[Traducciones] Poemas de Paige Lewis [vers. Matheus Calderón]

[Traducciones] Poemas de Paige Lewis [vers. Matheus Calderón]

Nacida en Florida en 1991, Paige Lewis es una joven poeta estadounidense. De su autoría son la plaquette Reasons to Wake You (Tupelo Press, 2018) y el libro Space Struck (Sarabande Books, 2019). Sus poemas han aparecido en la revista PoetryAmerican Poetry ReviewPloughshares y Best New Poets 2017, entre otros espacios. Curadora de la serie de videos Ours Poetica, producidos en asociación con la Poetry Foundation y Complexly, actualmente enseña en Purdue University y en el programa de MFA en el Randolph College.

Los siguientes poemas, cuya selección y traducción estuvo a cargo de Matheus Calderón, pretenden ser una muestra representativa del trabajo de Lewis: una escritura de tono conversacional donde la imaginación irrumpe para producir relaciones sorprendentes y crear poemas que brillan por su espontaneidad o lo que hay en ellos de instantáneos, como si hubieran sido dados a la luz así, enteros.

 

Ayer por la noche soñé que me volvía

tu pisapapeles. No parece
correcto. Pareciese un signo de que necesito
pasar más tiempo por mi cuenta, así que

llamo a mi amigo y lo llevo a la tienda
llena de sobrevaluadas piedras curativas. Quiero
que las mujeres comprando sepan que no estoy

con mi amigo. Quiero que sepan
cuán bien me va con mis aventuras
en la independencia. Estoy lista para gritar:

¡Mira mi saludable nueva vida! Pero mi amigo
cree que es una mala idea asustar a las personas
en un lugar con tantas cosas duras arrojables.

¿Habrían de herirme? Estas mujeres
lucen como si oliesen como magnolias rosadas
o a colofonia si es que me acercase lo suficiente,

pero no lo haré. Estoy demasiado ocupada buscando
la piedra que mejor me represente —no es
la azul moteada con pedacitos de Dios,

o la obsidiana en forma de oreja. No es
ninguna pulida— y pienso
sobre qué tan difícil me resulta creer

en el primer Adán porque si Adán
tuviese el poder de nombrar a todas las cosas,
todas las cosas se llamarían Adán.

Luego pienso: Esa es una idea bastante brillante.
No se la digo a mi amigo. No se la digo
a las mujeres magnolia. ¿Todavía

cuentan, estas horas que he pasado por mi
cuenta, todavía cuentan si estoy guardando
todas mis ideas más brillantes para ti?

 

 

De donde soy, cada casa es una casa con vista obstruida

          al océano. Oh, somos aburridos y supersticiosos
en mi ciudad. Creemos que las olas son causadas por millones de ostras
          boqueando al unísono. Nuestros cuartos son blancos como cáscara de huevo,
y a nuestras cáscaras de huevo las pinchamos con cucharas de plata para dejar

          salir a los demonios. Sí, nos enamoramos, pero nuestro amor
es no tanto de oro como ligero de Midas —duro y de poco valor—
          todo lo que toca se vuelve verde. Nuestro embeleso se
agota con rapidez y apreciamos a los descorazonados, a quienes se les paga

          por estar de pie desnudos en los escaparates de los centros comerciales, comiendo
granola casera y dibujando caricaturas de cualquiera
          que quiera pararse a echar un vistazo. Ayer, miré boquiabierta a uno
que vestía un gorro amarillo tejido de punto en su pene. Me impresionó

          qué tan plenamente consciente me hizo de mi frente,
que ocupó más de la mitad del retrato. Le di una propina
          generosa con una mano y me di golpes a mí misma
con la otra. Cuando niña, era igual de impaciente y siempre

          justamente castigada. Cuando rasgaba los capullos abiertos en mi
jardín, perdía mi jardín. Cuando lanzaba piedras a las ramas de los árboles
          para soltar las frutas, la gravedad no perdonaba. Todavía extraño las
flores, pero estos nuevos golpes hacen un magnífico trabajo ocultando mis

          cicatrices. De donde vengo, somos prácticos y estamos listos
para cultivar nuestros errores. Susurramos nuestros secretos más cargados a sobres
          de semillas y los lanzamos hacia el planeta más cercano
donde echarán raíces en pulcras filas —flor, fruta, flor, fruta—.

