“El hombre”, el virus y la academia

El Diccionario de la RAE.
El Diccionario de la RAE.

Estos días se oye en la radio un anuncio sobre el infarto. Los ingresos hospitalarios por este motivo, nos dicen, han disminuido drásticamente: la gente tiene miedo de acudir a Urgencias. Una actitud que aumenta el riesgo de muerte o de secuelas, señala el anuncio, y termina advirtiendo: si usted siente un dolor en el pecho que irradia hacia el brazo izquierdo, vaya inmediatamente al médico.

Lo cual estaría muy bien, si no fuera que ese no es el síntoma del infarto, sino del infarto masculino. En las mujeres, los indicios son otros: dificultad respiratoria, fatiga inusual, sudor frío… Como las afectadas no los identifican, tardan más en acudir a un centro de salud, lo que explica que la tasa de mortalidad femenina por infarto sea muy superior a la masculina.

No se trata de una anécdota, sino de algo general: sabemos que los cuerpos de mujeres y hombres son distintos, y distintas también sus conductas y necesidades; pero actuamos como si hubiera un solo modelo, el masculino. Los ensayos clínicos se hacen solo o principalmente con hombres; los airbags se prueban con maniquíes que tienen la talla y peso del varón medio (por lo que en caso de accidente, las mujeres mueren más); Siri, la asistente de Apple, sabe responder a “quiero Viagra” o “quiero ir de putas”, pero no a “me han violado” o “quiero abortar”. Los teclados de los pianos, los impuestos, los chalecos antibalas, las pantallas de los móviles, las políticas de empleo… todo está diseñado, como muestra Carolina Criado-Pérez en su impactante ensayo La mujer invisible (2019), tomando como referencia a una sola mitad de la población.

¿Por qué ocurre esto? La respuesta es muy compleja, pero cabe en una sola palabra: patriarcado. La idea fundamental del patriarcado es la que identifica ser humano y varón, relegando a las mujeres a los márgenes. Y aquí es donde entra el lenguaje, y con él, la Real Academia.

La lengua nos transmite una determinada interpretación del mundo, y ello incluye el lugar de cada sexo. El ser humano de verdad, nos susurra la lengua al oído, es el varón: la palabra “hombre” así lo certifica. Ellos valen más que vosotras, corrobora la gramática: no importa que en un grupo de cien personas que escriben haya 99 mujeres o ninguna, pero basta que haya un solo varón para que el colectivo deba designarse en masculino, “cien escritores” (es el llamado “masculino genérico”). Y todo eso tiene efecto. Lo tiene sobre las mujeres: nos sentimos prescindibles, accesorias, impostoras. Lo tiene sobre la sociedad: el “masculino genérico”, ese que se supone incluye a las mujeres pero puede perfectamente no incluirlas, permite que se las olvide, a la hora, por ejemplo, de diseñar un impuesto o un ensayo clínico, sin que nadie se dé cuenta.

Y en ese “masculino genérico”, la forma habitual, está redactada la Constitución española. ¿No se podría cambiar?… Hace dos años, Carmen Calvo pidió a la Real Academia un informe sobre el particular. La Docta Casa lo elaboró, y acababa de presentarlo cuando el coronavirus dio al traste con cualquier debate que no tuviera que ver con la pandemia. Pero vale la pena examinarlo, porque quizá sí que tiene que ver con la pandemia.

La primera impresión es positiva. Se nota, como señaló Álex Grijelmo (La Academia progresaEl País, 27-1-20), una actitud conciliadora, un tono “más amable, más cercano, más empático” que aquel al que la Academia -y en particular algunos de sus más prominentes miembros- nos tenía acostumbradas. También es verdad que ha mejorado muchas definiciones (sustituyendo “hombre” por “persona” o eliminando ejemplos sexistas) y aceptado términos como sororidad, o género en su sentido sociocultural. Pero vamos a lo fundamental: ¿qué opina la Real Academia del masculino genérico? Muchas personas, entre las que me incluyo, somos conscientes tanto del androcentrismo dominante, como de la dificultad de sortearlo en el discurso; de la Academia -que sufragamos con nuestros impuestos, sin poder participar directa o indirectamente en su elección-, esperamos que nos ayude a encontrar soluciones.

¿Esperamos? Esperábamos… La Real Academia no nos va ayudar a solucionar nada, puesto que no ve ningún problema. La Real Academia opina que el supuesto “carácter androcéntrico del masculino genérico no es cierto”, asegura en la página 55 del informe; que dicho masculino “no es ni siquiera reflejo de la discriminación” (p. 57) y que “no oculta a la mujer” (p. 60). Por ejemplo, prosigue, “la secuencia ‘el hombre es mortal’ incluye a los dos sexos”, y si cuando pedimos en el aula que se dibuje a “un científico”, el alumnado dibuja a un hombre, ello se debe a “la memoria social” (en el pasado solo varones lo eran).

Una se queda estupefacta. ¿De veras cree la Academia que, si proponemos representar al “hombre medieval”, el alumnado dibujará una dama? “El hombre es mortal” incluye a los dos sexos, sí, pero ¿y “el hombre es ambicioso”, o “lujurioso”, o “el hombre es guerrero por naturaleza”? ¿Puedo hablar de mí diciendo: “Yo, como hombre del siglo XXI…”? Y si “hombre” significa varón y mujer indistintamente, ¿por qué han cambiado ellos mismos tantas definiciones de su diccionario, sustituyendo “hombre” por “persona”?…

Pueden parecer preguntas retóricas, ociosas. Pero no es ocioso preguntarse si en la aguda crisis actual, las políticas públicas se harán pensando en “el hombre” o teniendo en cuenta también a las mujeres. Si las prestaciones se vinculan estrechamente al empleo, por ejemplo, saldrán perdiendo las mujeres, cuyo empleo es más precario o informal que el masculino: pensemos en las madres que han salido del mercado laboral, o en las cuidadoras familiares, en las empleadas de hogar, en las prostitutas. Pensemos en las familias monomarentales, doblemente penalizadas por el cierre de guarderías y colegios (se podía haber hecho una excepción para ellas, como se ha hecho en Alemania para las parejas cuyos dos miembros tienen empleos considerados esenciales). Pensemos en las mujeres confinadas con su maltratador… Por suerte, este gobierno está dando señales de estar atento a todas estas situaciones. No por casualidad es heredero del que quiso (espero que lo siga queriendo) que la Constitución se revisara para incluir explícitamente a los dos sexos. Aunque la Academia, tan retrógrada siempre, se lo haya desaconsejado.

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