Ocho cuadros en los que podemos vernos reflejados durante el confinamiento

Algunos autores anticiparon, sin proponérselo, lo que sentimos ante las ciudades vacías y los espacios interiores

Detalle de 'Mañana en Cape Cod', de Edward Hopper
Detalle de ‘Mañana en Cape Cod’, de Edward Hopper

 

Ya han pasado varias semanas desde que se anunció el estado de alarma por la crisis del coronavirus, lo que ha provocado que muchos españoles trasladen sus actividades cotidianas a sus hogares y que el paisaje nuestras ciudades cambie notablemente, como podemos comprobar en dosis pequeñas cuando salimos a hacer la compra al supermercado. En este artículo te ofrecemos una selección de obras de arte que, sin pretenderlo, anticiparon algunas de las escenas que nos está dejando el coronavirus.

Ciudades desiertas

Antonio López inmortalizó la ciudad de Madrid desde puntos de vista diversos y en múltiples ocasiones. Lo que quizás no imaginaba es que la Gran Vía, una de las calles más transitadas de la ciudad, acabaría convirtiéndose durante tanto tiempo en una zona deshabitada, tal y como él la había retratado. Y es que aunque la intención del pintor hiperrealista fue la de capturar la capital madrileña bajo la luz del amanecer y centrar su mirada en lo inerte, sus obras parecen casi una premonición de las consecuencias que está teniendo el estado de alarma en múltiples ciudades españolas.

Ocho cuadros en los que podemos vernos reflejados durante el confinamiento
Gran Vía, de Antonio López, 1974-1981, colección privada

 

Pero López no fue el único que encontró encanto en las ciudades vacías. A principios del siglo XX, Giorgio di Chirico, famoso pintor italiano cuyas composiciones precedieron al surrealismo, experimentaba con la soledad y los monumentos del norte de Italia en la que se conoce como pintura metafísica. El aislamiento tiene un papel protagonista en algunas de sus series. Es lo que ocurre, por ejemplo, en Plazas de Italia, obras que le hicieron pasar a la historia como el pintor de un mundo solitario, de ensueño y con perspectivas infinitas prácticamente imposibles. Su paisaje no se aleja tanto de lo que estamos viviendo, y al final lo que en su día era de lo más normal se ha convertido en lo irreal: esas dos siluetas humanas juntas han pasado de rutina a ojalá.

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Plaza de Italia, de Giorgio de Chirico, 1913, en la Galería de Arte de Ontario, en Toronto, Canadá.La escena no cambia demasiado un poco más allá del mar de edificios, en las zonas más rurales y cercanas a la naturaleza. El paisaje solitario se mantiene, aunque en este caso las vistas son más cercanas a las capturadas en las obras románticas de Caspar David Friedrich, en las que el hombre, normalmente en solitario, se siente diminuto ante la inmensidad de la naturaleza. Su Abadía en el Robledal transforma la ruina en un paisaje cargado de melancolía y de añoranza del pasado que no se aleja para nada de nuestras actuales sensaciones.

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Abadía en el robledal, de Caspar David Friedrich, 1809, en el Staatliche Museen de Berlín, AlemaniaLa vida sigue en casa

 

La vida no deja de sorprendernos. Prueba de ello es que, de un día para otro, hayamos tenido que trasladar todas nuestras rutinas a las cuatro paredes a las que antes llamábamos hogar. Porque sí, las calles están vacías pero la vida sigue, aunque tenga que encontrar nuevas vías en un espacio tan reducido como puede llegar a ser una casa.

El teletrabajo se ha convertido en una realidad para muchos españoles. Para aprender a sobrellevar esta nueva situación, en Verne te ofrecimos un artículo con algunos consejos. Mejor será que te los apliques si no quieres acabar igual de absorto que El geógrafo inmortalizado en el siglo XVI por Vermeer, que solitario intenta en vano centrarse en sus estudios para acabar mirando a través de su ventana, tal vez añorando el mundo exterior, que es el objeto de sus estudios.

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El geográfo, de Johannes Vermeer, hacia 1669, Museo Städel, Fráncfort del Meno, AlemaniaPero no todo van a ser responsabilidades. Cada uno encuentra en estos días su forma favorita de ocupar el tiempo y entre ellas leer es todo un clásico. Muchos lectores faltos de tiempo aprovechan las horas muertas para devorar sus títulos pendientes, tal y como Fragonard, el pintor rococó, retrató a la Muchacha leyendo, obra que se sabe que oculta un arrepentimiento: la aparición de un boceto hizo descubrir a los investigadores que existe otro rostro de mujer previo que mira hacia el espectador.

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Muchacha leyendo, Jean Honoré Fragonard, hacia 1769, en la Galería Nacional de Arte, en Washington, Estados UnidosY en las actividades para toda la familia, las cartas son todo un clásico. Los jugadores de cartas, de Cézanne, construidos con las formas geométricas que llamaron la atención a los cubistas, se cuelan estos días en algunos de nuestros hogares. Esta obra, aunque aparentemente sencilla, es una de las más importantes de la historia del arte y coronó definitivamente a su autor como padre de la pintura moderna, ostentando durante mucho tiempo el título del cuadro más caro de la historia.

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Los jugadores de cartas, Paul Cézanne, hacia 1894-1895 (quinta versión de una serie iniciada en 1890), en el Museo de Orsay, París

 

La soledad

El confinamiento nos está haciendo echar de menos los detalles que antes echábamos de más. A estas alturas la mayoría daríamos cualquier cosa por perder el autobús y volver a casa en un paseo improvisado. Y aunque puede que este plan no sea del agrado de todos, si en algo coincidimos es en que echamos de menos el contacto humano. Echamos de menos a nuestra familia, a nuestros amigos, a nuestra pareja.

El estado de alarma ha traído consigo el aislamiento. De un día para otro nos hemos convertido en protagonista de las obras de Edward Hopper —como han hecho notar muchos usuarios de redes sociales—, quien no sin motivo ha pasado a la historia como el pintor de la soledad. Las pinturas del artista estadounidense capturan a personas aisladas, solitarias y melancólicas, inmersas en sus propios pensamientos. Es bastante improbable que tengamos cartas que leer, como la protagonista de Habitación de hotel, pero lo que sí compartimos los que hoy nos quedamos en casa es la postura de la joven de Mañana en Cape Cod, esperando como cada día a que lleguen las ocho de la tarde para dejarnos las manos aplaudiendo la labor de los sanitarios.

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Mañana en Cape Cod, Edward Hopper, 1950, en el Museo Smithsonian de Arte Americano, en Washington DC, Estados UnidosA lo largo de la historia del arte fueron muchos los que se atrevieron a retratar la soledad, y no siempre bajo la misma óptica. En el caso de Berthe Morisot, la pintora impresionista por excelencia, el aura melancólica de Hopper desaparece casi por completo. A lo largo de su producción retrata en múltiples ocasiones el aislamiento pero acompañado de sensaciones mucho más cálidas, como en La hermana de la artista en la ventana, donde la joven aparece ensimismada observando el abanico que sujeta entre sus manos.

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La hermana de la artista en la ventana, de Berthe Morisot, 1869, Galería Nacional de Arte, Washington DC, Estados UnidosLo que está claro es que el coronavirus no inventó la soledad. No deberíamos dejar que este distanciamiento físico afectara a nuestras relaciones emocionales. Y menos en una época en la que la otra punta del mundo queda a un click de distancia.

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