Érase una vez

La covid-19 sería providencial si obligara al Gobierno y la oposición a confinarse indefinidamente, expiar culpas y dejar de vivir del cuento y las estafas a la democracia

Nicolás Maduro en conferencia de prensa en Caracas el pasado mes de marzo.
Nicolás Maduro en conferencia de prensa en Caracas el pasado mes de marzo.MANAURE QUINTERO / REUTERS

 

Érase una vez un país cruzado por el Orinoco, que tuvo la desgracia de atesorar las mayores reservas de crudo pesado del planeta y de ser arrasado por la epidemia de la galbana y la corrupción. En aquel paraíso, a la gente se le pagaba por dormir y se azotaba a los hombres empeñados en trabajar, como en Jauja. Los árboles daban arepas en vez de frutas, y la carne mechada, los frijoles negros y las tajadas fritas de plátano atiborraban las ollas; maracas, cerveza y ron, a capricho. El futuro no importaba porque el subsuelo financiaba la molicie.

El hallazgo de tierra tan fabulosa había acaecido siglo y medio antes, cuando un terremoto derrumbó viviendas y agrietó almacenes geológicos de hidrocarburos. La explotación comercial del líquido viscoso atrajo a EE UU que se impuso enseñando colmillos, tecnología y dólares. Los lugareños le complacieron con privilegios para no ser devorados, hasta que un jerarca nacionalizó la industria petrolera y el dolce far niente.

La democracia del emporio era de quita y pon entre dos partidos, una instrumentalización ventajista del pluralismo que garantizaba estabilidad y petrodólares para obra pública, joropo y un Estado monstruoso. Los presidentes otorgaban plata y concesiones a su antojo pues los contrapesos institucionales eran decorados. Mientras la capital del vergel abría más restaurantes franceses que Nueva York, y los ranchos desaguaban güisqui escocés, los espadones adiestrados por el Norte en el genocidio limpiaban el área de bolcheviques.

Pero los árboles que granaban perdices languidecieron con el desplome del barril, y florecieron los arrebatos y la delincuencia. La población morena cargó contra la oligarquía blanca denunciando haber sido engañada con baratijas durante el reparto de plusvalías. Les arengó un gallo de pelea que mandó al carajo a los yanquis y a la mitad de sus compatriotas. Vendió al resto una democracia a sus órdenes, que el pobrerío compró porque la división de poderes del bipartidismo les había parecido un camelo de ricos, y el caudillo repartía carnés de la revolución con cupones. Aquella geografía se fue agostando y brotó el resentimiento cuando el campeador arruinó la conciliación y la tesorería regalando despensas, insultos e imposibles. Le sucedió un aprendiz sitiado por su propia incompetencia y el bandolerismo del imperio americano, que dictó la muerte por inanición del país para recuperarlo como protectorado en nombre de la libertad y la democracia.

Carroñeros sobrevuelan las ruinas del Ministerio del Petróleo, con el estatus de Estados benefactores. Sueñan con conseguir alguna ristra de los perros atados con longanizas. La covid-19 sería providencial si los alejara, obligando al Gobierno y la oposición del yacimiento a confinarse indefinidamente para expiar culpas, dinamitar las reservas de crudo y dejar de vivir del cuento y las estafas a la democracia.

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