          Así es como construimos nuestro nuevo hogar. Así es como
nos hacemos ligeros lo suficiente para el vuelo espacial. No hemos
          puesto una fecha exacta y no estoy segura de cuánto durará
el viaje, pero al llegar podré decir cuál huerto es el mío.

 

 

En el momento en que vi a un pelícano devorar

a una gaviota —alas tragando alas— aprendí
que un milagro es cualquier cosa que Dios olvidó
prohibir. Así que cuando me dices que los santos

se astillan en pedacitos de hueso más pequeños que
las pecas en tu muñeca y que cada partícula
es vendida a los ricos, sé maravillarme ante esto

y no ante el hecho de que estos mismos santos están todavía
totalmente intactos y con las caras frescas en las exhibiciones
de sus tumbas de plexiglás. Santificamos nuestros propios fragmentos

cuando podemos —pacientes con trepanaciones visten
espirales de cráneo como amuletos, madres enmarcan el prepucio
seco de su primogénito y te he visto

arremolinar mi nombre en tu lengua como un guijarro para la sed—.
Aun así, trato de no aferrarme a nada por miedo a ser
triturada por lo que pueda ser arrebatado porque algunas veces

ni siquiera nuestras bocas nos pertenecen. Escucha: en
los tempranos años 20, a las mujeres se les pagaba para pintar con radio
sobre las esferas de los relojes para que así los hombres no tuviesen que preguntar

la hora en los callejones oscuros. Se les dijo que era seguro,
se les dijo que lamieran sus pinceles para afinar las puntas. Estas
mujeres se pintaban las uñas, se pintaban el rostro, y arbitraban

cuál piel era la que más brillaba, ellas revestían sus
dientes para que sus novios pudiesen ver sus mordidas
con las luces apagadas. El milagro aquí

no es que las mujeres tragasen luz. Es que
cuando su piel se diluyó y sus mandíbulas cayeron
la Radium Corporation aseveró que todas ellas murieron

de sífilis. Es que estés más interesado en
contarme sobre las sosas astillas de santos muertos, al tiempo que
los huesos de estas mujeres brillan bajo nuestros pies.

 

 

Nada sabemos de sus cuerpos, pero queremos

instruirlos sobre los nuestros. No somos débiles. Nuestros esqueletos
están hechos para durar incluso cuando ciertas partes se rompan

o se pierdan. Y si bien los más de nosotros nacemos
con clavículas, hay algunos que no lo hacen

—en los 80 se ganaron la vida rescatando niños
de pozos. Desde allí hemos suturado cada agujero,

pero los contorsionistas todavía existen—, en este planeta
no tienes que ser útil para que se te mantenga a la mano.

Nuestros intereses incluyen mejorar la apariencia
estética de herramientas prácticas —sombrillas con orejas de gato,

inodoros musicales, puentes rojos—. Nuestro principal escollo
es la naturaleza, aunque encontramos formas de vadearlo. Por

ejemplo, con la mezcla adecuada de químicos
y mucho de paciencia, podemos volver a un huevo

de gallina una cámara de un solo uso. ¿Qué tan desarrollados
son ustedes? No buscamos regresionar

—aun si nuestros primarios gañidos trepan por la garganta hasta salir
de la boca—, pero es sabido que somos versátiles en tensas

situaciones, es sabido que somos honestos cuando desesperados
y, siendo sinceros, aquí mismo estamos en caso les guste lo que ven.

 

 

He tratado de lamentarme por todos

Aprendo que un milagro no es un milagro
sin sacrificio, porque cuando los pájaros
trajeron el maná, nos comimos a los pájaros. Aprendo

que perdonamos a los que menos conocemos,
como cuando mi hermano tuvo otro episodio
y acuchilló a su esposa, le dije a mi nuevo amante:

Trastorno, genética, y nunca más me volvió a
gritar. Señor, instrúyeme en la paciencia, pues cada fruta
que he recogido alguna vez ha estado verde. Instruye en la confianza

que va más allá de una cartera abierta y sin nadie
que la vigile. Señor, he visto representaciones pictóricas
de un Cristo niño agitando helicópteros de juguete.

