INCERTIDUMBRE

EL CUADERNO GRIEGO
Si alguien me preguntase ahora qué palabra define mejor el paso del tiempo (esa losa a veces pesada, y que nos salva siempre que es la experiencia) yo sin dudarlo: incertidumbre. Llegado cierto momento, y ciertos años, hay algo que con cada paso, en cada rostro o historia que te rodea, reafirma lo que antes intuías con menos precisión, con más dudas, con muchas teorías que tú creías inamovibles e imposibles de quebrarse con la facilidad que ahora ves resquebrajarse con total nitidez (cuya comprobación se verifica de forma individual y colectiva de manera casi cíclica).
El momento de la incertidumbre llega cuando a medida que avanzas, una “teoría” se instala de forma definitiva en tu cabeza como el clavo que faltaba a ese aparato que siempre sufría interferencias: uno admite con humildad que pocas teorías soportan su propio peso. Pero la incertidumbre que llega no es la sufrida años antes ni en la niñez ante la noche de Reyes ni luego en la adolescencia, incluso más tarde, en momentos en los que cierta seguridad conquistada a base de esfuerzo y golpes parece sujetarnos bien a la realidad, la incertidumbre que llega ahora es aquello que veíamos en el rostro de nuestro abuelo cuando nos narraba hechos ya muy lejanos en la memoria y al mismo tiempo se paraba, miraba al televisor, negaba con la cabeza y retomaba su relato. Esa mirada que nunca supimos descifrar hasta ahora. Y es justo en este instante cuando vemos y sentimos que la sabiduría no anda muy lejos de la incertidumbre. Cuanto más se duda, más posibilidad existe de acertar en tus cábalas…
El momento en el que adviertes, compruebas, verificas y constatas que ninguna teoría más allá del territorio matemático y/o científico tiene cabida, es el preciso momento en el que el desasosiego vital se convierte en incertidumbre tranquila, no resignada, en calma. Sentir cómo se tambalea el barco con el ritmo de las olas y ver cómo los cuerpos que te rodean se mueven de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, pero lo que antes te provocaba un miedo atroz ahora te empuja a abandonarte al movimiento impredecible que la vida te impone. Y te adaptas. Sentir cómo la marea te arrastra y te devuelve a tierra una y otra vez, sano y salvo, siempre.
La semana pasada un anciano chileno se despertó en medio de su propio velatorio. Sus familiares no consideraron necesario llamar a ningún médico ante la frialdad de su cuerpo rígido (teoría…) pero sí conveniente llamar a la funeraria (esto de quitarse el muerto de encima lo antes posible, imagino). El hombre se despertó afortunadamente antes de ser enterrado vivo, se incorporó, afirmó no sentir dolor alguno y pidió un vaso de agua.
Todos somos víctimas de la incertidumbre, de forma consciente o inconsciente. Es un arma de doble filo, a nuestro favor o en contra, eso hemos de decidirlo nosotros mismos. Admitir su presencia como algo inevitable, no tan “pesado” como creíamos, consigue situar nuestra perspectiva en un lugar mucho más saludable y relajado del que a veces queremos huir por esto de que nuestros cálculos no nos conducen al destino que nosotros, ingenuamente, trazamos de manera obsesiva día tras día (compulsiva tal vez). Quizá este anciano chileno tenga alguna “teoría” ahora sobre la incertidumbre, aunque todo parece indicar que ya había aceptado dicha “carga” con anterioridad puesto que en vez de sollozar, sufrir un ataque de pánico o golpear con violencia a familiares cercanos y amigos, el optó por pedir un simple vaso de agua. Tal vez la incertidumbre le provocó sed.
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