Curas contra el coronavirus

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En su brillante intervención de hace dos semanas en el Congreso de los Diputados, Santiago Abascal advirtió que debíamos convertirnos en un país avanzado científica y tecnológicamente “con la ayuda de Dios”. Reclamar los avances científicos a base de rosarios y procesiones puede sonar contradictorio a estas alturas del siglo XXI, pero en muchas cuestiones España no ha pasado todavía del XIX y en otras del XVII. Eso con suerte porque en algunas zonas del extremo centro no ha pasado de Atapuerca.

Aquí se pide la ayuda del cielo incluso en las peores circunstancias, como demuestra la historia de aquel miliciano ingenuo que, en plena guerra civil, entró a una reunión del comité revolucionario y saludó a todos los presentes: “Buenos días nos dé Dios”. El hombre se llevó una bronca tremenda y a punto estuvo de que lo fusilaran por mentar al Santísimo ante un retrato de Lenin, de manera que tuvo que salir, volver a entrar y repetir el saludo con la fórmula habitual: “Buenos días, camaradas”. Esta vez el jefe lo felicitó diciendo: “Muy bien, a ver si aprendemos a dar los buenos días como Dios manda”.

De acuerdo a estas coordenadas metafísicas, la campaña contra el Covid19 en España se mueve entre el fenómeno y el noúmeno, con médicos y científicos quemándose las pestañas en los laboratorios para ultimar un tratamiento efectivo contra la enfermedad y sacar a tiempo una vacuna, mientras los sacerdotes rezan a toda hostia, impartiendo bendiciones a diestra y siniestra. Una cosa no quita la otra, piensan muchos, pero cuando llega el momento de la verdad no los ves acudiendo a la iglesia sino al hospital. Una vez discutí en televisión con un cura que bramaba contra la cirugía estética y le pregunté qué le importaba a él que alguien quisiera ponerse unas tetas o arreglarse un labio leporino o una nariz torcida. Cuando me replicó que cada uno tiene que conformarse con lo que Dios le dio, yo le señalé, con mucha humildad, si era Dios quien le había proporcionado sus gafas.

En Sax, Alicante, el cura de la parroquia, Alfredo Bartá, se puso a bendecir con el Santísimo Sacremento las calles de la localidad, siguiendo el ejemplo de más de un sacerdote italiano. Lo hizo escoltado además por una patrulla de la guardia civil, por si el coronavirus se desmandaba y había que reducirlo a tiros. En México fueron un paso más allá y el arzobispo de Toluca se montó en un helicóptero para extender la bendición hasta donde alcanzara la vista.

Dejando aparte el ridículo medieval de estas actuaciones, se ve que estos clérigos no entienden nada de teología, puesto que el Covid19 también es una criaturita del Señor, como los terremotos, los meteoritos, el cáncer infantil y el tigre de Bengala. Ojalá no acaben como aquel cura del chiste de Eugenio, que en medio de la selva se tropieza con una manada de leones, cae de rodillas y reza: “Oh Dios mío, infunde sentimientos cristianos en estas bestias”. Entonces uno de los leones se arrodilla, junta las zarpas y dice: “Señor, bendice estos alimentos que vamos a tomar”.

La imagen de eclesiásticos en pleno siglo XXI esgrimiendo símbolos religiosos contra una epidemia mortal evoca la célebre estampa de Van Helsing alzando un crucifijo contra Drácula. En una de las mejores versiones cinematográficas del mito, y de las más antiguas, creo que el vampiro era Bela Lugosi y retrocedía amedrentado ante la visión no de una cruz sino de unas gafas.

DAVID TORRES

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