No era una mariposa, era un murciélago

 

Solíamos explicar la globalización como un cuento de niños sacado de Disney: había una vez una linda mariposa, muy lejos de aquí, que un día se levantó y sacudió las alas; esas alas movieron el viento, y el viento las nubes… y, en un periquete, aquí tuvimos una tormenta de aúpa. El famoso efecto mariposa. (Aunque parece que Edward Norton Lorenz, el matemático y meteorólogo que describió por primera vez el fenómeno, inicialmente no eligió ese animal para explicar su teoría, sino que fueron sus colegas quienes le animaron a usar la mariposa como metáfora.) No es casual que esa forma de explicar la globalización haya hecho tanta fortuna: nos encantan los cuentos de hadas y las fábulas sencillas y omniabarcadoras. Y así, durante tiempo, nos hemos explicado esto de que el mundo está interconectado diciendo que es ‘aquello de la mariposa’.

Pero resulta que al final no fue una linda mariposa sino un asqueroso murciélago quien nos enseñó en qué consiste la globalización. A menudo es así: la realidad es menos de color rosa que las películas. Hasta en las (entonces) distopías de una gran pandemia representadas en la gran pantalla, los protagonistas eran guapos, la trama fascinante y la música embriagadora. La que nos ha tocado, en cambio, esta distopía hecha realidad, no tiene nada de glamour, ni siquiera mucha épica: es más bien aburrida y sobre todo, ante todo, triste y miserable. He aquí el cuento de la globalización, no fue príncipe sino rana: un murciélago fue el que nos ha metido en todo este embrollo. Un murciélago que contagió a una persona y una persona que ha contagiado el mundo. Esto es la globalización: que en un par de meses, un animal feo y arrugado, pueda mandar todo nuestro castillo de naipes al carajo.

Ante semejante lío, y a propósito de la gran pregunta por el qué vendrá, parte de los teóricos que reflexionan sobre el futuro panorama político, económico y geopolítico, apuestan a que la historia irá de aislamiento y nacionalización. De levantamiento de barreras, de auge del Estado como unidad máxima y adecuada para gestionarnos: de distanciamiento y separación.

Quizás, en parte, es cierto que el tránsito por el mundo se tiene que reconfigurar y replantear. Esto del turismo de los españoles que van a tumbarse en las playas de la Rivera Maya o Cuba; los viajes de aventura de los europeos al sureste asiático, Namibia o el Sahara; los autobuses de chinos y japoneses haciendo fila en la Sagrada Familia para al día siguiente visitar Notre Dame; los viajes de los ejecutivos americanos a otro continente para hacer una simple, una, reunión importante; todos ellos, tienen bastante de absurdo.

Creer que el turismo nos va a ampliar el espíritu y la mente, y hacer girar nuestra vida en torno a ese viaje del verano, es una gran trampa -que, claro está, le ha venido fenomenal a la industria. Recuerdo a un amigo músico, tan loco como genio, que me decía: “yo me voy a las estaciones y a los aeropuertos para ver cuántos enfermos hay en el mundo; porque hay que estar enfermo para no querer estar en casa”. ¿Dónde vas a estar mejor que en casa?, se preguntaba mi amigo y nos preguntaban las abuelas. Una pregunta que hoy nos llega cargada de ironía, y con un nuevo significado: ¿dónde estaremos mejor que en casa?

Pero, volviendo al tema, aunque sea pertinente cuestionarnos la forma en la que hemos estado transitando el mundo, eso no implica ni propone que debamos volver a modelos autárquicos y de auge de lo nacional. Es más, ante la que está cayendo, es obvio que lo que hace falta es la coordinación entre todos los países. Necesitamos instancias de gobierno global, instituciones que permitan tomar decisiones para todo el planeta. Encerrarnos detrás de nuestras barreras no va a hacer sino continuar amenazando democracias que ya llevan años con flojera. Y el retorno y el aumento de los totalitarismos no es un panorama muy atractivo.

