Un enorme agujero en la capa de ozono causó una extinción masiva hace 360 millones de años

El mecanismo, no descrito hasta ahora, tiene importantes implicaciones para la situación actual de la vida en la Tierra

Un enorme agujero en la capa de ozono causó una extinción masiva ...

Hace 360 millones de años, un evento desconocido causó la rápida desaparición de gran parte de las plantas y las especies de agua dulce de la Tierra. Ahora, un equipo de investigadores de la universidad británica de Southampton ha descubierto que el “culpable” fue el colapso de la capa de ozono que protege nuestro planeta de la dañina radiación ultravioleta. El hallazgo, recién publicado en Science Advances, tiene profundas implicaciones para el mundo actual.

Durante la larga historia de la vida en la Tierra, se han producido varias grandes extinciones masivas. Hoy sabemos que una, la que acabó con los dinosaurios hace 66 millones de años, fue causada por el impacto de un meteorito. Otras, como la que tuvo lugar en el Pérmico hace 252 millones de años, se deben a enormes erupciones volcánicas masivas a escala continental.

Y ahora, este estudio demuestra que también un alto nivel de radiaciones ultravioleta puede colapsar los sistemas forestales y matar a muchas especies acuáticas, como los peces y los terápodos (nuestros lejanos antepasados), que vivieron en el período Devónico, hace 359 millones de años. En esta ocasión, pues, no hubo meteoritos ni erupciones, sino un gran agujero en la capa de ozono provocado por un súbito calentamiento global justo después de una intensa edad de hielo. ¿Les suena?

Resulta inevitable, de hecho, comparar aquella situación con la actual, y los investigadores sugieren en su estudio que en muy poco tiempo, la Tierra podría alcanzar temperaturas comparables, lo que posiblemente desencadenaría un evento similar.

Para su investigación, los científicos recolectaron muestras de rocas en las regiones polares montañosas del este de Groenlandia, que en aquellos tiempos formaban el lecho de un antiguo lago en el árido interior de un continente que incluía a las actuales Europa y América del Norte. El lago, en el hemisferio sur del planeta, pudo ser similar al actual lago Chad, en el borde del desierto del Sahara.

También se recogieron rocas de las montañas andinas sobre el lago Titicaca, en Bolivia. Esas muestras proceden del antiguo continente sur de Gondwana, que en el Devónico estaba más cerca del Polo Sur. De este modo, los investigadores obtuvieron pistas de lo que estaba sucediendo en aquél momento, tanto cerca del Polo Sur como en el ecuador.

Una vez en sus laboratorios, las rocas se disolvieron en ácido fluorhídrico, liberando así esporas de plantas microscópicas como helechos, conservadas en el interior de las rocas durante cientos de millones de años. Al microscopio, los científicos descubrieron que muchas de esas esporas tenían unas extrañas espinas en su superficie, una forma de responder a la radiación ultravioleta que dañaba su ADN. Además, muchas esporas tenían una suerte de “paredes” de pigmentación oscura, que los científicos consideran como una especie de “bronceado” protector ante el aumento de los rayos UV.

La conclusión fue que durante aquél periodo de rápido calentamiento global, la capa de ozono colapsó durante un tiempo, exponiendo a la vida del planeta a niveles dañinos de radiación ultravioleta y desencadenando un evento de extinción masiva tanto en tierra como en aguas poco profundas. El mortífero evento tuvo lugar hace 360 millones de años, en el límite que separa el Devónico del Carbonífero.

Así desapareció el ozono

Tras derretirse las capas de hielo, el clima se calentó rápidamente, y ese aumento de temperaturas empujó hasta la atmósfera superior elementos químicos capaces de destruir ozono, lo que causó un agujero que dejó entrar, durante varios miles de años, una gran cantidad de radiación ultravioleta.

John Marshall, de la Escuela de Ciencias del Océano y la Tierra de la Universidad de Southampton y director del estudio, explica que “el escudo de ozono desapareció durante un tiempo en este antiguo periodo, coincidiendo con un breve y rápido calentamiento de la Tierra. De forma natural, nuestra capa de ozono está siempre en un estado de flujo, creándose y perdiéndose constantemente, y hemos demostrado que eso también sucedió en el pasado y sin necesidad de un catalizador, como una erupción volcánica a escala continental”.

Durante la extinción, algunos tipos de plantas lograron sobrevivir, pero sus ciclos fueron alterándose gravemente a medida que el ecosistema forestal colapsaba. El entonces grupo dominante de peces blindados se extinguió por completo y los peces óseos que sobrevivieron, como los tiburones, se convirtieron a partir de entonces en los peces dominantes de nuestros ecosistemas.

Nuestros antepasados, afectados

La extinción, además, llegó en un momento clave para la evolución de nuestros propios antepasados, los terápodos. Los primeros terápodos, en efecto, fueron peces que evolucionaron para tener extremidades en lugar de aletas, gracias a las cuales pudieron dar sus primeros pasos fuera del agua. Se trataba de criaturas aún eminentemente acuáticas y cuyas extremidades tenían un gran número de dedos en manos y pies. La extinción redirigió su evolución, y los que sobrevivieron fueron los que mejor adaptados estaban a vivir fuera del agua. Criaturas ya totalmente terrestres y con el número de dedos de manos y pies reducido a cinco.

Para Marshall, estos hallazgos tienen una serie de sorprendentes implicaciones para la vida actual en la Tierra: “Las estimaciones actuales -asegura- sugieren que alcanzaremos temperaturas globales similares a las de hace 360 millones de años, con la posibilidad de que un colapso similar de la capa de ozono pudiera ocurrir nuevamente, exponiendo la superficie terrestre y la vida marina superficial a una radiación mortal. Eso nos llevaría del estado actual de cambio climático a una auténtica emergencia climática”.

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