La ciudad que no habla

 

No hay sonidos que guíen. Hay pájaros que trinan, arriba, en el cielo. Los autobuses siguen circulando semivacíos. Los vehículos pasan de tanto en tanto. Esta ciudad es un paraíso, pero un paraíso con trampa. Las primeras, en mis manos. Gato con guantes no caza ratones. Me los quito, porque sin el sentido del tacto no veo lo que tengo a mi alrededor y sin todo su sonido creo que vivo en otro barrio. Vivo en otro barrio, de hecho. Las panaderías siguen vendiendo pan, pero esta mascarilla, que no sé si me protege o no de algo o si protege o no de algo a alguien, me impide oler el pan.

Ya no sé si he dejado atrás la peluquería, porque no huele a tinte. Tampoco sé si me queda mucho o poco para llegar a la esquina, donde debo girar para enfilar hacia el supermercado. Las dependientas del súper, un diez. Me ayudan a coger lo que necesito. El bar está cerrado. No hay alboroto de camareros tomando pedidos alegremente. La leche calentándose a toda presión… Los camareros estarán muy tristes en sus casas… La tapia del colegio, sin la algarabía infantil, se me hace infinita… Ahora no temo darle con la punta de mi bastón a ningún viejo. Ya no me puedo llevar a ninguno por delante. No están. No oigo sus pasos cansados precediéndome…

Nada suena como antes y una anda desorientada. Sin mesas ni sillas en las terrazas, uno pensaría que se camina mejor, pero no. Es una ilusión. Los obstáculos son un reto para las personas resilientes… Si ahora un agente me pidiera que me identificara, ¿cómo sabría que es realmente un agente de la policía? Y si me niego a mostrarle mi identificación, ¿podría sancionarme? Pero yo no sé si verdaderamente él es quien dice ser… Podría estar enseñándole mi DNI a cualquiera… Vulnerabilidad… Esta mascarilla… He de tragarme mi propio aliento y me ahogo. Me falta el aire… el aire libre.

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