De que las democracias se estaban debilitando debido a que no estábamos expuestos a las opiniones y a las verdades de los otros ya nos advirtió John Stuart Mill a mediados del s.XIX; de que vivimos encerrados en burbujas de semejantes nos han alertado filósofos como Michael Sandel. Nuestro día a día transcurre entre espejos y la mayoría de nuestros diálogos los llevamos a cabo con personas tremendamente parecidas a nosotros.

Es comprensible: el mundo puede resultar un lugar hostil y la comunidad que es parecida a mí, me entiende, me da apoyo y no me reta. De este fenómeno existen todo tipo de versiones: desde los grupos de amigos de la universidad (todos ellos con la cabeza formateada de la misma manera) que siguen siendo una pandilla toda su vida; hasta los guetos que dividen, ciudad tras ciudad, por origen y nacionalidades; pasando por unas redes sociales que entre likes o elogios y trolls o insultos son lo más parecido a una tribalización moderna y a la división entre amigos y enemigos -aquí Carl Schmitt resuena como un tambor-. Todos tendemos a rodearnos de nuestros semejantes. Y, no es que eso no esté bien, no es que debamos alejarnos de ese grupo, es que quizás sería importante asegurarnos de que somos más porosos y de que tejemos vínculos más allá del espejo: de que tenemos el valor de dedicar tiempo a abrir charlas con nuestras antípodas.

Lo cosa tiene vis de urgente porque, si las burbujas ya hace tiempo que están ahí, y casi como en un juego dialéctico o de contrarios, con cada apertura gradual del mundo, con cada acortamiento de las distancias geográficas, hemos ido buscando más anclajes cercanos, más gemelos al alcance de la mano; hoy, la tecnología parece que está reforzando esa inercia de una forma exponencial e imparable. Nuestra vida digital está constantemente condicionada por el rastro que hemos dejado, por la supuesta identidad que hemos ido construyendo. Hasta tal punto que aquello que vemos, leemos o escuchamos, aquello que se nos ofrece o se nos presenta, es aquello que supuestamente ya nos gusta: aquello que se corresponde con quienes somos.

Spotify tiene las listas especialmente diseñadas para ti. Spotify te conoce más que tu madre, tu pareja y tu mejor amiga juntos: siempre logra mostrarte solo aquello que te gusta. Algo que, a priori, podría parecer una de las grandes ventajas de la tecnología, puede ser a su vez una gran trampa para la democracia. Como ciudadanos, vamos creciendo y vamos estando rodeados solo de aquello que nos gusta, y esa homogeneidad es una bomba de relojería. Psicológicamente nos hace ineptos para el desagrado y la frustración -de ahí a querer cambiar de novio cada dos días, o a desesperarse ante cualquier cosa que no está puesta ‘en su sitio’, hay solo un paso. En lo que refiere a la educación de las próximas generaciones, es preocupante imaginar cómo se va a formar el gusto de nuestros jóvenes si viven en un túnel con imágenes y sonidos solo de aquello que les gusta a ellos o a sus semejantes. Y, en lo político, peor nos lo ponen: viviendo en esta burbuja de semejantes y en una virtualidad que solo me muestra “lo que ya quiero”, ¿cómo vamos a exponernos al otro, al diferente, y cómo vamos a lograr desenmascarar nuestros intereses partidarios y a ser capaces de juzgar mejor como nos advertía Arendt?

Lo de la tecnología en algún momento habrá que someterlo a un juicio científico para que anime a los parlamentos a legislar en contra de lo que psicológica, social y humanamente, parece una barbaridad. Entretanto, hay cosas que podríamos decidir y hacer hoy. Sin ir más lejos, ¿cuántas personas de Vox tienen amigos de Podemos? ¿Cuántos de ERC, colegas de Ciudadanos? Porque de esto estamos hablando: de tener cerca a personas que piensen de una forma completamente distinta a la nuestra y a las que apreciemos lo suficiente como para querer dialogar de verdad. De ahí viene la ampliación de la mentalidad, de la mirada. De eso nos habla Hannah Arendt y a eso se refiere Seyla Benhabib cuando nos recuerda la importancia de nuestros “asociados hermenéuticos”: el que piensa desde otro lugar es mi asociado, mi aliado hermenéutico a la hora de ayudarme a interpretar de otro modo el mundo, las instituciones, mi país.

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