Nadie sabe cómo acaba

Susana Iglesias | Elena Garro

A veces sueño que ya nadie responde, que todos se han quedado mudos porque hablar es un riesgo latente. Parece imposible, la calle de Ignacio Allende esquina con Tacuba está vacía, no hay nadie. Necesito agua, las cortinas abajo, un barrendero intenta ocultar el miedo que siente cada vez que alguno de nosotros aparece en su calle desierta. Me gustaría ir a la Plaza Tolsá, no me atrevo, estas semanas he aprendido a no salir de mi cuadro. Ya no suenan las campanas de las iglesias, sus puertas están cerradas, ¿quién escucha las plegarias de esas viejas solitarias anémicas que sus hijos abandonaron a su suerte y a veces piensan en dejar abiertas las llaves del gas?

Lo único que veo desde hace días cuando me asomo por la ventana son las bicicletas, afanosamente van y vuelven, huyen de la visible peste que nos infecta. En medio del silencio giran las ruedas. Cuba vivía en el futuro, ahora lo sabemos. Hace seis días que no se escucha ruido, la última familia del edificio se ha ido no sé adónde, una tarde escuché ruido en el pasillo, desaparecieron con sus perros al cerrarse la puerta del elevador, llevaban maletas. En mi piso la única vecina que queda es la maestra de piano, a veces desliza sobres de sopa de letras bajo la puerta, a veces una nota preguntando si estoy bien, ¿será porque me escucha llorar por la madrugada cuando suenan los nocturnos para piano de Alexander von Zemlinsky?, música de trágica belleza.

Alma Schindler, pianista de la que él se enamoró, se refería tan despectivamente hacia él, me es imposible separar la tristeza de sus nocturnos del dolor que vivió ante el desprecio de la mujer que amaba, nadie es culpable, el espíritu libre de Alma le impidió ser de alguien, fue una mujer que vivió sin reglas el amor y su sexualidad. Sí, un tiempo le correspondió, después ella se casó con Mahler, al que dejó después por un arquitecto pionero de la Bauhaus: Walter Gropius. Doctor Freud acudió al rescate de Mahler, no sucedió lo mismo con Alexander que murió años después de un infarto al miocardio.

La maestra de piano ha comenzado puntualmente la clase sin alumno. Su enorme gato gris la observa, lo imagino sentado al lado del banco. Hace dos días estaba tomando el sol en el pasillo, despreocupado, con esa sabiduría ancestral de su especie. Están creados para ser adorados por humanos. Antes no la escuchaba tocar, a esa hora, la de su clase, estaba en el Salón Mancera en Venustiano Carranza bebiendo ginebra o comiendo tiras de pescado con puré en La Blanca, caminando por Reforma, en un taxi en Circuito Interior, pateando el Eje 1 o en el Moravia, sitio al que hace mucho tiempo no voy, ni siquiera sé si existe todavía. La mujer de cabello rojo, grande, de manos largas y virtuosas, está con Chopin.

No tengo hambre desde hace dos días, lo único que extraño del exterior son los sitios de comida, las últimas conversaciones que tenía con él, se fueron quedando solas. No tengo televisión, no veo televisión, los vecinos me traían noticias con su volumen alto. Busco datos por internet, la cifra oficial que duele: casi 500 muertos por covid-19, más de 55 mil casos sospechosos, más de 6 mil confirmados. Ya ni siquiera pasa El afilador, con ese sonido que siempre me ha parecido primitivo y macabro.

Nadie tiene idea de cuándo acabará nuestro incendio de pensamientos confinados, ni la marea de promesas que no cumpliremos. A finales de mayo tal vez no existan camas suficientes en los psiquiátricos, la salud mental es menospreciada, nos enseñan a lavarnos las manos y tomar distancia, nunca a limpiar a fondo la cabeza, nadie nos enseña cómo desechar o alejarnos de los pensamientos estancados y nocivos, se pudren.

Hace unos días hablaba con un amigo que padece ansiedad, vive solo en un diminuto departamento, no la pasa bien, por las noches siente que va morir solo, le acompaña la sensación de no poder llamarle a nadie, imagina que todos están aterrados igual que él, entonces se noquea con pastillas y alcohol porque el mundo le falló. A mi tía el mundo también le dio la espalda, su bar está a punto de quebrar, le he sugerido la imprudencia de abrirlo clandestinamente, pasa los días ahogada en tequila esperando a que regrese mi tío con algo de comida.

Encontré el último milagroso galón de agua en la tienda que abre de vez en cuando ante la amenaza de contagio, el dueño es un señor mayor que no habla cuando te cobra, anota la cuenta en un papel. No tenía cervezas, ¿han encontrado atractivo el oficio de borracho? Ya nadie saluda, aunque nos conozcamos por rodar en las mismas calles, solo cruzamos miradas que nos reflejan: estamos solos. Apresuro el paso, tengo sed.

La calle está desierta. No hay nadie, ya no está el barrendero. Abro el portón del edificio, subo despacio. Al entrar lavo mis manos, después me sirvo agua, tecleo un pedido de comida. Llega rápido. Bajo por él, está llorando porque le he dado una propina que considera generosa, es una jovencita en bicicleta con los brazos tatuados, le pregunto cómo se siente, todos los días son iguales, ignora si por la noche tendrá dinero suficiente para alimentar a su padre, su abuela, un perro. Hablamos a distancia, le digo que disfrute llegar a casa y encontrar a alguien. Se llama Alondra, el padre está en silla de ruedas, la abuela tiene demencia, me avergüenza arriesgar a otros, se lo digo, comento que tal vez podría preparar mi comida, ella me pide que no dejemos de pedir, es su único ingreso, no tiene seguridad social, no tiene extras. Lleva guantes, cubrebocas, llora cada vez más fuerte, me gustaría abrazarla, decirle una mentira: todo estará bien.

No seremos los mismos. Ya no somos. En medio del silencio una fiera soledad nos descuartiza, no tiene muros, aún así: nos encierra. El latido de nuestra ciudad por momentos parece detenerse, ella con su bicicleta rompe el silencio y cruza la muerte. 

 

https://www.milenio.com/opinion/susana-iglesias/cronica/nadie-sabe-como-acaba

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