El futuro ya está aquí

La peor distopía es que todo siga igual, que sigamos valiéndonos de la retórica política y los tics de siempre para abordar una situación excepcional

Un momento del pleno celebrado el pasado 25 de marzo en el Congreso de los Diputados en Madrid.
Un momento del pleno celebrado el pasado 25 de marzo en el Congreso de los Diputados en Madrid. MARISCAL EFE 

Apenas se discute, el consenso es amplísimo: el mundo post-Covid-19 ya no volverá a ser como era. La devastación económica, unida al choque psicológico sufrido por el confinamiento masivo y la puesta en práctica del nuevo Estado supervisor, nos introducirá necesariamente en un entorno muy diferente. Otra Europa, otro orden internacional, otra jerarquía de valores y necesidades, otras formas de sociabilidad, otra política. Sobre esta premisa, cada cual especula ya en qué se traducirá de modo más concreto ese “otro”, esa ruptura del mundo conocido que presuntamente estamos a punto de abandonar.

 

Hasta casi antes de ayer vivíamos en un mundo sin alternativas y tremendamente temeroso hacia el futuro, algo que exacerbó la evidencia del cambio climático. El futuro era el mal. Y lo era porque pondría un punto final a ese presente nuestro que se expandiría ilimitadamente en el tiempo hasta que se hiciera realidad el objeto de todos nuestros miedos, la Gran Catástrofe. Esta se nos presentaba de diferentes maneras, como tecnocalipsis, climacalipsis, retorno del autoritarismo y, sí, también como pandemia global. Como se ve, la distopía ya está aquí. La parte buena es que nos introduce en una nueva era, que podemos comenzar a imaginar otras formas de vida en común, como decía arriba; la mala es que no sabemos si serán peores o mejores. O sea, que vivimos en un momento distópico y utópico a la vez. Entre el miedo y la esperanza, que diría Spinoza. Quizá porque hemos entrado en ese “interregno” del que hablaba Gramsci, cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo está todavía por nacer.

¿Cuáles son nuestras posibilidades reales de encaminarnos hacia un futuro inmediato más luminoso? No en abstracto, sino a partir del material humano del que disponemos. Porque a nadie se le escapa que, al menos en lo que a los políticos se refiere, todo este giro histórico imprevisto les ha pillado con el pie cambiado. Por eso cometen errores. La pregunta interesante es si sabrán estar a la altura de las nuevas circunstancias que exigirá la situación el día después de la pandemia. Entonces, y a la vista del destrozo, ya no valdrá la política de confrontación que hasta ahora hemos venido practicando. Se desvelará como una frivolidad inaceptable. ¿Podrá hacerlo frente esta generación de políticos socializados en aprovechar cada debilidad del adversario para sacar ventaja partidista?

Ahora que miramos a esa otra cesura en la historia que supuso la Transición y se plantea algo similar a los pactos de La Moncloa, uno no puede menos que añorar a esa otra generación de políticos que sí supo hacer frente al desafío. Pero, claro, entonces no había redes sociales que sembraran la discordia. Y había una hoja de ruta clara dirigida a satisfacer el interés general. Otros tiempos. La peor distopía es que todo siga igual, que sigamos valiéndonos de la retórica política y los tics de siempre para abordar una situación excepcional. Que el post-Covid nos vuelva a introducir en un pre-Covid, solo que, por la naturaleza de los problemas, con rasgos aún más siniestros. Todavía estamos a tiempo de evitarlo.

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