La oportuna muerte del “Che”

El Che Guevara murió en el Congo

ROGELIO VILLARREAL

Imagínese a Ernesto Che Guevara cumpliendo 92 años el próximo 14 de junio si no hubiese sido asesinado en 1967, a los 39, en la inhóspita sierra boliviana. En su cuerpo joven, asmático y bello como un Cristo, se cumplió la sentencia de James Dean, otro icono de la cultura pop que se fue al otro mundo en 1955 al volante de su Porsche deportivo: “Vive rápido, muere joven y deja un cadáver hermoso”. “Lo lavaron, lo vistieron, lo acomodaron, bajo instrucciones del médico forense. Porque había que mostrar la identidad, mostrarle al mundo que el Che Guevara había sido derrotado”, escribe Jorge Castañeda en La vida en rojo.

No pasa un año sin que se produzca un documental, un programa de televisión, una película o una exposición sobre el Che Guevara en algún punto del planeta y sin que se publiquen libros en varios idiomas que destacan su vida y obra revolucionaria, como Sin olvido y Los crímenes en la Higuera, de los cubanos Adys Cupull y Froilán González; Soy un futuro en camino, del Centro de Estudios Che Guevara; Che Guevara, el Cristo rojo, de Alain Ammar; ¿Quién mató al Che? Cómo logró la CIA desligarse del asesinato, de Michael Ratner y Michael Steven Smith, y tantos más que abonan al mito de la heroica leyenda del romántico guerrillero que murió por sus ideales aunque omitan otras facetas que, como hemos visto, le restarían simpatías.

Sin embargo, no todo es mitificación. En Comediantes y mártires (2009) el escritor argentino Juan José Sebreli cuestiona con amarga lucidez a cuatro de los grandes héroes de Argentina: Carlos Gardel, “un conservador”; Evita, “un mito autofabricado”; Maradona, “un oportunista”, y al Che Guevara: “un idiota político”, “un autoritario” que hacía gala de su “ascetismo y pobreza, vistiendo incluso ropa rota y sucia”.

Lo de “idiota político” no es un insulto, pues con ello Sebreli se refiere a la impaciencia y la impericia militar de Guevara: “Puede decirse que él fue, a la vez, un aventurero, un santo y un héroe, pero no un político. La tarea del político es lenta, discreta y paciente, se realiza cada día y a través de los años, requiere esfuerzo, obstinación, perseverancia; además, necesita la capacidad de transigir, negociar, consensuar, saber replegarse, establecer alianzas”.

Si el Che no hubiese conocido en México a Fidel Castro en 1955, dice Sebreli, “probablemente se habría marchado con una beca a estudiar medicina a París, que es lo que quería hacer”. O quizá se habría quedado en México y seguido una carrera de actuación, como parece sugerir el mismo Che en sus apuntes.

Al triunfo de la revolución en Cuba, el Che “fue el encargado de los fusilamientos en masa, tras juicios sumarios celebrados sin el menor procedimiento legal por los tribunales revolucionarios instalados en la fortaleza La Cabaña”, escribe Sebreli. Una historia de terror que no es desconocida, pues ya había sido contada por Guillermo Cabrera Infante en Mea Cuba (1992), una recopilación de artículos desde los años sesenta; por Carlos Alberto Montaner en Fidel Castro y la Revolución Cubana (1984); por Jacobo Machover en La cara oculta del Che (…). El mismo Guevara escribió este inequívoco párrafo en sus Notas de viaje (La Habana, 1962): “Aullando como poseído, asaltaré barricadas o trincheras (…) Teñiré en sangre mi arma y, loco de furia, degollaré a cuanto vencido caiga entre mis manos (…) ya siento mis narices dilatadas, saboreando el acre olor de pólvora y de sangre, de muerte enemiga”.

Al triunfo de la revolución, los intelectuales de Occidente saludaban efusivamente al comandante Fidel, mientras que en la isla los homosexuales, los disidentes y los rebeldes de pelo largo eran confinados para su “reeducación” y “regeneración” en los campos de las Unidades Militares de Apoyo a la Producción.

Los repetidos fracasos de la economía cubana —en los que tuvo que ver la deficiente conducción del ministro de Industria Ernesto Guevara— produjeron escasez y racionamiento. Por esos días el Che y Castro idearon la teoría del foco guerrillero, que traería el triunfo de la revolución mundial: “Crear uno, dos, tres, muchos Vietnams”. Y se fue el Che al Congo, donde sufrió su primera derrota. Luego a Bolivia, lo que fue claramente un suicidio.

El activista del 68 mexicano Marcelino Perelló escribió en un aniversario del Che: “Hoy solo tu apodo y tu estrella permanecen. Símbolo vacío.

Significante sin significado. Permaneces en el pecho (por fuera) de los jóvenes que, sin ningún conflicto, igual se hubieran puesto una swástica. Tanto da. Luces exótico e interesante” [Excélsior, 9 de octubre de 2007].

Es verdad. La fotografía casual del Che, obra del fotógrafo de modas Alberto Díaz Korda, se convirtió en la imagen más reproducida de la historia. Qué paradoja más irónica: la imagen misma de la libertad, el orgullo y la templanza revolucionaria es la de un cruel idealista, un fanático estalinista, un macho homofóbico y vanidoso enamorado de sí mismo y de sus palabras. Morir joven fue una suerte para él.

https://www.milenio.com/opinion/rogelio-villarreal/

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