Sé que no siempre se trata del sufrimiento, así que mándanos
una buena inundación. Envía un néctar que haya de suavizar
puños y levantar estas manchas rojas del marco de nuestras puertas.

 

 

Es difícil disfrutar de las estrellas cuando no confías en tus vecinos

Las cosas que sé
          podrían caber en la espiral
de una oreja, pero sé
          que mirar hacia las estrellas me descubre
ante el ataque, y no puedo acabar
          tan vulnerable
así que acabo mareada
          miro arriba, luego hacia atrás,
luego sobre mi hombro
          al claro tras de
mi casa.

En el claro tras de
          mi casa, los milpiés
se están muriendo. Enroscándose
          sobre sus lados. El agua
es la respuesta a toda
          enfermedad —la vierto
sobre sus batallas—. Miren,
          ¡la lluvia! Oh, la lluvia es buena, ¿a quién
no habría de gustarle tener su propio
          lago personal?

Los lagos son demasiado fríos
          en esta época del año
y el frío me hace
          hacer cosas terribles, como olvidar
de dónde viene el frío.
          Echo a mi amante
de la casa por tener
          las manos como mármol. Apremio
a las bayas de mi jardín
          antes de estar maduras porque
no puedo soportar estar cerca
          de algo triste hoy por hoy.

Hoy por hoy, me encuentro comiendo
          bayas y viendo
un viejo filme en el que
          el científico se asombra
cuando la bomba que ha construido
          mata gente. Odio cuán
rápido se excusa
          a sí mismo, diciendo: Si das un paso
hacia atrás por un momento, verás
          que fui solo una partecita. Por supuesto que
él sobrevive a las secuelas.
          Es atractivo. Sus ojos
son mucho más grandes que los míos.

 

 

Amo a los que pueden caminar lentamente sobre vidrio y conservar todavía

toda su sangre. Quiero lamer sus suaves arcos.
Mi amante dice que él podría hacerlo si quisiera:

Todo es cuestión de desplazar el peso. Él arruina
cada ilusión mirando sus propias manos. Yo arruino

cada ilusión enhebrándola al hambre. Cuando
Eric el Grande tenía 12 años, huyó de casa para hacer

dinero para su familia. Volvió con su madre,
los bolsillos repletos de monedas, y dijo: Sacúdeme,

soy mágico. Con frecuencia nuestros cuerpos nos traicionan, solo mira
nuestros pies, cómo apuntan a lo que deseamos.

A veces no miro sino hasta que he pasado
la puerta. Tengo tanto que hacer. Muchacho

descuidado. Tensa sonrisa. Mi padre estaba siempre llegando
tarde, constatando su cara en el reflejo de cada ventana.

El viento que halla su camino a esta ciudad
es el más cruel, el tipo de viento que busca nuestros

puntos blandos. Latientes cráneos tiernos. Mi madre
llamó para decir: Ve y come. No puedo estar tarde cuando

todo lo que busco alcanzar se mueve más hacia atrás. El lago,
doblando su piel. Sé solamente que un espejo es de plata

porque he visto uno arañado. Todas mis cucharas
tienen el cuello débil, pero me equivoqué cuando dije que

el ruido más desesperante era o la platería
traqueteando en una gaveta abierta de un tirón, o el chirrido punzante

de un columpio. A veces es difícil distinguir lo que se construye
de lo que se cultiva. A veces es nuestra culpa. La serineta

fue creada para enseñar a los canarios cómo cantar de modo correcto.
Y cuando mi amante me dice que estoy en lo correcto al amarlo,

sé que el ruido no es en absoluto de metal. No es el sonajeo
de las monedas sino el raspado de los dedos al levantarlas.

Ya adulto, Eric el Grande se cambió el nombre a Houdini
en honor a Jean Robert-Houdin, quien habría de abrir sus palmas

a la audiencia y decir: Nada por aquí, ni nada,
ni nadie, antes de jalar a su esposa del éter.

 

https://jampster.cl

Deja un comentario