Mientras pasa la tormenta

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La vida es una barca… —exclamaba, según recuerdo, Alberto el Caballo Rojas en algún vodevil de Salvador Varela, con la mirada puesta en las alturas. —¡Qué bella frase! —respondía Polo Ortín a bote pronto, con la voz engolada y el tono zalamero. —¿Quién la escribió? —¡Calderón de la Mierda! —lapidaba el Caballo, sin miramientos.

No está uno para chistes cuando se siente así, y sin embargo suelen ayudar tanto o más que las buenas razones. ¿Pero cómo saber que una razón es buena, en mitad de esta inmensa incertidumbre? Preferimos a veces las noticias nefastas a las inciertas, puesto que en una sola especulación podría caber todo lo malo imaginable.

Una vez convertida en paranoia pública, la incertidumbre tiende a generar toda clase de expertos al vapor. Ya sea porque tiene los mejores pronósticos a pesar de la negra realidad, o porque en cierto modo le compensa engrandecer el drama y dar por hecho de una vez lo peor, prefiere uno de pronto creer una mentira o incubar fantasías inverosímiles a aceptar que no sabe ni dónde está parado y su destino marcha a la deriva, sin el menor control sobre variable alguna.

Vivimos, mientras tanto, días difíciles. Hora tras hora nos llegan los números de infectados y muertos en una y otra zona del planeta, entre infinitos datos parciales, relativos, caducos, contradictorios o de plano increíbles, aunque en tiempos como estos la gente tienda a creer lo que le da la gana. Si las redes sociales nos han acostumbrado a agresiones, insultos, calumnias, amenazas y demás cobardías solapadas, ahora mandan el miedo, la histeria, el cretinismo.

Ninguno sabe lo que está pasando, y menos todavía lo que va a pasar, pero la mayoría insiste en darnos clases de epidemiología, medicina y geopolítica, entre otras disciplinas apremiantes. Lo de menos es si uno les cree o no, puesto que al cabo queda sólo el desasosiego. La sensación amarga de que la vida en suma es una mierda y no tiene por dónde componerse.

Cuando la incertidumbre se estaciona nos parece evidente que se avecina un futuro ominoso y muy probablemente no se irá. Algo muy parecido es lo que algunos experimentamos el día que Donald Trump llegó a la Casa Blanca. “Nos espera lo peor”, especulábamos, no exactamente desde la incertidumbre. Al paso de tres años tempestuosos, parece ya evidente que lo peor no es ya tanto que un palurdo grosero, soberbio y poderoso se salga con la suya a fuerza mentiras, sandeces y desmanes, sino que encima de eso nos acostumbremos.

Que aceptemos que de ahora en adelante ya todo será así porque un solo palurdo pudo más que todos. Finalmente no es un camino largo el que va de la angustia al derrotismo. En días como estos, cuando la vida parece apestar y hacia donde uno mira crece el miedo, no son muy exigentes las expectativas. Me conformo con poco, y en un descuido puede que parezca mucho. A falta, pues, de la menor certeza en torno a la pandemia que nos acecha, tranquiliza poner los ojos en Joe Biden.

Nada nuevo, quizá, pero entre tanta novedad execrable lo que un día fue normal parece prodigioso, amén de refrescante y esperanzador. Escuchar a un señor que busca ser electo presidente de los Estados Unidos expresarse con tino, mesura y respeto sobre temas que conoce y domina no debería ser algo extraordinario, pero hay costumbres que se pierden pronto, especialmente si los nuevos estándares provienen del machismo, la chulería, el abuso, el racismo y otras enfermedades a las que últimamente nos hemos habituado con una inconcebible mansedumbre. Ríanse, pues, patanes de este mundo, pero en mi ingenuidad sigo pensando que decencia, elegancia, humildad y empatía no pueden ser virtudes opcionales en quien pretende hacerse obedecer, ni asunto de opinión, ni cosa del pasado. Hasta donde nos da la certidumbre, no hay tormenta que acabe con el Sol.

 

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