael colocó en el olimpo de las grandes actrices en activo, al lado de Diane Keaton, Anjelica Huston y Jessica Lange. En mi recuerdo, aparte de Tierras de penumbra, estará para siempre su presencia formidable en una minusvalorada obra maestra, El sendero de la traición, de Costa-Gravas, donde interpreta a una agente del FBI infiltrada en una célula neonazi en la que lleva demasiado lejos su papel de esposa enamorada ante un inquietante Tom Berenger. La película es premonitoria, pero hoy, en vez de matar al presidente de los Estados Unidos, el Ku Klux Klan ha visto más sencillo colocar a un palurdo descerebrado en la Casa Blanca.

En la fallida pero hipnótica El cielo protector, de Bertolucci, la fotografía cenital de Vittorio Storaro, la música de Sakamoto e incluso el resplandor deslumbrante del Sahara pasan a segundo plano ante la belleza pensativa de Debra Winger. Al final de la película, en el mismo bar donde da comienzo el viaje, el propio Paul Bowles pregunta: “¿Cuántas veces más recordarás cierta tarde de tu infancia, una tarde que forma una parte tan entrañable de tu ser que ni siquiera puedes imaginar la vida sin ella? Quizá cuatro o cinco veces más. Quizá ni eso. ¿Cuántas veces más verás salir la luna llena? Quizá veinte. Y sin embargo todo parece ilimitado”. Como si estuviera hablando de Debra.

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