Todos mueren dos veces

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SUSANA IGLESIAS

¿Qué saben de ti? ¡Nada! ¿Qué sabrían si les abrieras por fin tu corazón? Inténtalo”, tía: todavía recuerdo tus palabras, aquella noche iba a matarme, te llamé. Mujer bellísima, experta en tacones y juegos de palabras como mi madre. Entiendo por qué pudiste conectarte con Luis Spota, no solo eras su lectora, fuiste amiga de ese monstruoso escritor que fue garrotero en el desaparecido Hotel Regis de Avenida Juárez, se derrumbó con todos sus recuerdos como un viejo cansado, convulso y epiléptico.

Abro un libro de Luis dedicado a ti: por la complicidad y la fascinación de un misterio que siempre serás para mí, soy más boxeador que escritor. Alguna vez les conté cómo me dolía el Sur, episodios terribles me alejaron, decidí no volver, ¿y qué pasó años más tarde? me enamoré de un sureño, volveré. Aquellos días lejanos, solía comer en una cantina que ya no existe en San Lorenzo Huipulco, pueblo cuyo nombre significa: lugar en el que se destruyen las espinas sagradas del sacrificio, en 1986 se inauguró la estación del tren ligero que lleva el nombre de Huipulco, en honor al pueblo que destruye espinas, la ciudad contaba con una grandiosa ruta de tranvías, deberían volver, basta de ejes viales y Metrobuses. La ruta de tranvías de Xochimilco tenía la capacidad de transportar en una plataforma las hortalizas y a los agricultores de esa región. Un texano de apellido Hammeken, del que les hablaré algún día, es el culpable del hermoso sueño que fueron los tranvías en esta ciudad. En 1978 cerraron todas las rutas excepto una: Taxqueña-Xochimilco, cerró en 1986. Después de comer en San Lorenzo, Cineteca. Me gustaba esperar la función leyendo en el auto. Aquél Super Bee que destrocé rumbo al infierno, es decir: Acapulco, lo hice y me hizo pedazos.

Le pegaba un beso francés a mi botella de vodka cuando apareció un tipo raro, esa cara creo que la conozco, no recordaba dónde.

—¿Tienes otro libro igual?

—No

—¿Es primera edición, verdad?

—Sí

—Te lo compro, te doy lo que me pidas por él, nada más no abuses.

—No lo vendo.

—Necesito ese libro que estás leyendo.

—Lo estoy re-leyendo en realidad.

—Quiero hacer una película fragmentada en tres con toda la serie de: La costumbre del Poder, por alguna razón no encuentro ese libro que tú tienes ahí, no lo tengo, es el único que me falta de Luis…

—Búsquelo en Donceles.

—No está.

—En Quevedo.

—Menos, ¿en serio no me lo vas a vender?

—No. Estoy leyendo, no se interrumpe a las personas cuan-do leen.

Un beso profundo a mi botella, le cerré la ventanilla, llegó la hora de la función, entré, última fila, mi lugar, ¡ahí estaba! sentado en la última fila, no quise evidenciar que me molestaba sentarme cerca, me senté en la antepenúltima, él salió antes de terminar la función, al llegar a mi auto encontré en el parabrisas detenido por uno de los limpiadores un papel con un teléfono escrito y un recado, “véndemelo por favor o déjame sacarle copias y fotos”, qué necedad. Puse dentro del libro el papel. Esa noche al llegar a mi pocilga continué bebiendo, llegó mi amante, me peleé con él porque había salido con una estúpida, me molestó su falta de estilo, que se humillara con puro bajo perfil, mala calidad.

Algunas semanas después necesitaba urgentemente dinero, recordé al necio, me tomó casi dos días buscar el libro entre tantos que tenía en aquella época, ni siquiera recordaba que estaba ahí el papel, se me había ocurrido pegar letreros en la Cineteca con mi dirección para ofrecer el libro con la esperanza de que Mr. Necedad lo viera. Encontré el papel, pedí prestado el teléfono de una tienda de abarrotes que ya no existe en el Callejón del 57, le llamé, su voz estaba emocionada, me dio su dirección, era muy lejos para mí, cerca del Estadio Azteca. Tenía una hermosa mesa con una máquina de escribir desgastada por el uso, hombre de trabajo, un cenicero atiborrado de colillas y ceniza, estaba tosiendo, eso no le impedía fumar. Me pagó muy bien el libro, al ver su colección de Spota fue inevitable recordar a mi tía leyendo, con aquellos lentes eyecat, su fleco, rostro precioso, faldas ajustadas y largas, medias, tacones, blusas de seda de manga larga, sobrias, sensuales, elegantes.

Hablamos un rato de cine, le gustaba el tema, con mucho trabajo reconocí ante ese extraño que era escritora, le hablé de un guión en proceso que destruí en un arranque. El hombre al despedirnos dijo algo así: las pantallas son ventanas al misterio de personas y personajes que cruzan para abrazarte o destruirte, sigue escribiéndolo, no importa que ya no exista. Años después, mirando de nuevo la película El Bulto, me di cuenta que el señor que me salvó de un desalojo inminente al pagarme el libro era: Gabriel Retes, el cineasta, sí, ya se dijo todo de él con su reciente muerte, me gusta tomarme mi tiempo para escribir a mi ritmo, fue triste enterarme que ya no existe aquí en la Tierra, un disculpa por ser tan lenta. Pienso en él y resuenan aquellas palabras de las ventanas al misterio, me pregunto ¿qué domina al cerebro colectivo? El mundo solo unta pomada a su heridas profundas. El futuro es la tumba de los hombres y mujeres vivos. Nadie puede calcular el “progreso”, miren nada más cómo el PIB per cápita le teme a un virus muerto, cómo echa atrás todo su “progreso” ¿la posnormalidad es el futuro? no existe una nueva normalidad ¿qué extrañas, a quién? No soy nadie, nunca he creído ser alguien. Las acciones radicales individuales en algún momento son una bala incrustada en el cerebro colectivo. Les dejó el tema de la nueva mortalidad o normalidad inmunidad burbuja ilusión enajenada o lo que quieran, los leeré en unos 20 años cuando relea a Twain, mientras me destapo un bourbon. Tú sabes que no creo en la felicidad, algunas noches imagino que podría intentar ser feliz si me dices que sí en Las Vegas para reír cada domingo en Malibú, mi amor. No importa que no sea tu amor, eres mi amor, nunca morirá la noche en la que nos besamos bailando. 

* Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets)

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