Pasear por encima de nuestras posibilidades

Un matrimonio con sus hijos, todos con mascarilla, dando un paseo en Bilbao. REUTERS/Vincent West
Un matrimonio con sus hijos, todos con mascarilla, dando un paseo en Bilbao. REUTERS/Vincent West

 

Se han pasado el confinamiento pergeñando similitudes y diferencias entre esta crisis y la que empezó en 2008, y que por cierto para gran parte de la población ha empalmado con esta sin solución de continuidad. Las comparaciones entre una y otra son idiotas, para empezar porque la anterior era una “crisis” creada para repartir la riqueza de forma inversa (o sea, quitársela a las y los trabajadores y entregársela a los más ricos), una “crisis” creada. Esta, por ahora, es una pandemia de alcance mundial cuya garra alcanzará a una cifra de personas millonaria que nunca llegaremos a conocer. Por ahora.

Pero de repente, este domingo 26 de abril, las autoridades permiten dejar que los niños salgan a la calle acompañados de uno de sus progenitores. Sacar a los niños a la calle no es como sacar un perro, entiéndaseme, no consiste en pasear a una criatura atada con correa y collar para que eche una cagadita, y vuelta a casa. Parece evidente, y sin embargo algo ha crujido este lunes, al día siguiente, en las portadas de los periódicos, en los análisis de los que analizan, en las informaciones de los que informan y en los tuits de los que se aburren: Ha habido quien no ha cumplido las normas.

¡Ha habido quien no ha cumplido las normas!

En España, actualmente, entre los niños y sus progenitores suman algunos millones de personas. Pero ¡¡¡ha habido quien no ha cumplido las normas!!!

Así que, colgándose de esa liana, tras los informadores y los analistas básicos, han aparecido los analistas sesudos, los editorialistas e incluso el ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska, para poner los puntos sobre las íes: no han sido muchos, pero han sido. Y los que no han desobedecido, varios millones, no tienen su noticia. El foco se dirige a los cuatro gatos que “han sido”: “Seguiremos atentos, y se reforzarán las vigilancias en aquellos lugares donde sea pertinente”, ha afirmado Grande-Marlaska.

Pero esta vez, en contra de lo que ha venido sucediendo durante las muchas semanas de confinamiento de prácticamente todo un país, la palabra clave no es “vigilancia”. La palabra clave, y por lo tanto lo que sucederá y lo que a partir de ahora nos envuelve está incluida en esta otra frase pronunciada este mismo lunes por el ministro de Interior: “La inmensa mayoría de los padres y de las madres han demostrado su responsabilidad a la hora de proteger la salud de sus hijos y del resto de la sociedad”. Hela aquí: RESPONSABILIDAD.

Hasta ahora, el meollo de nuestra función como ciudadanía descansaba en el término OBEDIENCIA. Había que obedecer las órdenes de las autoridades, las indicaciones de las fuerzas de seguridad, las indicaciones de los científicos. Ahora ha llegado el momento de la responsabilidad. Y ojo, que ningún cambio es inocente y toda palabra arrastra su cola de reptil por los cajeros.

En aquella “crisis” de 2008, cundieron muchas barbaridades, muchos ataques a la decencia, mucha vileza. Muchas, pero la más repugnante, verde bilis, uña de puerco, fue aquella de “habéis vivido por encima de vuestras posibilidades”. O sea: vosotros (los trabajadores, las trabajadoras) teníais limitada la posibilidad de vivir, y nosotros (los poderosos) la conocíamos. Así que, cuando quebró el nido del buitre, se desplomó la economía “mundial”, se resquebrajaron los bancos donde los carroñeros se llenaban el buche, cuando todo eso pasó, se buscó alguien a quien culpar. Y ahí estaban los ciudadanos y las ciudadanas, los trabajadores y las trabajadoras. Se nos robó lo público, se nos robó el dinero aportado para seguir engordando a las bestias, y se echó mano de la culpa, un mecanismo que, bien lo saben los católicos, nunca falla: “Habéis vivido por encima de vuestras posibilidades”.

O sea, que la población, la inmensísima mayoría de la población era culpable de irresponsabilidad. No era víctima, sino culpable. Ah, la irresponsabilidad.

Cuando por fin admitieron las dimensiones de la pandemia y la crisis que acarrearía (y de la cual no conocemos más que la puntita), pensé que era una suerte que esta vez no pudieran echar la culpa a la población y aprovechar para robarnos los zapatos. Pensé que era muy difícil decir “habéis muerto por encima de vuestras posibilidades”. Y además estaba lo de las órdenes. Somos una población obediente.

Pero, ah, en cuanto nos han permitido sacar una patita por la rendija de la puerta, han aparecido las responsabilidades. Ahora, y a partir de ahora, somos responsables de lo que pase. Quedamos advertidos. He oído la frase en varios informativos de la mañana: “Hasta ahora regía la obediencia; a partir de ahora, la responsabilidad”.

Las imágenes, obscenas por repetidas y por falsarias, de cuatro puñados de vecinos y vecinas con sus críos jugando o sentados demasiado cerca ha bastado para que cunda la alarma: Ojo, aquí hay personas que no son responsables, que no se comportan con responsabilidad. O sea, tienen la culpa de lo que pueda suceder.

No quiero ni pensar lo que sucederá con “la tercera” y “la cuarta” fase del “desconfinamiento”. Pero estamos avisados, avisadas: Ahora la responsabilidad ya no es de quienes gestionan esta “crisis”. Poco a poco pasa a formar parte de nuestra responsabilidad.

Quedamos avisadas. Se acabó el asueto.

https://blogs.publico.es/cristina-fallaras

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