El inmortal

La ciencia estadounidense organiza un gran proyecto para usar la sangre de los recuperados del coronavirus

Muestra de sangre tomada de un paciente con coronavirus en Colombo (Sri Lanka), el 4 de mayo.
Muestra de sangre tomada de un paciente con coronavirus en Colombo (Sri Lanka), el 4 de mayo.CHAMILA KARUNARATHNE / EFE

 

Hay que peinar canas para haber visto El inmortal, una serie de 1970. Yo tenía 10 años y me quedé impresionado por su argumento. El protagonista era un piloto de pruebas llamado Ben Richards que tenía 42 años pero aparentaba la mitad. La enfermedad era para él un concepto aprendido en las enciclopedias, porque en su vida había tenido ni un catarro. Su sangre contenía anticuerpos contra todas las patologías habidas y por haber, lo que le vino muy bien hasta que el presidente de su empresa y otros millonarios recién exhumados descubrieron que una mera trasfusión de la sangre de Richards les podía salvar la vida y rejuvenecerles. La vida de Richards se convierte en un infierno, una huida perpetua de los magnates que quieren encarcelarlo para desangrarlo cada dos o tres días. Es solo ficción, y exagerada como toda ficción, pero el coronavirus ha resucitado en cierto modo a Ben Richards, el inmortal de la tele.

Un grupo de investigadores públicos de Estados Unidos ha espoleado una iniciativa nacional para que los pacientes de covid-19 que se han recuperado donen sangre para curar a otras personas, informa Nature Biotechnology. Algunos hospitales británicos y españoles están ensayando la misma técnica, pero la iniciativa estadounidense quiere hacerlo a gran escala y de forma organizada. Los promotores incluyen la clínica Mayo, la Universidad de Washington, la Johns Hopkins, el Mount Sinai, el Centro Médico Einstein y otras 40 instituciones de primera línea. Los pacientes que han superado la covid-19 son los nuevos Ben Richards, aunque ni los magnates más poderosos pretenden encarcelarlos en esta ocasión.

Y esa no es la única faena que les ha caído a los pacientes recuperados. Un consorcio de gigantes industriales, de la japonesa Takeda a la californiana Microsoft, se han puesto de acuerdo para desarrollar la “globulina hiperinmune” (H-Ig), un anticuerpo de élite obtenido de la mezcla de la sangre de los pacientes que han sobrevivido al coronavirus. Justo es decir que estas industrias están desarrollando sistemas para no tener que desangrar a los Ben Richards de nuestro tiempo, como crear vacas transgénicas con los genes inmunológicos de esas personas superdotadas, y plataformas de células que hagan lo mismo y puedan cultivarse a gran escala. Son ideas sensatas, y apoyadas por los informes anecdóticos de los grandes hospitales chinos. No ha habido tiempo aún de hacer ensayos sistemáticos, pero la trasfusión parece estar ayudando a algunos pacientes graves de covid-19.

La principal diferencia con la serie de mi niñez, sin embargo, es que ahora la gente se registra de forma voluntaria y desinteresada. Casi 8.000 pacientes se han apuntado a la iniciativa estadounidense, y la mitad ha recibido ya una trasfusión. Los donantes también aceptan enrolarse de forma altruista. Por el momento no se ha detectado a ningún billonario agonizante que pretenda hacerse con esa sangre vivificante para alargar su vida inservible. Quizá El inmortal se equivocó, o quizá sea demasiado pronto para saberlo.

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