Rebelión nocturna

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SUSANA IGLESIAS

Observo la todavía impresionante avenida Paseo de la Reforma a pesar del horrible camellón de ¿jardineras? mal diseñadas que la afean. Las personas son pequeños insectos que corren a un destino marcado por el horror de una vida o trabajo mediocre, son bestias encerradas en trajes maltrechos y sudorosos, rostros maquillados por la desesperación de un labial con plomo que unas manos descuidadas guardan en la bolsa de mano desgastada por el uso diario. Me estremece mirar la avenida, es resultado del amor, uno profundo, tocado por la eternidad, manchado de genial locura, entrega, lujo desmedido. Es un diamante en este muladar de smog. Ustedes saben que Eje Central fue mi amor absoluto desde niña, la espina dorsal de noches turbulentas, animales, gloriosas, en las que fui asesinada tantas veces por la espalda, ¡aquellas piquera y sitios que ya no existen! Brindé con traidores, no lo olvido. Lo siento, desde hace meses le rindo absoluta fidelidad y amor a Reforma. Encontré a una mujer libre, dormía afuera del Cine Diana, de extraordinaria belleza derrotada, mirando con desesperación un punto sin referencia. Me contó las razones por las que estaba sola. Vestido verde viejo, sombrero negro, guantes de encaje rotos, medias negras con olor a orines, los bellos zapatos rojos de tacón-aguja, hechos jirones: porque lo invité a pasar, era un monstruo, aquí estoy, no tengo nada, solo a mí, ¿te gusta la historia de Maximiliano y Carlota? siéntate aquí conmigo. Escucho tus pasos, tienen esa elegancia de finos zapatos de hombre que no hacen ruido en la duela tipo parisina, son impredecibles, son monstruos que me devoran, no me interesa entender algunos sucesos. Es tiempo de aceptarlo: las personas simples me aburren. El solitario elige su compañía, no huye, ni la detesta. Su generosa e infinita soledad es un sitio seguro ante los depredadores oportunistas. Algunos seres están destinados a nunca arrancarse la máscara, con ella encajan en todos los sitios, son agradables, soportan lo indecible: rodearse de escoria con tal de no estar solos. Los que arrebatan, los que no saben dar, son transparentes para nosotros, conocemos su engaño, su gran mentira, sus miedos. El solitario selecciona con quien pasar el tiempo, casi nunca tiene motivos para despegarse de una apacible vida entre libros, champagne, la enorme y cómoda cama, aporrear a placer sus máquinas de escribir sin medir el tiempo, estar en el trance del subespacio creativo, sin límites.

Todavía no encuentro razón alguna para levantarme de la cama antes del mediodía, el amanecer es un privilegio para algunas personas, para mí no, es cuando regreso de la noche a mis sábanas negras y edredón tan blanco como la muerte. Si tuviera mi piano robado podría aporrrearlo sin piedad. Tuve un jardín, un hombre altísimo de espíritu, con un corazón asombroso, todavía me ama, me lo ha dicho hace unos días, mirábamos los libros heredados de su padre, esos que guarda en una vitrina europea que viajó en un barco. Paseo de la Emperatriz fue el primer nombre de lo que hoy conocemos como Paseo de la Reforma. El emperador Maximiliano de Habsburgo llegó a México en 1864, reinando un tiempo este país envuelto en llamas desde entonces,  nombró así la avenida que conectaba el Centro de la ciudad con el Castillo de Chapultepec en honor a su amada esposa Carlota. Un trazo fundamental en la historia arquitectónica de esta ciudad. Estaba rodeada por árboles, era despoblado. Juárez, el patriota juró expulsar al enemigo: los extranjeros, acabar con ellos. Tres años idílicos y tormentosos duró el imperio, Francia se retiró a tiempo, decidió no intervenir más, en el mes de junio de 1867 las tropas mexicanas arrestaron a Maximiliano, lo ejecutaron. Desde este sitio, Paseo de la Reforma se vuelve fuego, con esas luces desquiciadas que se parten en fragmentos intermitentes, anunciando el final de un proceso que me ha dejado exhausta. Puedo verlo todo, esa es la sensación que tengo, desde aquí puedo ver a mi diosa de hierro: la Torre Latinoamericana, más allá está Insurgentes, que se agita, los cuerpos apretados en bares aledaños a la zona. Tal vez en una terraza del modesto St. Regis Hotel está alguien que todavía no conozco, está recargado en la barra, esperándome, por ahora estoy en un lugar mucho más alto. Con un dolor inmenso lloro frente a la noche, me siento lejos de nosotros, tú lo decidiste, dueles, ¿para qué salir? Podríamos no salir de tu casa. Me conmueven los detalles excitantes de cuero y metal. Las enormes mesas de trabajo, algunas inmaculadas, otras caos: pintura, arcilla, rebabas de metal, pinceles, copas de vino con aguarrás, vasos de cristal cortado manchados de acrílico. Miramos un libro de Manet, nos detenemos en el cuadro de “La ejecución de Maximiliano”, pintado en 1868, los hombres que lo fusilan llevan uniforme galo, Miramón y Mejía acompañan al emperador, fieles hasta el último momento. El cuadro es una crítica a Napoleón que está representado en uno de esos hombres, revisa un fusil con indiferencia.

—¿Por qué le abriste tu casa desde la primera noche?

—Los solitarios ofrecemos nuestra mano sin pensarlo demasiado

—De la misma forma debes retirarla cuando te traicionan

—¿Eres otro solitario?

—A mí no me la ofreciste, te dejé en la puerta…

—Tuve miedo

—¿De mí?

—No, le temo al asombro.

—Las personas más hermosas, las personas grandes, están solas, son tan solitarias.

—Eso me dijo él una madrugada de abril del año pasado…

—Otro solitario.

Me pregunto quién eres realmente mientras el viento de una noche angustiante se abre sobre mi plexo solar. El encuentro contigo me parece previamente escrito. Sería fácil lanzarme, acabar con todo, un vuelo de noche extraordinario. No me interesa sumarme a la masa. Tal vez mis impulsos metafísicos están a la baja, no soy una mujer de existencia irreflexiva, no se confundan. Detuviste mi infernal caída, fui Fausto la noche que te conocí. Me traicionaron. La mejor de las vidas: una de inmensa soledad. Solitaria, solidaria. 

* Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets)

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